La vida de Mérida ciudad.

Ayer caminé por las calles de una ciudad en silencio, sus transeúntes iban sin expresión en los rostros, los pliegues sobre su piel denotaban falsas edades y algunos eran envejecidos por sus rictus corporales. Mérida está envejeciendo.

Las calles ya no hablan, sólo se lamentan y el pesado trajinar termina en ligeras frases. Sus paredes son dominadas por las plegarias y los llamados a la constricción. Las palabras flotan sueltas en lo que una vez fue un lugar de encuentro. La palabra es compromiso en los Andes, cumplir con lo que se dice es una de las cosas a las que normalmente se da valor en la vida cotidiana del andino, y es quizás, uno de los rasgos mas distintivos del gentilicio, aunado a los otros valores.

La ciudad se hace etérea por el canto matutino de las aves que la pueblan y con el pasar del día va cediendo ante el bullicio de motores, acallando los pasos y sus voces. Se apacigua por momentos y una calma deja pasar el tiempo por los resquicios y las grietas de sus antiguos muros. La gente trabaja, deambula, camina y la ciudad rumorea sólo en las paredes. Allí las palabras se agolpan, se sobreponen y silencian las otras voces, dejándolas como meros trazos sin forma y desdibujando las ideas.

Las verdades son impuestas, dejando a los otros sin posibilidades de expresarse, avasallados por los neodiscursos. Las “bombas” son enmudecidas por las sentencias bíblicas y ya los jóvenes no tienen espacio para hablar. Los muros pierden voz, la policromía se desvanece ante la fuerza del único color convertido en pesada cruz, donde la historia se reescribe para morir ante los ojos de los transeúntes.

El Tag, flor abierta llena de polen de creación, desaparece bajo la numerología de una cita bíblica sin significación para la mayoría, pero llevando la verdad de una palabra, apenas un llamado simbólico a la unidad. Esa parabólica vida hace desvanecer las “firmas” donde se estampa la multiplicidad de un territorio. Es un deseo ver flores crecer con sus múltiples colores, llenando calles y zaguanes de los hogares en toda la ciudad, nutriendo ese espíritu infinito de multiplicidad.

La ciudad de Mérida se hace favorable a su gente al expresarse desde la naturaleza, invitándonos a pensar desde el: “somos más que uno”. Es por ello la urgencia de un Tag, firma o lenguaje colectivo irreverente, donde se invoque la libertad de existir más allá de lo binario. No se requiere de la veracidad jurídica o bíblica, basta pensar en algo para dar el paso siguiente. Escribir sobre las paredes de la ciudad y contar los sueños, en colores vívidos, dibujar la crónica de la vida, sintiéndonos libres de los lastres de la verdad impuesta para poder hablar con el viento.

Hablar con la interioridad, con las plantas, con colores, aromas y sabores. Sí, en nuestra ciudad, se puede hablar desde el silencio, desde la interioridad del ser. Mérida es la profundidad misma, donde la resonancia del vivir hace cuerpo dando vida a las palabras, desde las aguas que la atraviesan, desde las piedras que sobresalen en las faldas, y desde sus montañas. Se dialoga con la ciudad, acogiendo para sí las reflexiones y diatribas, dando albergue a la imaginación y plasmando en palabras la interacción con el entorno.

En Mérida, el alma tiene la posibilidad de expresarse, el discurso puede superar los juicios y transitar el portal hacia la esencia aposentada en cada ser, manifestada en la esperanza, la trascendencia y la alegría, todo ello con la auténtica expresión del vivir con la naturaleza.

La ciudad es un guiño, una flor abierta a la emotividad. A lo largo de su historia, los habitantes han descubierto que existen diferentes saberes y visiones, partes de la experiencia cultural, como atisbo de particularidad que atrae seres de diferentes altitudes a transitar sus calles, humanizando la andadura en esta naturaleza privilegiada. A pesar de los bemoles larvados de una idea de conservadurismo como mero artificio, pues en sus paredes, la historia es la evidencia magnánima que esta ciudad es una tierra con una antigüedad mayor a la visión bíblica. La otredad y la alegría no desaparecen con la llegada de la noche pues ellas forman parte de nuestra cultura.