Expulsado de la Plaza del Lector

Mis incursiones a la Plaza del Lector requieren de muchos cuidados.

Casi siempre que voy, lo hago en bicicleta. En general llego por Av. Las Heras, aunque a la hora de escribir estas líneas, prefiero decir que no, que en realidad llego por Av. del Libertador, porque no está mal sacar provecho de algunas tergiversaciones inofensivas, casi honestas.

La Av. del Libertador tiene una cómoda ciclovía, por la cual vengo desde el norte. Cruzo la avenida y entro en diagonal por la Plaza Eva Perón. Indefectiblemente, miro la estatua de Eva mientras paso a su lado. Al pie del edificio extraterrestre de la Biblioteca Nacional se levanta una gran estatua de Juan Pablo II, ante la cual me detengo unos instantes. Lo hago, en verdad, solo para no comprender, después, la pequeña y verdosa estatua de Cortázar, que no se parece a Cortázar, y que, por si fuera poco, se encuentra encerrada por una reja que cualquiera puede saltar, es decir, una reja inservible, que solo sirve para estropear. Y entonces, con mi incomprensión ya precalentada, me someto a la pequeña estatua de Borges, tan verde e inútilmente enrejada como la de Cortázar, pero además escondida, solitaria, mirando hacia la calle Austria o, en el mejor de los casos, hacia una Nada que encierra sueños, laberintos y universos infinitos.

Fortalecido por la impotencia, siento que la posibilidad de cambiar esas injusticias se juega en la Plaza del Lector y entonces subo por Agüero hasta encontrarla. Me gusta la Plaza del Lector. Para comenzar, suena bien: Plaza del Lector. Es pequeña, con muchos bancos, orientados casi todos de frente o de espaldas al sol, según la hora del día. Sobre la más larga de las paredes, la del fondo, suele haber una exposición de arte plástico al aire libre, una costumbre que quizás no perdure en el tiempo, como no lo hicieron las estatuas de los otrora vecinos del barrio Juan Domingo y Eva Perón, que alguna vez estuvieron sentadas en uno de los bancos de la plaza.

La plaza tiene tres entradas. Mi favorita es la de Agüero, tal vez porque me permite tener un panorama general desde la comodidad de mi bicicleta. O tal vez porque es la primera que encuentro, cuando subo por Agüero, algo que como ya dije no es cierto.

Por razones que desconozco y que no me ocupé de averiguar, la plaza está enrejada y tiene seguridad privada. Algunas veces pienso que es parte del predio de la Biblioteca Nacional y, por lo tanto, los servicios de seguridad de la biblioteca se extienden, junto a sus reglas, hasta la plaza, como si fuera una sala más del edificio principal. Otras, que se debe a la contigüidad de la Embajada de Paraguay, que como todas las embajadas requiere de unos mínimos recaudos, aunque más no sea por una cuestión de formas. Quizás la más lograda de mis teorías sea que la seguridad existe, fundamentalmente, para proteger a los lectores de autores como yo y de literaturas como la mía. En cualquier caso, me desagrada que la Plaza del Lector tenga rejas y seguridad privada.

Me gusta la plaza, también, porque recibe muchos lectores, lo cual además de ser deseable es consistente con su nombre. No creo que la Plaza del Lector los atraiga por su nombre, sino más bien por la influencia inevitable que produce la extrema proximidad de la Biblioteca Nacional, que casi por definición se encuentra llena de lectores.

Esos lectores, el tamaño pequeño y la ubicación conveniente dentro de mi recorrido hacen de la Plaza del Lector un lugar más que conveniente para que yo pueda dar a conocer mis libros.

Debo admitir que ya no incursiono en la plaza con la frescura e inocencia con que lo hacía en un comienzo, cuando desconocía que mis intenciones estaban reñidas con el reglamento, según me informó más tarde el agente de seguridad privada, más precisamente la primera de las veces que me echaron de la plaza. Hasta el día de hoy, no dejo de preguntarme si ese reglamento en verdad existe.

Inútil fue explicarle al agente, aquella vez, que yo no estaba vendiendo los libros, sino ofreciéndolos gratuitamente a los lectores con mis características amabilidad, calidez y carisma, para que tuvieran la oportunidad de leer un cuento — con suerte, dos — de mi autoría. Y que, si la transacción comercial ocurría, era por un pedido exclusivo, casi suplicante, de los lectores, que necesitaban de la literatura para extender su razón de ser en esa plaza de nombre y misión tan claros, y evitar la presión cierta de tener que mudarse a otra plaza con un título menos exigente, como la Plaza Mitre o la Plaza Uruguay. En resumen, traté de explicarle que si la prohibida transacción ocurría no era porque yo vendiera el libro, sino porque los lectores me lo compraban. Es decir, en el peor de los escenarios, era a ellos a quienes debía echar y no a mí, a fin de cuentas la única víctima de todo ese desagradable malentendido.

De poco sirvió mi lustroso razonamiento, ya que no hubo manera de que el agente flexibilizara su determinación de exiliarme. Debo admitir, eso sí, que me escuchó con una paciencia encomiable. Su argumentación no lo era tanto y se limitó a repetir varias veces, con una voz culposa, que “no le estaba permitido dejarme”, depositando la responsabilidad en alguna autoridad desconocida e inmaterial, mientras me miraba con ojos temblorosos, que admitían la injusticia y prácticamente me pedían perdón.

Ninguna rebeldía seria, decente, se rebaja a manifestarse frente a un agente de seguridad privada, que además custodia una pequeña plaza, una placita; un pobre hombre que solo intenta hacer bien su trabajo, o ni siquiera tanto: llevar una vida decente, tener un sueldo a fin de mes. Yo sabía que podía sostener y ganar el debate con el lustre de mis razones, pero no con verdades, así que le anuncié que, a pesar de que ambos sabíamos que yo tenía razón, me retiraría pacífica y civilizadamente, con el único y noble objetivo de no complicarle la vida.

Sin esfuerzo ni rencores, cumplí con mi promesa y me dirigí a la próxima plaza de mi itinerario elaborado y secreto, mientras iba sospechando que algo valioso se escondía detrás de todo esto. Expulsado de la Plaza del Lector, qué ironía.

Luego de varias incursiones exitosas, era la primera vez que me echaban de la plaza. Es decir, existían criterios de permanencia, y de expulsión, por descubrir, a menos que ese criterio fuera la paciencia de los agentes y que yo ya la hubiera agotado. En resumen, volvería una y otra vez, hasta alcanzar los límites del asunto, hasta que este conflicto pequeño y novedoso fuera digno de ser llevado al mundo de la literatura.

Mi siguiente visita a la Plaza del Lector fue exitosa. El primer augurio positivo fue identificar a un agente diferente al que antes había promovido mi destierro; un agente nuevo, que tal vez no tenía la menor idea de que estábamos enfrentados, ni de mi reincidencia. Resuelto a no dar pasos en falso, até mi bicicleta afuera, en lugar de llamar la atención entrándola, como había hecho siempre hasta ese entonces. Descarté la expresividad gestual, el tono de voz firme, los pasos suntuosos: hice mi recorrido de manera austera, silenciosa, casi como un fantasma que solo deseaba visitar un viejo lugar conocido, durante unos pocos minutos, y marcharse.

Con el tiempo fui ampliando y ajustando los detalles de mis visitas. Incorporé el delicado gesto de no caminar sobre el césped, lo cual me alertó sobre el deficiente diseño de las veredas, que no conducían de manera cómoda a todos los rincones de la plaza y me empujaban hacia el atajo del verde, presión que yo resistía con destacables estoicismo y humildad. También procuraba iniciar mi recorrido desde las cercanías del agente de turno, alejándome progresivamente de su área de influencia, mientras él quizás se debatía sobre la conveniencia o no de interceptarme. Mas aún, me esforzaba por no interactuar con los agentes, sin mirarlos siquiera, para ahorrarles la siempre pesada responsabilidad de saber; les proponía, y en general aceptaban, un acuerdo tácito, por medio del cual yo cumpliría mi misión de una manera tan rápida, sigilosa y educada que ellos “ni siquiera lo notarían”.

Los agentes rotaban con frecuencia y eran los nuevos los que tenían una mayor propensión a “pedirme gentilmente que me retirara de la plaza”. Yo aprovechaba estos incidentes para ensayar nuevas reacciones. A veces, fingía sordera y apuraba el paso hasta el punto del trote, con la intención de terminar mi recorrido antes de la expulsión, aun cuando eso significara terminar arrojando los libros en el regazo de los lectores, de un modo bastante brutal, sin presentaciones ni explicaciones, aunque con el inestimable atractivo de un agente persiguiéndome. Otras veces, les contestaba en inglés y alegaba un origen rumano. Otras, les aclaraba que yo era escritor, y que solo estaba siguiendo los incomprobables pasos de Bertrand Russell, Antón Chéjov y Lucio Anneo Séneca, mientras les señalaba el edificio de la Biblioteca Nacional, como si eso probara la veracidad de mis palabras. Casi siempre, me preguntaba cómo podría lograr que los lectores intervinieran en mi defensa, sublevándose y exigiendo a los agentes mi permanencia, mi magia, en la plaza. Quizás si escribiera un cuento sobre la Plaza del Lector, planteando la problemática, y les diera el libro abierto en esa página…

Ocurre, sin embargo, que, como siempre, toda problemática se va agotando. Luego de semanas de trabajo, estos conflictos se fueron escurriendo, de una forma tan gradual que casi no me di cuenta. Poco a poco, me fui imponiendo a fuerza de cuidados, paciencia y persistencia, como indican los manuales. La mayoría de los agentes y muchos de los lectores ahora me conocen, y hasta a veces me saludan o me comentan algún pasaje de mi libro, que les presté o me compraron. Podría decir que he triunfado. Pero no. El triunfo, si existió, ocurrió mucho antes. O está, todavía, por venir.