El duelo
Alexei tenía diecinueve años aquel día de diciembre. Se levantó temprano, con tiempo suficiente para tomar el mismo desayuno de siempre y llegar a tiempo al lugar pactado. Pensó en desistir, pero no por temor a morir, sino por el extremo cansancio que lo venía acompañando durante los últimos meses. Deseaba ante todo quedarse acostado, a salvo del doloroso mundo exterior.
Se puso de pie, se envolvió en su manta y se sentó frente al pequeño calentador. Quedó allí, inmóvil, durante varios minutos. Cuando por fin reaccionó, calentó el agua y preparó un té, que bebió acompañado de unos pedazos de pan duro. Al terminar, tomó el pequeño espejo y se miró en él. Vio la melena desarreglada y la barba crecida. No encontró, en cambio, nada que valiera la pena, nada que lo empujara a la cobardía.
Su vida era una cruz. En sus propias palabras, estaba «todo lo enfermo que se podía estar». Un estado tan terminal como lleno de oportunidades; la primera de ellas, El Final.
Caminó hasta la ventana y miró a través de ella, con un gesto más desganado que reflexivo. La planicie de la ciudad solo le permitió ver las otras casas del barrio. Por contraste, recordó el desnivel de su ciudad natal, Nizhny Novgorod, proveedora de vistas mucho más generosas, que invitaban a soñar. Sintió una inusual nostalgia por aquel lugar, que nunca había apreciado realmente.
Cuando ya no pudo demorarse más, se calzó su abrigo. Ordenó la habitación y cerró la puerta, con la instintiva esperanza de regresar. Caminó hasta el Río Kazanka, que avanzaba calmo, silencioso e imparable, como la muerte. Miró hacia el oeste y pudo divisar el Kremlin de la ciudad, con la escalonada Torre de Siuyumbiké destacándose. Luego miró hacia el este, donde su adversario, el amanecer y El Final lo estarían esperando. Caminó hacia allí, resignado.
El frío ya se hacía sentir en Kazán, aunque lo peor estaba todavía por venir. Siempre había sido así, pero no lograba acostumbrarse. Peor, lo detestaba visceralmente. Ese odio tan terrenal se había convertido en su última ancla y también en su más decidida esperanza. Si El Final llegara a aplazarse, no lo dudaría, dejaría atrás todos los encierros y partiría rumbo a cualquiera de los sures: Caucasia, Italia… no importaba realmente.
El camino se abría a lo largo de la margen sur del Río. La posibilidad cierta de su último día le hizo ver todo más brillante y pudo percibir muchos detalles que antes había pasado por alto, como la superficie escarchada resquebrajándose, las duras caricias del viento o los miles de grises en las nubes.
La luz iba ganando terreno y se hizo más evidente que las densas nubes de color casi negro amenazaban con desatar una lluvia o una nevada, aunque en el horizonte el cielo se percibía claro en todas las direcciones. No creía en lo inexplicable, pero aun así cedió a la tentación de ver en la configuración climática un buen augurio, como quizás lo hizo su adversario en algún otro punto de la ciudad.
Bajo la apariencia de sentido común, el miedo llegó finalmente a la escena. Tuvo que reconocer que el duelo no resolvería nada, para nadie. Por el contrario, todos saldrían perdiendo. Pero ya no había margen para retroceder. El hombre que lo miraba desde un punto más alto en la colina ni siquiera imaginó que Alexei, con su paso cansino y monótono, podía estar dudando. Poco puede el sentido común a la hora de detener al destino.
No. Como siempre, no se trataba de aquella mujer, ni del honor, ni de la palabra empeñada. Necesitaba de este momento crítico para liberarse. Y con cualquiera de los desenlaces, la liberación llegaría.
Llegó al lugar, donde su adversario ya lo estaba esperando. Sintió una rara satisfacción: las historias las prefería de a dos. Caminó hacia él y, cuando estuvieron frente a frente, se dieron la mano con firmeza, tratando de ganar el duelo por adelantado. Acordaron que la disputa sería privada, sin testigos ni denuncias. El ganador se marcharía y, de manera anónima, daría aviso a la policía. Como ya habían convenido, las armas serían iguales y efectuarían un único disparo con ellas. Estrecharon las manos otra vez y el código de honor quedó establecido.
Desde ese momento, todo ocurrió más allá de su voluntad. Se vio a sí mismo construyendo el desenlace de un enorme sinsentido que, sin embargo, era incapaz de detener. Se vio caminar lentamente y tomar posición, relajar su cuello, respirar profundo, cargar su arma. Se vio, en definitiva, volverse un personaje incomprensible y estulto, como aquellos con los cuales había interactuado en su breve pero dura vida; esos que tanto lo habían fascinado y había creído imposible ser.
El desenlace le pareció breve, sorprendente y, solo un poco más tarde, doloroso. Cayó de rodillas, con las manos cada vez más rojas tomándose la parte baja del pecho, para luego quedar tendido sobre la nieve. Pudo ver a su adversario correr hacia él, apretarle el hombro en inequívoca señal de apoyo y salir corriendo hacia el oeste. También pudo ver El Final acercarse, sin prisa.
El dolor y el frío fueron creciendo, aunque no tanto como su libertad, que ahora era plena. Definido lo fundamental, solo restaba saber si viviría o no. Dos oficiales de la policía llegaron para intervenir en ese esclarecimiento, lo cargaron en uno de sus caballos y lo llevaron hasta la (anaranjada) casa de Fedorovsky, un reconocido médico que vivía a unos pocos minutos de allí.
Fedorovsky creyó estar ante uno de esos casos en los cuales la recuperación del paciente se decide en lo más profundo de su alma. El médico cumplió con su parte y aplicó el procedimiento recomendado, que luego de varias horas se demostró efectivo. Cuando Alexei despertó, los policías procedieron a interrogarlo, pero solo obtuvieron respuestas evasivas, disfrazadas de dolor. El experimentado médico requirió a los policías un momento a solas con el paciente y, tras unos pocos minutos, salió de la habitación para comunicarles que se había tratado de un «equivocado pero necesario intento de suicidio». Los policías se miraron por un instante. Desinteresados en la verdad inconducente, tomaron nota en el reporte y dejaron el lugar.