La legitimidad de un gobernante

Desde que comencé a escribir esta columna, afortunadamente he recibido opiniones de los lectores. Pero ninguna de mis reflexiones ha generado tanto comentario como la de hace dos semanas, cuando hablé de las buenas intenciones y los malos resultados, desde el gobierno. Las difíciles condiciones por las que atravesamos como sociedad nos orillan a exigir de nuestros servidores públicos que no sólo “intenten hacer las cosas bien” sino que las buenas intenciones no sean sofocadas por la incapacidad de ellos y de sus equipos. Recuerden que muchas veces el dolo y la ineptitud pueden llevar al mismo desenlace.

Quizá el común denominador en esos emails que me enviaron, fue la noción de que la gran mayoría de los burócratas adolecen (y lo peligroso es que es muy evidente) de no tener un sólido perfil profesional (ni ético) que justifique su presencia dentro del aparato gubernamental. “Lo que pasa es que con tanta suburban del año, con tanto achichincle besamanos y con tanto guarura se olvidan de quiénes realmente son y de qué realmente traen en el morral”, me escribió un señor que trabaja en la industria automotriz. ¿Tendrá razón?

Hoy, como nunca antes, existe un profundo desprecio social frente a las estructuras partidistas. Es claro (para el 98% de las personas que no dependemos de ese sistema) que el hilo conductor entre sociedad civil y partidos políticos, se rompió hace mucho. Es por ello que se habla de partidocracia en lugar de democracia. Lo que me resulta sumamente alarmante, es que ante este escenario de desprestigio monumental, las personas con más capacidad emocional y profesional ubican como su última opción el formar parte del servicio público: “eso hay que dejárselo a los torpes y a los corruptos”, es la frase que tantas veces he escuchado de cuadros a los que respeto y que me honraría el tenerlos como mis representantes. Y lo peligroso de todo es que son los elementos menos buenos, los que finalmente entran “a la política”; en los partidos se van formando equipos, se van tejiendo complicidades. Al final del día, tenemos a hombres y mujeres que ocupan una regiduría, diputación, alcaldía, gubernatura (o hasta la presidencia, en la actualidad) no porque sepan cómo hacer las cosas, sino por su disciplina férrea frente a los intereses de sus dueños económicos y/o políticos alrededor del partido político al que pertenecen.

Lo anterior nos conduce al factor de la legitimidad, o en el contexto actual, a la ausencia de la misma. Como escribí, varios cabezas de gobiernos con las que he conversado en el último año me dejan ver que ellos están convencidos de que son la mejor opción, y que los protege el gran escudo de la “legitimidad”, sólo por haber ganado una elección. Esta óptica distorsionada de la realidad es resultado precisamente de estar en un entorno tan contaminado por la simulación, el autoengaño y la adulación. No es coincidencia que muchas entidades (no sólo en Sonora) estén en condiciones difíciles, al tener gobiernos que simple y sencillamente no están equipados (repito: ni profesional ni éticamente) para enfrentar sus respectivas realidades altamente retadoras. Las evidencias no me permiten describir un escenario distinto.

La legitimidad y el prestigio de un gobernante y de su equipo, se construye -o se carcome- en el día a día, con cada decisión que se toma y con cada estrategia que se ejecuta. Pero no nos engañemos, la histórica crisis política que atravesamos es compatible con serias carencias que también padece la propia sociedad que ha parido a esos políticos. Es por ello que a veces, no son las decisiones más populares (en una sociedad que tampoco es muy docta y que también coquetea mucho con la cultura de la ilegalidad) necesariamente las mejores decisiones. Al igual que el muchacho del cuento que gritaba “que ahí viene el lobo”, un gobernante, por ejemplo, cuya constante sea la pifia (ya sea pagándole a empresarios con licitaciones o a dueños políticos con nombres de calles), va a encontrar rechazo social en el raro caso en el que tome las acciones correctas y requeridas frente a cualquier situación. Porque no construyó legitimidad.

¿Y qué se puede hacer? De entrada, tenemos dos grandes avenidas -que no se contraponen- en las que se puede avanzar paralelamente. La primera y más importante consiste en que se comiencen a crear sinergias ciudadanas de calidad para abordar la posibilidad… y seré muy directo… de tomar el poder. Este es un tema tabú, al que todos le sacan la vuelta, y es una verdadera vergüenza que los más cínicos e impreparados sean los que abiertamente nos avisen que van por él. Es importante que los mejores cuadros humanos le entren al ruedo, de lo contrario podríamos seguir en la misma tendencia, que es negativa. La otra ruta (que con nuestros políticos veo casi imposible) es que quienes aún están en el poder, comiencen a asesorarse con los que verdaderamente le entienden al tema… justamente si es que tienen un interés por conservarse en el poder. El sistema de los partidos ya se fracturó y orbitar alrededor de él ya no garantizará lo mismo que antes.

*texto originalmente publicado en la columna “Desde la Polis” en el periódico EL IMPARCIAL.