La Constitución no es para leguleyos

Que los textos tengan unas condiciones de lectura es consecuencia de la maldición de Babel, pero tenemos formas de sobrevivir a tan mala condena. Una de las más importantes es lo que Carnap llamó el principio de tolerancia: puesto que el lenguaje nunca es lógicamente perfecto, hay que interpretarlo desde la intención del hablante, hay que estar dispuestos a entender lo que nos dice, y a atender cómo y para qué lo dice. Una Constitución política es un texto que se escribe para la concordia, no para que los leguleyos se dediquen a inventar sutilezas que convengan a su particular ley del embudo. Así se ha entendido la CE hasta la fecha, salvo para quienes han querido situarse fuera o romperla. Lo que resulta sorprendente es que desde el seno mismo de las instituciones que la Constitución ha configurado se trate de retorcer el texto, se mancille.

Cualquier artículo de la Constitución tiene que ser leído de una forma noble, directa, traduciendo el espíritu de concordia y de limpieza con el que quisimos acabar con una guerra incivil prolongada hasta el sepulcro por la voluntad del que la ganó. No podemos entender las disputas políticas como un ámbito en que valga todo para aniquilar al adversario. La política es exactamente lo contrario, una voluntad de concordia que tiene que empezar por leer de la misma manera los textos en que se funda, nada equívocos en su intención. Rajoy puede ser neblinoso con sus propósitos, pero no puede emborronar un texto que se ha escrito para que él, y otros como él, tangan que respetar unos límites, porque del mismo modo que la Constitución busca la concordia, su texto no es otra cosa que un catálogo bastante amplio de cosas que hay que hacer y de algunas cuantas que no pueden hacerse. Y si Rajoy no consigue la mayoría de diputados que desearía, no puede pretender lograrlo a base de tergiversar la Constitución y el Reglamento del Congreso, como tampoco puede tratar de cargar en otras espaldas carencias que sólo se deben a sus políticas, a errores que todos conocemos y que él pretende enmascarar detrás de una mezcla absurda de minucias de leguleyo y de una frustrante obstinación.

La CE define una monarquía parlamentaria, y es candidato a presidir el Gobierno la persona al que el Rey encomienda esa tarea a la vista de lo que le dicen todos los grupos parlamentarios, que luego, tras un debate sobre el programa de gobierno que proyecta, puede ser investido por los diputados cuando obtiene el apoyo de la Cámara, o, apartarse, si no lo obtiene, como le pasó a Pedro Sánchez. Lo que no se puede hacer es dar la sensación de que los partidos están intentando evitar, por supuesto, de malas maneras, que el elegido del pueblo, el ganador de las elecciones, alcance la presidencia del gobierno, no hay tal. Eso se llama mala fe, ganas de enredar, puro cinismo cuando se pretende apoyar en una lectura no compartida de los textos que, si deben unir a todos, debieran ser sagrados para cualquier diputado. Nuestros diputados no son procuradores, no debieran serlo, no están en el Congreso para ayudar a su jefe, sino para representar al pueblo español, y mal podrán hacerlo si empiezan por emborronar lo que la CE dice con enorme claridad. Y habrá que vigilar muy atentamente lo que hace doña Ana Pastor, que no está allí para que Rajoy sea presidente, sino para que el Congreso cumpla con sus deberes constitucionales, y no puede dedicarse a sestear si Rajoy remolonea.

Es escandaloso que quienes se indignaban, a mi modo de ver con razón, porque Zapatero decía ver en el término nación un concepto discutido y discutible, aplaudan ahora a quienes afirman que expondrá significa, podrá exponer, de venirle bien, su programa, o que el debate de investidura pudiera ser optativo. Naturalmente que Rajoy puede no ir al debate de investidura, pero solo porque puede marcharse a su casa para dejar definitivamente esa vida política, que, al parecer, le llena de sinsabores. Lo que no puede hacer es decir que está cumpliendo la Constitución tomándose la designación real a modo de hipótesis de trabajo, que, de paso, evita que otros puedan competir por el puesto, y entender que está en su mano cambiar los modos y los tiempos del verbo exponer a su antojo. Aunque don Mariano quiera hacer de Humpty Dumpty, no debiera ignorar que la nota que le han pasado sus asesores con aquello de que las palabras significan lo que quiere el que manda, es una fina ironía, no un artículo de la Constitución.

¿Quiere Gobierno Rajoy?, que pruebe a retirarse, a ver qué pa