Juan Mendoza Roldan
Sep 2, 2018 · 2 min read

NADIA

“Becket le dice a Georges Dethuit: en mi opinión, Van Velde es… el primero en reconocer que ser artista es fracasar, que nadie más fracasa así, que el fracaso es su mundo.”

La noche del oráculo, Paul Auster.


Trato de recordar los buenos momentos que pasamos juntos y encuentro pocos, pero la imagen que más me gusta son las mañanas de verano, cuando despertábamos tarde, tarde para el trabajo, tarde para todo. Desnudos y con la piel húmeda por el calor, tu brazo rodeando mi cuerpo o mi pierna sobre las tuyas y el olor que impregna nuestro cuarto. Olor a sexo, a tu perfume, a cigarro, a ti y a mí, y nada más, sólo tú y yo, nada nos faltaba.

Tú dibujabas o pintabas, yo leía o escribía. Me gustaba mirarte concentrada, inclinada sobre el papel mientras tu mano se deslizaba y trataba de describir algo que tenía que ver con cómo te sentías, cómo pensabas, y me impresionaba tanto que no eran palabras con lo que describías tu ánimo, sino con imágenes. Alguien que mira a través de una ventana al enorme edificio gris de enfrente lleno de cristales, sin ningún árbol que lo anime, que muestre que el viento hace lo suyo. Nada, ni siquiera la ventana abierta por la que se mira.

Me gustaba cuando despertabas y te acostabas sobre mí y me preguntabas hasta cuando te iba a seguir queriendo, me mirabas con tus ojos serios, con tu mirada nostálgica, con tus ojos negros y brillantes y tu hermoso lunar que los adornaba, como si no fuera suficiente con ellos. Sólo te contestaba que siempre, que mientras tú me dejaras y aunque no, aun así te seguiría queriendo; tú me mirabas y luego me besabas con calma, sin prisas ni desesperación. El tiempo era tuyo y no tenías que apresurarte.

Podías pasar mucho tiempo observando un objeto o parada en el balcón toda la mañana mirando la calle, o sentada en el sofá con tu cuaderno y tu lápiz, mirándome escribir. A veces volteaba y ahí estabas, con el cabello sobre un costado, reposando en tu hombro; tus ojos me sonreían, no hacían falta palabras, me hacías sentir tu cariño con una caricia, con un gesto, con un beso, con un dibujo. Me gustaba verte sentada sobre el colchón, cerca del balcón fumando mariguana, y no podía decir nada de lo mucho que me gustabas, no con mis labios. Te escribía poemas y te los leía mientras caminábamos o mientras estábamos sentados en algún parque.

Nunca hablábamos mucho, creíamos que no era necesario, que bastaba con tocarnos, con mirarnos, con entregarnos a la contemplación de nuestros cuerpos desnudos…, pero ahora te extraño. Me hubiera gustado que me dijeras por qué te cansaste de todo, que habláramos un poco sobre eso, pero entonces ya no habrías sido tú; tengo pocos recuerdos porque te fuiste pronto…

No dejaste ninguna carta, sólo un dibujo, un autorretrato…

Tu cuerpo en el centro de nuestro cuarto colgando de una viga frente al balcón, mirando a la calle, siempre a la calle, sin prisas, sin palabras.

    Juan Mendoza Roldan

    Written by