Mi columna de ayer en Vozpópuli

El acertijo

Los resultados electorales de diciembre pasado han convertido la política nacional en una especie de acertijo, un entretenimiento que puede resultar llevadero, y hasta una oportunidad para presumir de dotes analíticas, pero que no deja de revelar el estado deplorable de una buena parte de las fuerzas políticas, incapaces de resolver con un mínimo de grandeza y generosidad lo que puede considerarse un claro mandato de las urnas. Los electores han propinado un duro castigo a las dos fuerzas hasta hora mayoritarias, un correctivo que, además, tiene dos características muy importantes, en primer lugar que era perfectamente previsible, porque no ha hecho sino hacerse más intenso en las tres últimas elecciones celebradas, y, en segundo lugar, que no tiene trazas de decrecer en el futuro inmediato, especialmente si PP y PSOE persisten en los errores de fondo que han cometido.

Rajoy está dando muestras de mala fe, pretendiendo ignorar algo tan obvio como que, los electores han rechazado un gobierno de mayoría del PP

El resultado del PP

En el caso del PP, la interpretación no ofrece dudas, su gobierno de mayoría, independientemente del juicio político que merezca, ha obtenido un claro rechazo por parte de los electores, podemos decir, en términos popperianos, que ha sido destituido pacíficamente, mediante un doble rechazo, el de los electores que nunca lo apoyaron, pero también, lo que es muy importante, por el abandono de millones de electores que sí habían confiado en Rajoy, y que, visto lo visto, prefieren claramente despedirlo. Se ha tratado, pues, de una acción inequívocamente destitutoria, en la línea de lo que, según el filósofo vienés, caracteriza a las democracias. Por esta razón resulta especialmente penosa la insistencia de Rajoy en que “el PP ha ganado las elecciones”, confundiendo a la opinión y deslegitimando, implícitamente, el procedimiento constitucional para elegir presidente de gobierno, y a la institución parlamentaria, en la que, por cierto, obtiene la posición de primera fuerza gracias a la generosa ayuda que le proporciona un sistema electoral que favorece la formación de mayorías. Al actuar de ese modo, Rajoy está dando muestras de mala fe, pretendiendo ignorar algo tan obvio como que, los electores han rechazado un gobierno de mayoría del PP y que, para empezar a hablar de coaliciones no puede ignorar que la alianza entre Ciudadanos y el PSOE no solo tiene más escaños que el PP sino casi dos millones de votos más que el supuesto ganador.

En cualquier democracia algo menos viciada que la nuestra un presidente de gobierno que obtiene un rechazo similar hubiera dimitido de inmediato, pero eso es porque en las democracias hay que creer más en la voluntad popular que en el interés del partido, y eso aquí suena a música celestial. Todo el tiempo que Rajoy agote pretendiendo defender lo indefendible y aparentando proteger intereses que, en el fondo, le importan un pito, solo servirá para enconar más la situación y debilitar todavía más sus apoyos electorales, cosa que parece obstinarse en comprobar.

El bizqueo del PSOE

El PSOE, por su parte, no está en condiciones de reclamar casi nada, pues ha sufrido otro fuerte vapuleo, pero, al menos, no ha menospreciado los hábitos parlamentarios, no se ha enfrentado con el Rey, y ha tratado de buscar una fórmula viable, aunque con el implícito, bastante absurdo, de no contar con el PP. Si en lugar de ver que la posibilidad de un gobierno de coalición es una de las pocas oportunidades que le quedan de consagrarse como un partido socialdemócrata similar a los de nuestro entorno, lo que, de paso, empujaría al PP a recuperar el lugar perdido en el centro derecha, y abriría nuevos espacios al PSOE, se empeña encoleguear con quienes quieren comérselo crudo, el PSOE enfilará en directo su vía de abandono del papel central que hasta ahora ha desempeñado, con éxito desigual, pero con cierta continuidad. No tiene sentido reprochar a Sánchez que se preocupe por la viabilidad de su liderazgo, como si los normal entre políticos fuese el altruismo desorejado, pero Sánchez ha de darse cuenta de que camina por un perfil angosto del que sólo hay salida hacia el centro, nunca hacia el populismo de izquierda herencia del Zapatero que arruinó sus posibilidades electorales y sembró las bases ideológicas que ahora amenazan con arrasar su territorio. Es lógico que no pierda de vista a los electores que le han abandonado por su izquierda, pero es absurdo que piense que por ahí existe cualquier salida en la Europa del siglo XXI.

El discurso ideológico está firmemente asentado en la alabanza de las políticas de intervención, clientelismo, subvención y leña fiscal a discreción para el tonto que se dedica a trabajar

Un país sin alternativas

Como ha escrito recientemente Javier Benegas, el aspecto más sombrío de estas elecciones reside en que “la fragmentación del Parlamento, lejos de suponer una “democratización” del debate político […] ha constatado la renuncia unánime a la sociedad abierta”, que la llamada “crisis del bipartidismo” ha traído una renovada unanimidad en el aprecio del estatismo más romo y bobo, de un clima en el que se censura la corrupción, pero no se repara en que es el exceso de gasto público, que no se ha cortado con Rajoy, y la absoluta debilidad de las instituciones y posibilidades de control lo que hace que la corrupción no sea un descuido, sino un negocio muy atractivo para cuantos están en el poder y no tienen que hacer política, porque el discurso ideológico está firmemente asentado en la alabanza de las políticas de intervención, clientelismo, subvención y leña fiscal a discreción para el tonto que se dedica a trabajar. En esto la responsabilidad es por completo del rajoyismo, de su política sin objetivos, sin principios, de su estúpida retórica de lo inevitable, de su desvergüenza en adoptar los principios y las políticas de los teóricos adversarios con el señuelo de la responsabilidad y la supuesta eficiencia técnica. Menos mal que nunca más podrán presumir de ser más decentes que los demás.

Ciudadanos podía haber optado por representar una hipótesis política nítidamente distinta, y en esa esperanza cabe suponer que estaban muchos de sus votos, pero ha optado por hacer un papel de fulcro político de un pacto que habrá que ver hasta qué punto acaba por ser viable. No se puede condenar completamente esa vocación de inmediatez, pero bien harían los responsables de ese partido en pensar que la gracia de ser lo mismo que los demás pero más limpios, de momento, tiene un escaso recorrido. Tal vez el futuro político de Ciudadanos se juegue no en su habilidad para hacer posible el único gobierno mínimamente sensato que puede salir de este Parlamento, sino en su capacidad de contribuir a que se hagan visibles otras alternativas más liberales que el estatismo de oficio del PSOE y el burocratismo estatista e implacable de Rajoy, pero tal vez eso sea mucho pedir, aunque se trate de nuestra carencia más de fondo.

En el plano coyuntural en que ha decido moverse, Rivera acierta al subrayar que el mutis de Rajoy es una condición inesquivable de cualquier mínimo cambio, a ver si se enteran algunos de que el supuesto Rey está en pelotas, pero no basta hablar de la corrupción si no se está dispuesto a defender aquellos cambios de cultura política muy de fondo que la hacen casi inevitable.

Deben ponerse de acuerdo en un plan de corto plazo para hacer unas reformas inevitables y para llamar de nuevo a las urnas

¿Quién le pone el cascabel al gato?

Si se habla con políticos en activo, especialmente del PP, es fácil comprobar que coinciden en que los caminos que llevan a una salida son, a la vez, necesarios e imposibles. Cabe que el paso de las semanas y el miedo al ridículo de unas nuevas elecciones, acaben por precipitar una solución y los diputados dejen de jugar al juego del gallina, una apuesta en que el primero que se lanza del coche antes del abismo es tildado de cobarde, porque ese no es el juego en el que realmente se debaten: el primero que consiga mover una pieza que haga posibles los cambios no será el traidor, sino el héroe. Aunque el Parlamento esté lleno de gente que se cree de izquierdas, o que lo es sin saberlo, de lo que anda realmente bien nutrido es de conservadores de su escaño, pero será seguramente el miedo a perderlo de otra manera el que acabe por romper el maleficio. Entonces se verá que no hay demasiado acertijo, que deben ponerse de acuerdo en un plan de corto plazo para hacer unas reformas inevitables y para llamar de nuevo a las urnas, el tiempo necesario para que la derecha pueda liberarse de quienes la han llevado a este callejón sin salida en el que sus responsables se dedican, incluso, a propalar malicias contra la Zarzuela, y en el que el PSOE pueda pensar con claridad si lo suyo son los Rolex o las setas. Mientras tanto, ya se encargará Podemos de organizar alguna entretenida polémica y de fragmentarse debidamente, porque nunca tantos confiaron tanto en tan pocos, y ese castillo de naipes, mezcla de deseos inciertos y de confusiones obvias, llegará a su destino natural en plazo no demasiadamente largo, asaltarán los cielos, pero será muy poco antes de despertarse con asombro y decepción ante el regocijo, tal vez contenido, pero general, del resto del mundo.

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