El día más triste de mi vida
Tengo imágenes claras de aquella época, aunque un poco mezcladas, como en un documental a medio hacer; el contexto se me presenta, además, borroso. Digamos que tenía unos diez años; o digamos algo más preciso: todavía podía sentir la ansiedad previa a un partido de fútbol, jugar sin pensar en el tiempo y alentar a mi equipo con pasión. Era cuando jugábamos al fútbol en una especie de potrero: un claro de tierra ubicado en el medio de la plaza, que en ese entonces me parecía grande. Hasta allí llegaban los muchachos del barrio (muchas veces con sus familiares), a muchos de los cuales sólo conocíamos por sus apodos; también jugaban mi hermana y él.
Fue en uno de esos partidos cuando tuve que enfrentar una nueva realidad: yo había comenzado a jugar mejor que él (que me había enseñado a jugar). Resolví negarme a aceptarlo y esa agobiante batalla contra lo inevitable se extendió durante muchos partidos, en los cuales yo bajaba mi nivel de juego deliberadamente, tratando de que mi nueva superioridad no quedara en evidencia. Sin embargo, esa forma de (no) jugar se demostró insostenible y, a fuerza de tiempo, tuve que resignarme a que las cosas habían cambiado. El nuevo estado se volvió normalidad y se extendió hacia el futuro. Años más tarde, casi sin darme cuenta, ya no había partidos en la plaza ni partidos con él; y poco después, sin darme cuenta también, él dejó de jugar.
No fue ése, sin embargo, el día más triste de mi vida.
Muchos años después, aquella amargura que yo creía extinguida decidió regresar, con otro rostro pero con la misma aspereza. Él sufrió un accidente (del cual nunca se recuperaría por completo), tuvo que ser operado de urgencia y, quizás por primera vez, me sentí a su cargo. Entonces, además de sentir el dolor por su sufrimiento, me sentí (egoístamente) sólo, desprotegido y con ganas de llorar, como me siento ahora mientras buceo en el recuerdo de esas sensaciones.
También comprendí que se puede ser feliz aun dentro de un profundo estado de tristeza. Por eso me alegré, a pesar de todo, de poder estar a su lado ahora que me necesitaba e intenté darle, por una vez, la seguridad que él siempre me había dado. Afortunadamente, él pudo sobreponerse a la operación, pero algo había cambiado para siempre… y tenía un sabor decididamente más agrio. También esta vez, como todas las veces, la nueva situación se volvió normalidad. Pero las segundas veces siempre traen con ellas una lección, que no traen las primeras ni las terceras: la posibilidad de la repetición.
No fue ése, sin embargo, el día más triste de mi vida.
El día más triste de mi vida todavía no ha llegado. Pero es tan doloroso, que ya puedo sentirlo.