Lo sencillo, seguramente también lo justo es dirigir la mirada hacia el árbitro y hacia un nuevo penalti inexistente que castiga al Deportivo en El Molinón; lo aconsejable es alejarse de la cosmética del lamento y entrar en valoraciones que no sean coyunturales. Lastrada por las restricciones y las apreturas, por la promoción a equipos de superior entidad de quienes fueron sus mejores futbolistas en las últimas campañas, la Segunda División ofrece tras cinco jornadas una conclusión que demanda fidelidad y apasionamiento para no desterrar al aficionado: el nivel es uno de los más bajos que se recuerdan en décadas. En ese mar el Deportivo no navega sobrado, más bien bracea apurado y sin salvavidas cuando el marcador no le apura. Cuando le exige se ahoga, incapaz de remontar o siquiera igualar la desventaja en que se puso ante Córdoba, Murcia o ayer ante el Sporting.
Quizás cuando Fernando Vázquez se refería a la necesidad de aprender a convivir con la derrota no se refería a esto, a caer en tres de los cinco primeros partidos de Liga. Seguramente cuando el técnico del Deportivo pedía tiempo para poder dimensionar las fuerzas propias o las ajenas, no aguardaba que la ecuación arrojara el resultado actual: tres derrotas en cinco partidos, la última en Gijón (2-0, con goles de Scepovic, de penalti, y Álex Barrera) ante un rival cuyo valor futbolístico puede deducirse a partir del talento del dúo que lo vertebra desde la medular. Bustos y López Garai abanderaron una época del quiero y no puedo en el Celta. Ahora, cuando ambos superan la treintena, conducen al único equipo invicto de la categoría.
El valor del Sporting es el del rodaje. Cuando no sobra talento, bueno es construir un equipo a partir de piezas fiables, automatismos e insistencia en el trabajo. Por el camino el mercado sirve para realizar retoques. El Sporting está en ello tras atravesar el desierto de la pasada campaña, la del regreso a Segunda. A otro nivel, tampoco tan lejos como podría deducirse de su encomiable modestia, hace lo propio el Lugo, que se cayó tras el descanso para ceder su primera derrota en casa (1-2 ante el Girona). El Deportivo quiere saltarse esas dolorosas travesías, pero para conseguirlo necesita casi un imposible, acertar de pleno en los refuerzos y esperar que estos antes casi de deshacer la maleta empiecen a marcar goles y diferencias. Ocurrió en Sabadell, pero el tiempo comienza a mostrar que, a estas alturas y en estos parajes, milagros los justos. Ayer tres de los fichajes no acabaron el partido. Rudy, dolorido en el dedo de un pie por una lesión que arrastraba antes de firmar su vinculo con el club, pasó de puntillas y comienza a mostrar inquietantes señales de jugador gaseosa. Wilk fue una vez más irrelevante. Luisinho, el otro sustituido, fue decisivo porque protagonizó el penalti la acción que decantó el partido, una falta inexistente señalada por un mal árbitro porque aquí de Segunda somos todos, también los del silbato u otros futbolistas llamados a desempeñar un rol capital en el equipo como el argentino Culio, al que se anunció con un currículum consistente en el fútbol europeo, pero que no se está mostrando como un futbolista dominante.
Lo facil es apuntar al árbitro, pero todavía hay quien trata de poner orden y no sólo sobre el verde. “Hablar de él no aporta nada. Es mejor centrarnos en corregir los errores que dependen de nosotros y hay mucho que mejorar”, repasó Juan Domínguez mientras enfilaba el camino de vuelta a A Coruña. Y con él cerca de 2.000 deportivistas. El Deportivo ofrece señales de equipo robusto en defensa, pero cualquier error propio o ajeno, cualquier vaivén, le daña. Ocurre porque entre Juan Domínguez y Borja Bastón hasta ahora hay poco menos que un erial, cuando hay que construir y superar a quien espera atrás y te pide fútbol para poder ganarle. Y es ahí donde está el ascenso, no en la grada. “Tenemos la mejor hinchada del mundo, pero desgraciadamente nunca he visto a un hincha marcar un gol”, resumió en su día el gran Jock Stein, líder técnico y espiritual del Celtic campeón de Europa.
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