¿La moda como enfermedad mental o la enfermedad mental como moda?

Trastornos de personalidad y moda

Los tiempos actuales son sintomáticos de nuevas enfermedades -o cuando menos actualizadas- asociadas a la forma de vida moderna. Los antropólogos buscan en la génesis y desarrollo de las culturas causas concretas para que algunas patologías prosperen, su epidemiología cultural, por decirlo así pues lo biológico, por sí solo, no puede tener éxito continuado en el ecosistema humano.

Los estilos de vida, las modas impuestas, los comportamientos más o menos estereotipados y homogeneizados, acaban definiendo, a la postre, el éxito o fracaso de una enfermedad, especialmente de aquellas relacionadas con el cerebro.

Las enfermedades mentales se disparan, en efecto, como podemos constatar en las estadísticas: entre un 2–3 de la población total, incluso más, posee una alteración psicológica — psiquiátrica. Es evidente que los diversos planes de contención fracasan y que el problema, lejos de resolverse, empeora.

En España, la situación resulta muy preocupante. Tenemos algunos indicadores que así lo constatan, como el consumo de determinadas sustancias. Así, según un estudio realizado por J. García del Pozo y colaboradores, publicado en la Revista española de Salud Pública, “la utilización de ansiolíticos e hipnóticos creció desde 39,71 DDD (dosis diarias definidas) por 1.000 habitantes y día en 1995 a 62,02 en 2010. Y, desde entonces hasta este año 2017, esa cifra no ha dejado de aumentar en concreto, y sólo hablando de fármacos ansiolíticos (reductores de la ansiedad), el consumo se ha disparado un 40 por 100 en los últimos cinco años.

Cifras parecidas se están alcanzando en otros países desarrollados. Con respecto a diagnósticos psiquiátricos, y sólo a modo de apunte, diré que 1 de cada 4 ciudadanos ha sido diagnosticado de alguna enfermedad mental, o lo será en un futuro cercano, especialmente entre aquellas personas comprendidas entre los 26 y loas 45 años de edad.

Muchas otras personas nunca serán conscientes de que están enfermas y, por tanto, no tendrán ningún tipo de tratamiento, salvo en las etapas avanzadas de la enfermedad, cuando el deterioro cognitivo resulta irreversible.

Estos son los hechos y las cifras. que ponen sobre la mesa del especialista médico y, sobre todo, del político en temas sanitarios, un problema social de una complejidad abrumadora. Recuerdo que en la España rural de hasta hace unos años estaba casi institucionalizada la figura -a veces patética- del loco del pueblo.

Cada pueblo solía disponer de su loco, igual que tenía su alcalde, su cura o su maestro. Era éste, el loco, un hombre generalmente de familia poco acomodada y, por consiguiente, sin recursos económicos para apartarlo de la vida pública no siempre se trataba de situaciones semejantes, por supuesto, pero muchos obedecían a este rasgo sociológico.

De alguna manera, la enfermedad mental -siempre presente en las comunidades humanas- se proyectaba en exclusiva sobre una figura, una persona, a modo de catálisis permanente, o quizá como arquetipo colectivo donde las locuras de todo el pueblo quedaban diluidas en la locura oficial del demente de turno.

Muchos de estos pacientes -cuando la enfermedad avanzaba y el deterioro podía hacer peligrar la seguridad propia o ajena- eran hospitalizados, internados o confinados más bien en los llamados manicomios, muy cuestionados por psiquiatras como González Duro y otros, que ya, en el año 1972, ponen en duda la eficacia de estos establecimientos sanitarios.

En 1986 se desarrolla la Ley General de Sanidad con numerosas propuestas de asistencia primaria para los enfermos mentales, supresión de manicomios, creación de servicios sociales de apoyo, etcétera.

De nuevo, la mayoría de enfermos mentales graves vuelven a sus casas para ser cuidados por sus familiares bajo la supervisión ambulatoria de las áreas de salud correspondientes. Esto plantea inconvenientes para los familiares -especialmente en las ciudades-, pero ventajas para los pacientes.

Desde entonces hasta el día de hoy, la percepción social sobre la enfermedad mental ha cambiado definitivamente, aunque todavía hay profundas diferencias en temas como la integración laboral del discapacitado psíquico. Hasta tal punto ha cambiado esta percepción, que hemos pasado al extremo opuesto es decir, a lo que yo llamaría la sublimación de la locura.

Este extremo, antiguamente patrimonio de artistas y creadores (no hace falta recordar los comportamientos excéntricos de determinados artistas, escritores, etc.), se ha extendido de forma alarmante.

Está de moda ser loco, o parecerlo, que no es lo mismo, pero propaga determinadas conductas de riesgo o excéntricas, por ejemplo consumir sustancias psicoactivas sin receta médica en combinación con alcohol, etc, provocar actitudes de rechazo, casi delictivas, uso desmesurado de la violencia verbal…

Muchos medios de comunicación potencian la imitación de modelos y comportamientos sociales concretos, como los manifestados en los deportes profesionales: ya no es hacer deporte por el placer de hacerlo o de mantener un físico más saludable, sino hacerlo con la finalidad de emular al deportista de turno y comprar su marca de zapatillas o camiseta, imitar sus modales, por otra parte, casi siempre, groseros y maleducados.

También está de moda lo espiritual, el acceso a la interioridad humana sin saber muy bien de qué se trata, una búsqueda incesante ahora mercadeada por las corrientes tipo Nueva Era y por los gurús del sincretismo religioso efímero.

Está de moda la moda misma, comprar compulsivamente, a bajo precio si es posible, mala calidad, usar y tirar, una y otra vez.

Está de moda tomar tranquilizantes, hipnóticos, anfetaminas, y cualquier otro fármaco que potencie, estimule, anule, relaje o elimine vaya a saber usted qué.

Está de moda la cultura pero no la elaborada sobre sólidas bases mitológicas, tradiciones y folklore, sino la cultura sin fondo, sin forma, permisiva, irreflexiva, hedonista. En ése ámbito cualquier cosa es válida y todo el mundo es culto.

Están de moda las dietas sanas, sobre todo si el consumidor se aprovisiona en tiendas que gustan de carísimos productos complementarios y sustitutivos de los alimentos tradicionales.

Están de moda las vacaciones, los fines de semana bucólicos en un rincón de nuestra variada geografía rural pero deprisa, sin valorar la riqueza ancestral e histórico-ecológica del enclave que se visita, hay que verlo todo sin dar tiempo a que el paisaje penetre los propios corazones.

Total, hay folletos magníficamente diseñados que nos lo explican todo y, en última instancia, se busca por internet. Está de moda ganar tiempo al tiempo, y contar a los demás la cantidad de cosas que somos capaces de hacer, y después presumir de tiempo para hacer yoga o taichi, o voluntariado social: la vida perfecta. Las redes sociales incrementan esta situación pues parece haber competencia por publicar más y mejores fotos, actividades, etc. Se ha caído en un narcisismo que vertebra el día a día de muchas personas.

Pero las estadísticas nos indican que estas modas, estos estilos de vida, suponen romper el equilibrio natural de nuestro organismo, incluida nuestra mente. No se critican las formas, sino el fondo de la cuestión, la base de lo que como mujeres y hombres podemos hacer, con independencia de presiones y estereotipos culturales.

La cultura, capaz de elevar el alma humana hasta cotas poco imaginables de conocimiento, también es capaz, mal entendida, o haciendo un uso inadecuado de ella, de generar distorsión, problemas de convivencia, malestar y, por último, enfermedad.

No hemos querido en este comentario entrar en el detalle de enfermedades concretas, sino de describir una situación general, desde una perspectiva -no exclusiva- antropológica.

Estamos seguros de que si somos capaces de limitar el poder de la cultura dominante (por ejemplo la fascinación que ejerce la televisión o los videojuegos) sobre nosotros, especialmente sobre la población más joven, la enfermedad mental lo tendrá más dificil para propagarse.

Se trata, en suma, de desarrollar toda una nueva cultura de lo sano, que no pasa sólo por buenos consejos o programas educativos en las escuelas (siempre ineficaces frente a la propaganda mediática), sino por un aprendizaje global sobre la nueva imagen del hombre que queremos conseguir, su cultura, sus posibilidades y limitaciones.

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