El día y los momentos

Balaídos recibió al Barcelona después de que el equipo que había ganado todo la campaña anterior hubiese iniciado la Liga con cuatro triunfos consecutivos. Advierto a las impresionables, voy a describir lo que allí ocurrió: El Celta salió a buscar a su rival con los mismos argumentos de todos sus partidos, sin importarle que enfrente estuviese el que seguramente es el equipo mejor engranado y con mejores futbolistas del planeta. Con una idea de fútbol que admite matices pero que en esencia es imperturbable buscó como imponerse sin recursos de equipo pequeño. Apretó al Barcelona con una presión alta bien ejecutada, sin partirse, le quitó la pelota, consiguió dominarla la mayor parte del tiempo y le hizo correr tras ella. Le marcó en menos de una hora tres goles. Hoy el Celta, donde hay aficionados que deslizan críticas a sus rectores por no gastarse más dinero en futbolistas, lucha por acabar quinto el campeonato.
Pocas semanas antes de aquel partido pedí opinión a gente de fútbol, técnicos, jugadores, algún responsable de parcelas deportivas y hasta representantes. También conversé y escuché a bastantes aficionados y atendí a lo que lanzaba el oráculo de las redes sociales. Todas las opiniones eran coincidentes. Si se consideraban los onces presumiblemente titulares, el Deportivo había logrado confeccionar con menos dinero a su disposición un equipo que poco tenía que envidiar hombre a hombre al del Celta. Y en cuanto a profundidad y aportación de banquillo el plantel blanquiazul semejaba disponer de más opciones. Pero el rendimiento en el fútbol no depende tanto de una eventual colección de fichas como de comportamientos colectivos continuados. En esa búsqueda ayuda definir estilos y herramientas y no dejar de emplearlas cuando llegan los vaivenes. El Barcelona y su devenir histórico es un ejemplo. En cuanto encontró una pauta y entendió que apartarse de ella le produce más perjuicio que beneficio lo único a lo que debió entregarse es a mejorar su interpretación. Siempre acechan los problemas, llegan inevitables algunas crisis de resultados y emergen los debates, pero a estas alturas nadie en Barcelona discute lo básico.
Una mirada al campeonato muestra ejemplos como los de Celta, Las Palmas o Rayo Vallecano, equipos en los que se ha marcado un dictado futbolístico y lo exponen sea cual sea el pelaje de su oponente. Hay un hilo estilístico que les une, pero sería un error deducir que solo con el balón al piso y partiendo desde atrás se alcanza el triunfo. El Eibar, que tiene querencia por el balón largo y la segunda jugada, ha trazado una identidad y obtiene magníficos réditos de ella. El Deportivo la tuvo durante la primera vuelta. Cabría la discusión sobre si se ejecutaba de manera más o menos vistosa y amable con el espectador, pero había esa pauta precisa para poder crecer: defensa adelantada, presión, recuperación y de inmediato balón al espacio, todo trufado con un esfuerzo colectivo de ayudas que tejían una tela de araña ante la zaga. Bien interpretado cualquier tipo de fútbol resulta vistoso y resolutivo. Poco queda de eso en el Deportivo, si acaso el recurso a enviar el balón al espacio y hasta luego Lucas (Pérez). Y esa debilidad, toda esa ausencia de matices, se evidenció ante un rival con tantos recursos como el Barcelona.
Antes, ante rivales más accesibles, quedó claro que el equipo varado en un libreto del que pronto tuvieron fotocopias todos los entrenadores rivales para aprendérselo al dedillo, incapaz de evolucionar y de extraer fruto a bastantes de los futbolistas de su plantel. El Deportivo tan sólo ha ganado un partido desde Navidad, acaba de encajar una humillante goleada y vive con la congoja de ver el abismo cada vez más cercano. Llegados a este punto poco importa el pasado y sí el momento, saber que toca en cada instante. Y el primer y gran momento es hoy en Eibar y lo que toca es ganar. Allí debe finalizar la agonía de la permanencia porque el equipo no ofrece señales que ayuden a confiar en él ante un duelo directo contra el Getafe. Hoy es el día ante un rival que no lleva en su ADN los genes de la rendición, pero que debe notar quien de verdad se está jugando el futuro.
Ipurúa es el único foco ahora, el escenario para llegar a lo que por otra parte era el objetivo inicial y exigible para esta temporada. Una vez obtenido, con más o menos brillo, todos aquellos con responsabilidad en el club (presidente, responsables del área deportiva, entrenador y jugadores de peso en la caseta) deberían alzar la voz para explicar a su gente que ha pasado, exponer de manera pública cuales son los motivos del intolerable rendimiento ofrecido por el equipo durante los últimos meses y apuntar que tipo de garantías se van a tomar para que, arriba o abajo en la clasificación, no haya que volver a pasar por una cuaresma de este tipo. Será entonces, en esa evaluación, escuchado todo el mundo y ofrecidas las explicaciones, el momento de tomar decisiones y valorar si hay situaciones irreconducibles, si en un entorno tan competitivo, exigente y cainita como el del fútbol profesional un entrenador que gana un partido en cuatro meses es el adecuado para coger la goma, hacer borrón y contar de nuevo.
Mientras se suceden los momentos, el de hoy señala al vestuario para que dé un paso pleno de orgullo y disipe el amargor que tiene el deportivismo. Es tiempo para firmar de una vez un partido redondo que no solo saque al equipo del barrizal en el que se ha metido sino que alivie a sus aficionados, incondicionales gratos y agradecidos como pocos, que en su mayoría ni siquiera les han censurado a pesar de sus paupérrimas prestaciones de los últimos meses. Y a veces, porque todo tiene sus momentos, una pitada a tiempo no tiene porque convertir a Riazor en Mestalla.