El precio de nuestro fútbol

Juan L. Cudeiro. 9-junio-2017. DXT Campeón

Al futbolero no le hace falta un balón para que haya partido, lo juega entre semana y en vacaciones, su corazón no late, bota. Con gente así, con tanto irredento, el fútbol es un negocio que se vende solo y a un precio que semeja poder estirarse sin fin. El Barcelona acaba de sacar a la venta unas camisetas de diseño tan discutible como irrespetuoso con su historia. Hacerse con una y ponerle el dorsal y el nombre de Messi, o el de Digne, cuesta 165 euros. Siempre atentos al bolsillo de los menos favorecidos, ambas multinacionales, la futbolística y la que le provee de equipaciones, ofrecen la posibilidad de adquirir una réplica de inferior calidad por poco más de 90 euros.

Llegado el punto en el que una camiseta se vende a precio de traje, quienes manejan la economía del fútbol pueden acudir con su imaginación allá donde les lleve. Vapuleado por unos horarios que penalizan cualquier tipo de planificación de su ocio, incomodado porque su experiencia como usuario es la más nefasta de las grandes ligas europeas el aficionado recibe un chaparrón de motivos para quedarse en su casa y encender el televisor porque además percibe que es posible gastar 8,2 millones de euros del dinero público en renovar las cubiertas de un estadio y que aún haya bastantes asientos sobre los que llueva. Sabe además que sufrirá porque habrá partidos entre semana o en horario laborable a los que no podrá acudir (poco más del 10% de los carnets del Deportivo tuvieron uso en todos los partidos disputados esta temporada en Riazor), porque las inexistentes infraestructuras le invitan a acercarse al estadio en coche y dejarlo sobre una acera o en triple fila, porque en la puerta sufrirá cacheos y puede que se encuentre con una autoridad que le indique que la pancarta, bandera o bufanda que en la calle es legal allí deja de serlo. Todo le empuja hacia otras actividades que entren en competencia con la liturgia quincenal del partido en Riazor, como por ejemplo disfrutar de la música de una verbena de la Federación de Peñas deportivistas. Todo le incita, en el mejor de los casos para el negocio, a sentarse ante el televisor. Que nadie se engañe, seguirá enganchado al fútbol, pero a la postre se alejará de él: nadie puede amar aquello que no puede sentir ni tocar.

El Deportivo, también el deportivismo, presume de masa social. “A nosa forza” le llama el club en su esfuerzo por generar un discurso integrador. El trabajo por captar abonados, incluso por facilitar su desplazamiento con iniciativas tan plausibles como Destino Riazor, ha sido ímprobo y le ha llevado a un techo de 26.510 carnets que resulta complicado de superar, el mayor que se recuerda si obviamos aquellos tiempos, gloriosos, en los que tenía casi 31.000 abonados y cerraba cada temporada con superávit. Pasemos por alto los detalles, discutir sobre lo que sucede cuando uno sale de borrachera no es de caballeros.

La resaca se lleva con dignidad, puede que porque la barra de bar al final une más que el matrimonio. Pero la tentación está ahí. La del aficionado le lleva al sofá, la de los clubs a empujarlo hacia ese cómodo regazo con precios que hacen inasumible acudir al estadio incluso en soledad. En Vigo llevan meses en pie de guerra. Allí el abono de Río Alto que hace cinco años, tras el regreso a Primera División, costaba 340 euros vale ahora 460. El estadio, que tras aquel ascenso se había poblado en gran parte con gente joven, se vacía y las previsiones no son optimistas respecto a que deje de hacerlo. Leo a varios responsables de peñas celestes en Faro de Vigo: “Esta es una ciudad trabajadora y los sueldos son los que son”. “Te cobran por achicharrarte en verano y empaparte en invierno”. “Nos van a poner muchos partidos viernes o lunes”. Y la definitiva: “A este paso nos echan de Balaídos”.

De Riazor por ahora no se va nadie, sino que llegan. El club informa de que la temporada pasada se sumaron 3.677 abonos a su fuerza, pero hay señales que deberían situarle en alerta. “De padres a hijos” dicen que se transmite la fe deportivista. De padres adinerados en el Deportivo porque buena parte de los que se sientan en el estadio lo hacen en el mismo asiento desde hace décadas y se encuentran con que, a pesar de esa fidelidad, si quieren llevar a sus hijos a su misma ubicación deben de pagar por ellos uno de los precios más elevados del fútbol español. La comparación con el Celta duele: tres carnets en Río Alto para que un padre lleva a sus dos hijos menores de 15 años cuestan para la próxima temporada 728 euros; en la Preferencia Superior de Riazor, sin que el padre deba sacrificar su sitio histórico, se disparaban la pasada campaña a 969. La diferencia en Tribuna es de 100 euros y en los fondos, los de Balaídos tienen peor visibilidad, pero también un precio hasta 216 euros más barato si se comparan las ultimas filas de la grada de Marcador con la coruñesa de Marathon Superior.

Un vistazo a otras latitudes invita a pensar que el Deportivo pretende que sus pequeños aficionados rompan las huchas. Quienes aquí pagan 235 euros por acceder, por ejemplo, a Preferencia Superior, pagarían 140 si fueran socios del Alavés o 115 si se abonan al Espanyol. En el Celta, con su fama de careiros, se lo dejan este año en 193. Hay quien hace las cosas peor, también se pueden mejorar: el Málaga ha decidido que todos los menores de diez años paguen a partir de la próxima temporada 80 euros vayan a la grada que vayan. Se entiende que con esa edad acceden siempre con sus padres.

El Deportivo es nuestro producto y nos gusta como es, pero puede estar mejor acabado. En lo que va de década ha jugado dos temporadas en Segunda División y en las cinco restantes disputó 95 partidos de Liga en Riazor y ganó 30. Esta última temporada venció en siete de 19, magníficos números si se considera que en los dos anteriores ejercicios cantó victoria en casa apenas en cuatro y cinco oportunidades, respectivamente. En cuestiones futbolísticas un padre puede ser muy persuasivo, pero debe dar lo mejor de si mismo para convencer a un chaval de que acuda a un estadio a masticar derrotas o de que consuma deportivismo en tiendas oficiales que parecen, incluso a través de la web, supermercados checos en plena guerra fría.

“Hemos recomendado a los clubs que no suban el precio de los abonos”, apuntó Javier Tebas, el presidente de La Liga, en el último congreso de peñas de equipos de fútbol. El año pasado todos duplicaron sus emolumentos por derechos de televisión. Para un club como el Deportivo la recaudación por abonos apenas supone el 7,5% de sus ingresos anuales. Muchos de sus aficionados han acudido, plenos de orgullo, a suscribir acciones en una ampliación de capital que les revierte en lo emocional más que en lo tangible. Todavía más seguidores han permanecido fieles a su abono en tiempos grises, reciclados hacia el padecimiento tras olvidar la lección que les enseñaron de que para llegar al éxito era preciso no solo endeudarse sino hacerlo con singular maestría. Rebajar o al menos mantener el precio de los abonos sería una señal de respeto hacia ellos, también hacia quienes quieren acercarse al campo y se debaten en una razonable duda. En el caso de los menores de 15 años la rebaja parece incluso una obligación que debería ir acompañada de una disculpa. Claro que igual prefieren una camiseta.

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