De Marcos pugna con Jonás Gutiérrez durante el partido Athletic-Deportivo

Huevos para Santa Clara

4-marzo-2016. DXT Campeón

Vaya por delante un aviso: soy periodista y no dispongo de toda la información. La sentencia, casi una muletilla, no es mía pero se la tomo prestada al entrenador del Deportivo, que suele emplearla para recalcar que sus decisiones se basan en criterios y conclusiones a las que los no hay acceso desde el exterior del vestuario, algo que por otra parte no sólo resulta obvio sino incluso saludable para ejercer una valoración crítica. Otra advertencia más: escribo sin poder abstraerme de los resultados. El fútbol es así, no lo he inventado yo. Justamente son los marcadores los que propician que haya técnicos y jugadores que estén más cotizados que otros.

El Deportivo se ha desplomado tras un largo tambaleo con epicentro en su escasa variedad de recursos. Valorar más o menos al equipo durante aquel tiempo en los que sumaba puntos incluso de tres en tres podía ser una cuestión de gustos. Se puede ponderar la capacidad del equipo para extraer frutos de un fútbol de repliegue y balón largo al espacio, de su capacidad para italianizar los partidos y desactivar al rival. También es lícito apuntar que esta temporada llegaron ciertos mimbres con los que proponer otra estilo sobre todo ante equipos del fondo de la tabla, cuestión que en la victoria era un detalle accesorio porque va a ser que al final importan los resultados. Y aquí coincidía que hacían falta.

Importan hasta que te abandonan y entonces queda el recursos de minimizarlos para tapar carencias. En esos casos siempre es efectiva una rápida visita a una serie de lugares comunes. El primero es el de la negación. “La situación es de máxima tranquilidad”, aseguró Sánchez del Amo hace veinte días tras encadenar nueve partidos sin ganar. Ese fue el discurso oficial durante dos largos meses hasta que la derrota ante el Granada nos llevó hacia el terreno de la excusa, otro clásico. El veloz trío de delanteros del rival llegó a Lux con claridad y reiteración, pero el lamento del técnico se centró en el gol recibido: “De una jugada sin importancia sacaron un penalti”, quiso hacer ver antes de elogiar a su equipo por centra 48 veces al área y colegir que por ello hizo méritos para vencer. Quizás el dato revele todo lo contrario de lo que con él se quiere defender, quizás sea un indicador de la falta de recursos de un equipo sin ideas, lastrado por una disposición que favorecía al rival y mantenida durante demasiados minutos aun con el marcador en contra.

El desastre, la sensación de impotencia e inferioridad se multiplicó en San Mamés. Como casi todo está inventado en el mundo del pretexto o la exculpación futbolística, el nuevo lugar común ya lo habíamos visitado no hace mucho. “No es un partido de nuestra Liga”, clamaba no hace tanto Víctor Fernández cuando iba a la guerra contra los grandes con un equipo muy inferior al de ahora. Entonces las lapidaciones sepultaron al técnico aragonés, al que lo más suave que se le llamó fue conformista. En la sala de prensa de Bilbao fue VSDA el que, de pronto y sin previo aviso, se bajó de categoría a una virtual segunda división. “Estoy seguro de que vamos a competir en el Bernabéu como antes lo hicimos en el Camp Nou”, había dicho a pocas horas de enfrentarse al Real Madrid.

Lo que subyace es una dinámica de lo inexplicable, una serie de taras que estaban latentes desde el inicio de la temporada, que tienen que ver con las lógicas limitaciones del equipo, pero también con su manejo. Por dura que parezca, la situación actual entra dentro de lo que se podría preveer en un diseño de temporada programado, seguramente con buen criterio, para que el equipo ganase confianza y se la hiciese ganar a su entorno con un sólido arranque de campeonato. Y luego ya se vería hasta donde se llegaba para empujar sin mucha gasolina, pero cuesta abajo, hasta la meta. Por el camino la directiva presidida por Tino Fernández toma la decisión de hacer pública la continuidad del equipo técnico. Nada que reprochar por el hecho de renovar el vínculo si hay confianza mútua, que la hay. Sí por el momento elegido para hacerlo porque el mensaje que se emitió, incluso verbalizándolo por parte del presidente, es que el trabajo poco menos que estaba liquidado y que lo de esperar, como hacía Jabo, a cumplir con los deberes, era apenas un formalismo. Llegaron entonces las derrotas, las decisiones erráticas, un ajuar repleto de paños calientes, el inmovilismo. “El Deportivo trazó su esquema como un tótem y se aplicó a no apartarse ni un centímetro de las líneas rojas”, apunta Eduardo Rodrigálvarez, el mejor cronista que conozco, en su relato en El País sobre el partido del pasado miércoles.

Una vez la tranquilidad ha saltado por la ventana sería un problema que la colección de disculpas que anidan en la sala de prensa lo hagan también en el vestuario, que se siga dando la impresión de que aquí no pasa nada y que el resultado, empeñado en dar la espalda, es un accidente porque el trabajo es correcto. Algo falla y es tiempo de percibir un volantazo, de olvidar experimentos para los que el equipo no está diseñado y volver a las fuentes, juntar a los que saben interpretar la verticalidad que fue seña de identidad del equipo al inicio del campeonato y asumir que los mejores interiores del equipo han sido este año Luisinho y Juanfran, pero con ayudas. Quizás la clave no sea variar ni inventar, y sí recobrar y exigir. También a la gente, que tantas veces empuja, pero que el día del Granada se contagió de la frialdad del equipo o al periodismo. Esa misma afición a la que también se le debe tras una derrota sin paliativos el respeto de no buscar refugio en peregrinas explicaciones porque a estas alturas, y en esta tierra, cualquier alusión a que la lluvia condiciona partidos entre profesionales que “resbalan y chocan entre ellos” invita a evocar lo más granado de Irureta al sol de Sevilla, la torrija de Mallorca y la charanga de Mendizorroza o a aparcar el recuerdo para tomar medidas inmediatas y llevarle unos huevos a Santa Clara y que el sábado no haya nubes sobre Riazor.

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