Gustavo Bueno
Ha muerto Gustavo Bueno, una especie de abuelo cascarrabias de la filosofía española, un hombre de gran inteligencia y notabilisima erudición, valiente, buen ciudadano y memorable español, y, en ocasiones, tal vez demasiado deseoso de dar la nota, pero ese es un juicio que no estoy en condiciones de hacer. Ha fallecido apenas dos días después de hacerlo su esposa, un final hermoso que no todo el mundo está en condiciones de disfrutar.
Su obra es muy amplia y, a mi entender, bastante desigual, con libros excelentes y alguna extravagancia que me parece que hay que disculpar como tributo inevitable al yermo intelectual en que vivimos. Su empeño en la originalidad, el rigor y el sistematismo es muy de alabar, pero seguramente hay que entenderlo como parte del mencionado tributo, también como fruto de una etapa superada, para bien o para mal, cosa siempre discutible.
Nunca se pierde el tiempo ni el gusto leyéndolo, aunque, como es mi caso, no se compartan buena parte de sus aportaciones, ni nunca se le agradecerá bastante el valor que ha tenido para desenmascarar y poner en su sitio tantas tonterías, y tantos portavoces entusiastas de esas memeces, como las que se han hecho con buena parte del frondoso territorio de los lugares más comunes.
Tuve el placer de tratarle breve y provechosamente, en un contexto más político que filosófico, y conservo esos recuerdos con una sonrisa de gratitud, con esa esperanza, que nunca se pierde, de que las personas realmente valiosas, como Bueno, acaben por encontrar un papel menos desairado y ridículo que el que esta sociedad paleta, sectaria, materialista (en un sentido muy distinto al que Bueno se atribuía) y mentecata suele ofrecerles. Descanse en paz, y que Dios le conceda el fruto que merecen sus esfuerzos.