Un mes
El 11 de julio inició la aventura más grande de mi vida. Dejar tu hogar siempre es un reto y este se hace más grande cuando te vas a miles de kilómetros de distancia, a vivir solo por primera vez, en un lugar que no conoces.
La emoción y las expectativas se sobrepusieron al temor. Las despedidas fueron intensas, aunque me fuera solo por algunos meses. Cierto es que estar lejos de tanta gente a la que quiero me hacía dudar un poco de mi decisión, pero la ilusión de cumplir uno de mis sueños más grandes era mayor a cualquier cosa.
Desde hace un mes Bogotá se convirtió en mi nuevo hogar. Salir del aeropuerto y ver la ciudad por primera vez fue una experiencia indescriptible. Al principio había una sensación rara, donde parecía que mi estancia sería solo por unos días, y me dificultaba creer en dónde estaba. Los primeros días estuvieron llenos de peripecias. Me perdí casi a diario, demostré mi inutilidad al usar el transporte público y quedé como un perfecto imbécil al probar por primera vez algunas comidas típicas.
Tras conocer la universidad donde estudiaría llegó la primera sensación de temor desde que aterricé. El recorrido por el campus me dejó claro que al menos la primer semana me dedicaría a no perderme, acompañado de mi mejor amigo, el mapa. También fue el primer contacto con los demás extranjeros, todo un mosaico de nacionalidades, idiomas y cultura; el encuentro sirvió para conocer a mis primeros amigos y descubrir que no era el único batallando en la adaptación.
Volteó hacia atrás y me doy cuenta el gran avance que he tenido en un mes. Ya no me pierdo (tanto), cada vez soy mejor fingiendo que sé comer los platillos tradicionales, las palabras típicas colombianas ya no me son tan extrañas y el aguardiente se ha convertido en un buen compañero para las fiestas. (Lo cierto es que manejando el dinero sigo siendo pésimo).
Bogotá se ha ganado pronto mi cariño. Razones hay muchas: el clima, la gente, las calles, los árboles, los parques, el café, las empanadas, el pandebono, la Club Colombia, la Colombiana, el SITP, el D1, La Candelaria, andar en bicicleta. (Mención honorífica para Medellín que se robó mi corazón en un fin de semana).
Estos primeros días han servido también para darme cuenta lo diferentes que son la cultura mexicana y la colombiana, a pesar de la creencia de que somos similares. Cada día descubro algo distinto en las tradiciones, la manera de ser de las personas, el lenguaje o en cualquier otro aspecto de la vida diaria.
También debo admitir que extraño. Extraño a mi familia. Extraño a mis amigos. Extraño ir al estadio. Extraño unos buenos tacos y un buen caguamón. Extraño mi ciudad, con su tráfico, su contaminación y sus banquetas horribles. Es normal y entendible, nada que impida que disfrute al máximo este viaje.
La sensación de libertad es algo que disfruto mucho. En este lugar me siento feliz, disfruto cada cosa que hago y todo lo veo como niño que empieza a conocer el mundo por primera vez. Trato de involucrarme en todo lo que me permita conocer mejor este país. Sé que falta mucho por vivir y experimentar aquí, pero estoy listo para recibir lo que venga con los brazos abiertos.