
El primer futuro acaba el domingo
Fracasado el intento de enterarme de lo que ocurre en el Deportivo gracias a los informadores que pululan por las redes sociales he regresado a mis clásicos, a prensa, radio y televisión, que intuyo que algo controlan sobre el asunto. Observo que tras la derrota contra el Getafe la gran mayoría da por seguro que el entrenador que debe pilotar al equipo hacia la permanencia será destituido en cuanto obtenga el objetivo, que cuatro puntos sobre él tampoco tenemos que ponernos a todas horas en lo peor.
Así que estamos ante un cese diferido, un estrambótico colofón a la concatenación de groseros errores que se acumulan en la parte deportiva del club desde hace bastantes semanas, uno de ellos, parece evidente ante la que se avecina, la apresurada decisión del presidente de renovar al entrenador sin haber conseguido el objetivo de la temporada. En aquella rueda de prensa de final de enero se invocó a Irureta y su año a año sin reparar que Jabo firmaba cuando cumplía “los deberes”. Plantear entonces que el equipo no estaba salvado suponía en el mejor de los casos suscitar una carcajada, en el peor un bufido. Aquí estamos. Ni era preciso tomar entonces esa decisión, ni estaba ordenada la trastienda para tomarla. El club falló en la lectura de la situación y en el manejo de los tiempos: no era necesario tanto apuro por más que Víctor Sánchez del Amo dejara caer entonces alguna de las motivaciones de Tino Fernández. “El presidente ha manifestado publicamente su miedo de que venga un equipo importante”, apuntó el técnico en aquella comparecencia con Fernando Vidal también a su vera. El equipo, que ya había dado síntomas de agotamiento futbolístico, comenzó a desplomarse tras aquella rúbrica. Quizás fuera casual.
Un detalle añade más pimienta a aquella decisión: no suscitó unanimidad entre quienes tenían voz en el club para debatir sobre ella. La discrepancia es saludable si es preludio del entendimiento, pero si éste no es posible cualquier tipo de disensión acaba por dañar. En dos años y medio los directivos deportivistas han tomado bastantes decisiones que han ayudado a estabilizar un club que se iba por el barranco, y no sólo por el futbolístico. Le han dado además un barniz contemporáneo y de rigor a la entidad que ayuda a hacerla atractiva en la captación de talento, pero no logran encontrar una solución deportiva en la que se encuentren cómodos y que lleve al estadio el fútbol que se merece una afición incondicional. No es un problema menor, obviamente. Tampoco lo es, tanto en casa como de puertas afuera, que se empiece a conocer que en la Plaza de Pontevedra no hay una unidad de acción en una cuestión tan capital como la de definir cual debe ser la idea futbolística del equipo y el perfil de su entrenador.
La unanimidad no es precisa, la discrepancia enriquece. Lo que castiga es que se prolongue en el tiempo, larve disgustos, reproches y pulsos. Tan saludable como huir de gestiones personalistas y fomentar equipos que repartan tareas es que quienes las asuman tengan la ausencia de vanidad precisa para entender que las decisiones más sensibles deben pasar por el tamiz de la presidencia. Y que ésta destierre las imposiciones. Y ante su presencia o la tentación de recurrir a ellas, esforzarse más, si cabe, para exponer con humildad las motivaciones que pueden llevar esas decisiones a tu terreno y más cuando el bagaje en otros aspectos no es malo y determinados consejos no escuchados tampoco iban desencaminados. En última instancia quizás lo aconsejable antes de dañar al club sea plegar si se considera, con toda la razón de quien cree en su trabajo y ya ha cedido alguna vez, que no existe la suficiente sintonía para llevarlo a cabo.
El Deportivo es históricamente un club con cierta facilidad para encender cerillas y prenderse fuego en los pies. Ahora pretende quemarse con las chispas de una traca. Cada noticia que se sucede es un estallido que prende en el equipo, cada partido es un petardazo en el que nadie repara hasta que llega el estruendo. Desde hace semanas esa cita semanal semeja que es lo que menos importa, hasta el punto de que en la víspera del duelo contra el Getafe incluso el propio club no frenó giras mediáticas de futbolistas a los que por fuerza se les iba a preguntar e iban a responder en clave de futuro.
Y el único futuro ahora es el próximo domingo. Es el de los jugadores, que deben dar de una vez un paso al frente y ganar a un rival al que nada va en el envite y que además se ha pasado la semana con Liverpool en la mirilla. No llegamos a una jornada para pensar en empates ni excusas, para torturarse con los resultados de otros campos, con si te echa una mano el Sevilla o te la quita la Real Sociedad, el partido de Getafe o cualquier pacto de Llanes que aparezca por la geografía española. Es tiempo para levantarse y gritar que el Deportivo tiene argumentos para, sin depender de otros marcadores, ganar un partido y seguir un año más entre los grandes para poder crecer en una gestión sostenible, cobrar el dineral que llega de los derechos de televisión o negociar la venta de la deuda privilegiada con Hacienda y esquivar el yugo de tener que detraer el 25% de los ingresos que por fuerza llevará siempre a disponer de un limitado tope salarial para reforzar la plantilla. Es el momento de los jugadores, luego ya llegará el de los directivos. Y tras el triunfo habrá que quitarse el calzón y mirar a la cara del compañero para definir, entonces sí, otro futuro.
La ilusión del baloncesto coruñés

Conocer que el Breogán desplazó en cada uno de los tres partidos que jugó en el Palacio a más de 2.000 aficionados ayuda a entender la dimensión de la hazaña del Básquet Coruña al eliminarlo de los play-off de ascenso a la ACB. Cuatro equipos comienzan hoy a buscar una plaza en la máxima competición del baloncesto español y por primera vez uno de ellos es el cuadro naranja, ejemplo de tantas cosas, de gestión rigurosa que desde hace tiempo, y con varias directivas no siempre sobradas de apoyos, ha puesto antes en valor la necesidad de conformar una base que ir directamente a levantar una cúpula. Con esa solidez el club germina y medra el número de aficionados, de niños, que empiezan a sentirlo como suyo. Todo ello se adereza con la sabiduría de Tito Díaz, una suerte de Arsenio Iglesias de la canasta, uno de esos entrenadores que edifican equipos y los conducen a superar los límites que se les suponen.
En una ciudad en la que se llegó a decir la gran mentira de que no se respira baloncesto, deporte imprescindible en tantos colegios; en un entorno donde durante años se abonó la especie de que sólo cabían filias para seguir un deporte en la élite, el Básquet Coruña abre una ventana de aire renovado que deja además este año una enseñanza: la apuesta por un juego vistoso no tiene porqué reñir con el resultado y ayuda a llenar gradas y alimentar ilusiones.