Incomunicado
El pasado viernes estaba en Sants, mi actual barrio, tomando unas cañas con una amiga que vino unos días. Al ir a pagar, tratando de sacar de mi bolsillo apresuradamente mi cartera, repleta de monedas (es lo que tiene pagar el metro con billetes, que el cambio te lo da en toneladas de metralla, necesitando una alforja para llevarlas más que una pequeña billetera) salió también mi móvil, un flamante LG G2, estampándose contra el suelo.
Lo cogí del suelo sin excesiva preocupación, con fe de que no hubiera pasado nada más que algun arañazo a lo sumo, como si preocupándome en exceso las probabilidades de rotura fueran mayores de forma retroactiva. Qué gilipollez.
La fe, el pensamiento positivo pueden estar muy bien para hacerse pajas mentales y afrontar mejor una realidad que no está siendo muy amable con nosotros, de la misma manera que la morfina es buena cuando agonizas. Pero si el móvil se ha roto, pues se ha roto, es un marrón lo veas como lo veas y lo tienes que resolver urgentemente, por tu propio bien, salvo que vivas en la masía Casa Tarradellas haciendo pizzas en medio del jodido campo.

Traté de seguir la noche como si nada. Un móvil, ¡psche! ¡Qué cosa! No te preocupes. Bueno, sigamos disfrutando de la noche, que hace tiempo que no nos vemos. ¿De qué hablábamos?
Aunque desconecté del problema, para retomarlo cuando volví a casa, en realidad durante los primeros minutos no paraba de pensar en las dolorosas consecuencias del terrible accidente que acababa de ocurrir. Mi novia en Senegal en misión humanitaria, ¿y si hay alguna urgencia?¿Cómo iba a volar a Bilbao la próxima semana?¿Cómo iba a coordinarme en destino para llegar a Santander?¿Y mi agenda y alertas?¿Cómo iba a quedar mañana con otros amigos que estaban este fin de semana en Barcelona?¿Cómo llamar a casa, y los contactos, números de cuenta, billetes y horarios en pdf, etc? Por tener, ahora ya no tengo ni despertador; me lo acabo de cargar. La sensación es de desamparo, especialmente en el caso de estar en una ciudad nueva en la que aún dependes de Google Maps para ubicar puntos de encuentro, rutas de transporte, estar disponible, localizable, etc.
Tenemos, al menos unos cuantos, una necesidad de información instantánea, actualizada y en cualquier lugar, que me lleva a pensar en cómo hemos llegado a esto. Resulta sorprendente la dificultad que tengo en recordar como era todo antes, teniendo en cuenta que no supe nada de internet hasta mi adolescencia y que mis comienzos, al igual que los de muchos de vosotros, fueron con módems de 56K y en un ordenador de escritorio de medio quintal bien asentado sobre una mesa.
¿Qué hacíamos antes? ¿Me hubiera sido posible cambiar de ciudad tal y como lo hice? No me veo organizándome en un día para ver pisos, estableciendo las rutas y horarios consultando un periódico con anuncios, llamando uno a uno al fijo y apuntando todo el plan sobre un pergamino con una pluma de ganso.
Luego ponte a comprar billetes de autobús, tren y avión yendo a ventanilla, o si me apuras, telefónicamente, volviendo loco al de ventanilla, y de paso volviéndote loco también tú (y a todos los demás que llaman y no son atendidos porque te están atendiendo a tí consultando acerca de la reserva que quieres formalizar). No voy a extenderme con ejemplos totalmente obvios.
Finalmente compré un smartphone prepago libre y solucioné la papeleta rápidamente, al día siguiente. Enviaré a reparar el LG y cuando tenga los dos el otro quedará como móvil de emergencia.
Todos estamos de acuerdo que sin tecnología resolver ciertas tareas es un auténtico coñazo. Y si alguien piensa que no, que viviríamos mejor, pues mira, que venga aquí que vea lo bien que lo hace.
Es fantástico ver como con tu cuenta de Google todo más o menos vuelve a su cauce automáticamente, empezando por contactos, siguiendo por contraseñas WiFi, apps instaladas, etc. Luego estará el que se queje de la privacidad, de que estamos muy controlados, de los chemtrails, y del fluor en el agua. Palmadita en la espalda, un “ánimo chaval, ánimo” y adelante. Cuando se te rompa el móvil vienes a contarme esas cosas. Yo tengo mucho que agradecer al Gran Hermano, al igual que Winston Smith al final de su historia.
