Las sociedades y sus universidades

Cuando concluí la preparatoria, decidí irme a estudiar a la Ciudad de México. Mi primer opción era la UNAM, pero apenas iba saliendo de una huelga que lastimó mucho a la institución y aún flotaba en el aire la posibilidad de un nuevo estallido. Por eso me incliné por la Ibero (una de las mejores decisiones de mi vida). Me sorprendió muchísimo que, siendo la universidad más elitista de México, donde el promedio de los alumnos eran de clase media-alta, donde a los profesores se les pagaba bien, se llevaran a cabo dinámicas importantes enfocadas a la cosa pública y a los problemas sociales. En un ambiente donde aparentemente cada quien “sólo se preocuparía por sus propios asuntos”, vi cómo se convocaban a los principales actores de la comunidad: servidores públicos, académicos, empresarios y líderes sociales; el gran objetivo era ver cómo se podían resolver aquellas cuestiones que impedían el progreso de la ciudad o del País. Al concluir mi etapa en la capital, decidí realizar mi posgrado en Harvard. Allá conocí la más pura esencia de cómo, desde una Universidad, nacen las ideas que transforman a una sociedad y al mundo. Tuve la oportunidad de estar en medio de increíbles discusiones que finalmente repercutieron en acciones que impactaron la vida de muchas personas.

Al terminar esa etapa, decidí regresar a México, particularmente a Hermosillo. El objetivo fue iniciar una organización de políticas públicas y trabajo ciudadano. En este esfuerzo, tuve que interactuar mucho con la academia y con sus miembros; mi equipo tocó puertas en universidades privadas y en públicas. Para mi decepción, me percaté que -con independencia del nivel- el grado de compromiso con la sociedad era y sigue siendo muy pobre. Quizá, me causó más impresión puesto que mi formación fue en universidades que juegan un rol muy importante con respecto a la sociedad en la que se encuentran. No entiendo cómo una institución de educación superior le “vende” la idea a su mercado (alumnos y padres de familia) de que los muchachos serán grandes líderes, cuando los mantienen desconectados de una realidad social que es muy adversa. No es sorpresa, entre otras cosas, que por ello se estén maquilando hordas de muchachos y muchachas “titulados” pero que no encuentran trabajo, no sólo por la falta de oportunidades en el mercado, sino también porque no están equipados con la mejor preparación académica.

Fantasías Patito

A seis años de que regresé a nuestra tierra, he visto cómo nuestras comunidades enfrentan problemas críticos: la inseguridad, la escasez del agua, la ineficiencia del transporte público… y de manera más reciente -y gracias al desarrollo cívico de nuestros ciudadanos- la atención a la monumental incapacidad de nuestros gobiernos y los desastres que ello provoca. Lo que no he visto es a una universidad (lo esperaría de la UNISON) que levante la voz, con autoridad moral, y convoque a las principales fuerzas motrices de nuestra sociedad para comenzar a trabajar en la solución a estos problemas que tanto nos afectan en lo patrimonial y en lo anímico como comunidad. Quizá y yo sea el que esté en un error, pero yo concibo a las universidades no como un negocio ni tampoco como una maquila de “profesionistas”, ni mucho menos como una entidad en donde grupos se afiancen en plazas… sino como verdaderos centros del conocimiento cuya principal meta es la formación de personas que mejoren a sus sociedades.

¿Cómo es posible que no atestigüemos foros y discusiones -reales, de peso- donde se unan y se comprometan los que saben cómo resolver los problemas, los que tienen la autoridad para resolverlos y los que puedan apoyar en esas tareas? Eso es a lo que yo realmente identifico como liderazgo, y no lo veo.

No tengo duda de que, como siempre, hay muchas personas dentro de las universidades, con buenas voluntades y que gustosamente participarían en algo así; pero como reza aquel famoso proverbio: “de buenas intenciones está empedrado el camino al infierno”. Ahora que algunas personas aspiran a dirigir a la principal universidad del estado, espero que pongan al principio de sus espectaculares propuestas, el sencillo -pero crucial- hecho de sacar a la Institución de su pasividad social y la conviertan en un eje de liderazgo central y de compromiso para mejorar, día con día, a Sonora.

*Artículo publicado el 19 de febrero de 2017 en el periódico El Imparcial.