“No estamos para muchas bromas”, avisó Augusto César Lendoiro después de que el Deportivo superase al Alcorcón en Riazor. Quería hablar del partido y las preguntas le llegaban por el flanco institucional. En A Coruña empieza a suceder un fenómeno inquietante, se habla poco de balones y mucho de poltronas. Y hasta que no se demuestre lo contrario lo sustancial en el fútbol se evidencia sobre el verde. Ahí el Deportivo dio un paso adelante, venció en Riazor (1-0, con gol de Juan Domínguez). “Ganamos un partido que no merecimos ganar”, resumió el técnico Fernando Vázquez. “Tuvimos suerte”, atinó a reconocer Lendoiro, al que después de tantos años circulando en Ferraris o, como poco, en lustrosas berlinas, no acaba de vérsele cómodo en el utilitario que le han prestado la Liga, los administradores concursales y su propia gestión económica. El Deportivo es, como dejó claro su presidente, un equipo del nivel del Alcorcón. Y el domingo fue inferior, sometido como estuvo sobre todo en el tramo final del partido.
No ocurrió así de inicio. Evolucionar ante 23.000 fieles apremia y algunos futbolistas del Deportivo se sintieron obligados a salir como tigres al campo. No es mal plan intimidar de inicio al amparo del fenomenal ambiente que presenta cada quince días el estadio. A ese estupor inicial del rival, a la fiereza propia y a la categoría de Juan Domínguez se ancló el equipo para regalar a su gente veinteminutos de dominio y mando en plaza como no se habían visto esta temporada. Valió el fenomenal despliegue del centrocampista para que el Alcorcón palideciera. Domínguez fue superior en las disputas, estuvo tan atinado como de costumbre en el apoyo y la combinación y fue incisivo para llegar en varias ocasiones a posiciones de ataque e incluso golear. Si fuese por pedir la perfección cabría demandarle dos valores añadidos: uno es complicado de adiestrar porque depende del talento natural y se relaciona con el pase profundo y la visión para acometerlo con prestancia; el otro sí es exigible en futbolistas de su talento y tendrá que tomarlo con más premura de lo que lo haría si el equipo estuviera en Primera y le rodearan compañeros con mayor vuelo. Domínguez debe ser el líder del Deportivo, tan referencial sobre el campo, tan indiscutible en Segunda División como lo fue Valerón hace dos temporadas. Pero, claro, no es Valerón. La clave puede que radique en adaptar las expectativas. A día de hoy el Deportivo es el decimotercer equipo de una Segunda División en la que la Ponferradina ocupa puesto de ascenso y el Lugo (que ganó el sábado su segundo partido a domicilio en feudo del Tenerife, 0-1, con gol de Sandaza) está en promoción. Las limitaciones salariales han recuperado para la categoría la igualdad que fue seña de identidad durante tantos años y parece que ese será el escenario de toda la campaña. La ventaja es para aquellos que ya han recorrido camino con estructuras futbolísticas mantenidas siquiera durante unos pocos meses. En los que andan en dificultades, ese tiempo se escribe por semanas. El Recreativo, líder, necesitó varios meses para armarse con Sergi Barjuán almando. Las dos revelaciones de ambos márgenes de Pedrafita recorren la senda de la continuidad. El Sporting, único invicto hasta que esta jornada cayó en Mendizorroza, pagó el peaje de la adaptación el año anterior y semeja más preparado para las exigencias del cuerpo a cuerpo. Incluso cabría integrar en ese grupo de combos maduros al Mirandés, que puso al Mallorca contra las cuerdas y encajó su primer gol fuera de Anduva.
El valor del triunfo del domingo para el Deportivo radica en que podrá perseguir idéntico objetivo con una prórroga de sosiego en la caseta. Pero las urgencias se reeditan semanalmente y los retos a resolver se acumulan porque Vázquez trata de adaptar un 4-4-2 que minimice la escasa aportación de algunos de sus centrocampistas creativos, sobre todo de Culio, que contra el Alcorcón transitó de la irrelevancia al desacierto y casi a la rémora. Que solo le hablen de fútbol a Vázquez, que bastante tiene con lo suyo y pelea por raptar al vestuario del ruido externo. Entre el batiburrillo de las mayorías accionariales, abogados, ambiciones o el anuncio (elemental) de Lendoiro de dar un espacio a los acreedores mayoritarios en un Consejo de Administración tras una eventual reelección, debe abrirse paso el fútbol. Y todavía no se atisba.
Email me when Juan L. Cudeiro publishes or recommends stories