La maldad imperceptible

Para mi amigo Germán.
La misión verdadera de cada uno era llegar a sí mismo. Se podía llegar a poeta o a loco, a profeta o a criminal; eso no era asunto de uno: a fin de cuentas, carecía de toda importancia. Lo que importaba era encontrar su propio destino, no un destino cualquiera, y vivirlo por completo. Todo lo demás eran medianías, un intento de evasión, de buscar refugio en el ideal de la masa; era amoldarse; era miedo ante la propia individualidad.”
Herman Hesee, en su libro Demian.

Soy un mal tipo. Celebrarlo es parte de mi maldad. A mi favor, puedo decir que se trata de una maldad relativamente inofensiva, sutil, tal vez indescifrable. Y también, lo más importante de todo, que esa maldad me ha conducido a una verdad estremecedora, la cual pretendo compartir con ustedes a través de este escrito.

Para llegar a esa revelación, se me hace indispensable darme a conocer un poco más. O, mejor dicho, dar a conocer un poco más de mi rutina.

Por la mañana, cuando me despierto, no me levanto de inmediato. En primer lugar, porque no necesito hacerlo, ya que mi trabajo me permite un horario de entrada bastante flexible. En segundo lugar, y diría fundamentalmente, porque espero a que mis compañeros de casa se despierten. Cuando suena el primero de sus despertadores, entonces sí, corro hacia el baño y lo ocupo. Lo ocupo largo y tendido. Me siento en el inodoro y doy tiempo a mis necesidades primarias, más allá de que me apremien o no. Luego, me afeito con lentitud y cuidado, atendiendo a cada detalle de mi barba; aclaro: no porque me importe de manera especial. Después, me baño con una ducha caliente y reconfortante; a veces, si es una fecha especial para mis compañeros de casa, elijo un baño de inmersión, con velas y sahumerios. Mis compañeros de casa son de lo más predecibles. Primero esperan, porque saben que no cuentan con mayores derechos que yo a la hora de ocupar el baño. Cuando ya ha pasado un tiempo prudencial, golpean la puerta; “ocupado”, respondo con neutralidad, lo cual no es del todo fácil, ya que la situación suele producirme una risa bastante intensa que, a veces, inclusive, puede encerrar felicidad. Pasado otro tiempo prudencial, me piden “pasar al baño, sin mirar”; “no, ya salgo”, respondo, mintiéndoles de un modo bastante cruento. Como no salgo, comienzan a golpear la puerta y a insistir; “hay que levantarse más temprano”, les respondo. Cuando la situación no da para más, ahí sí, salgo. Situaciones análogas “se generan” en relación a la cocina, la parrilla y otros ambientes comunes de la vivienda.

Por supuesto, cada vez que hacemos una reunión de compañeros de casa, estos temas son tratados en profundidad. Entonces, solo para extender el encuentro todo lo posible, ensayo explicaciones larguísimas que se remontan a mi infancia. En esas justificaciones, no ahorro conceptos psicológicos vertidos por mi terapeuta durante mis sesiones de psicoanálisis, las cuales ya llevan más de diez años. Cuando se cansan, intentan intervenir, pero no se los permito; “yo los escuché a todos atenta y pacientemente, no les pido ni más ni menos que lo mismo, que tengan un poco de respeto para con mis palabras y me dejen redondear el punto, ya que de otro modo… “. Al final, se dan cuenta de que interrumpirme es aún más costoso que escucharme, por lo que se resignan a hacerlo y, en el mediano plazo, terminan por no abrir muchos de los debates que, por supuesto, deberían ser abiertos.

Es importante destacar que mi accionar malévolo genera en mis compañeros de casa la necesidad de ser mejores. Deben ser más organizados, más silenciosos o más perspicaces. Deben razonar mejor y evitar dar espacio a mi maldad.

Con eso no quiero decir que yo sea bueno. Soy malvado, sin dudas, aun cuando las personas, por lo general, no logren darse cuenta del todo. En cambio, me consideran un tanto complicado o, no pocas veces, consideran ser ellas mismas las causantes de las situaciones en las cuales se ven envueltas cuando se relacionan conmigo.

La gran diferencia entre todos y yo —y no me refiero solo a mis compañeros de casa— es mi mayor disponibilidad de tiempo, mi paciencia de acero y mi absoluta imperturbabilidad ante las situaciones de conflicto.

Cuando por fin mis compañeros de casa han dejado la vivienda, entonces yo también lo hago. Por lo general, me dirijo al bar de siempre. No por la calidad de sus productos o por su atención, sino porque hay una mesa justo frente a una baldosa rota, con la cual una sorprendente cantidad de transeúntes se tropieza. Eso me causa muchísima gracia, especialmente cuando se caen al piso; a veces, inclusive, desparraman papeles o, mejor todavía, comidas y bebidas. A menudo, yo les dirijo la palabra cuando pasan, para acentuar la distracción y promover la caída. Si caen, corro raudo en su ayuda, principalmente para gozar del espectáculo desde un primerísimo plano. Las personas, una vez repuestas, no saben cómo agradecerme.

También me gusta ese bar porque tiene varios habitués, a quienes me encanta arrebatarles su diario favorito. Dado que son varios y cada uno tiene su preferencia, voy rotando las víctimas de un modo aleatorio, no solo para entretenerme con una variedad de rostros ofuscados, sino también para hacer del fenómeno algo inesperado. Entonces, cuando llego al lugar, identifico cuáles de los habitués no han llegado todavía y, en función de ello, elijo los diarios que voy a apropiarme. A veces, elijo más de uno e intento que sean ideológicamente opuestos, de modo que cuando el habitué viene a pedirme uno de los diarios, me disculpo por estar leyéndolo y le ofrezco el otro. Casi siempre lo aceptan, a regañadientes, y, entonces, mi maldad y yo contribuimos a la tolerancia política de nuestro querido país. En todo caso, una vez que tomo un diario no lo abandono hasta que el habitué se haya marchado. Esto, a veces, implica que llegue tarde al trabajo, lo cual no representa un verdadero problema, ya que gozo de estabilidad laboral. Además, molestar a mis superiores con una llegada tarde no es algo que me desagrade demasiado.

Si voy a un bar nuevo, busco uno que ocupe una gran superficie, sobre todo a lo largo. Esta preferencia se explica en mi deseo de sentarme lo más lejos posible de la caja, de modo tal que el camarero deba recorrer una gran distancia para atenderme. Por supuesto, el desgraciado no puede saberlo. Cuando se acerca por primera vez, le comento con la mayor amabilidad que estoy esperando a un queridísimo amigo y que, por lo tanto, le agradecería muchísimo si pudiera, por favor, volver en unos minutos. La escena se repite dos o tres veces. Cuando el camarero se rinde, entonces lo llamo, le comento con pesar que mi queridísimo amigo no podrá apersonarse y procedo a hacerle algunas preguntas de lo más razonables, las cuales exceden el menú y exigen una respuesta de la cocina. El camarero va, pregunta y regresa con una información que, por lo general, me resulta insuficiente. Todo parece de lo más natural y, muchas veces, los camareros no saben cómo disculparse por sus imprecisiones. Yo los tranquilizo y, al final, ordeno. Durante el servicio, los llamo varias veces y, además de destacar la calidad del pedido y la atención, les transmito nuevas inquietudes o requerimientos.

Debo admitir que, además de maldad, poseo una admirable capacidad lógico-matemática, la cual me permite actuar con una gran coherencia. Las personas sienten las consecuencias de mi mala intención, pero bajo ningún punto de vista pueden endilgarme una responsabilidad, ni siquiera ante sus propias conciencias. Algunos pocos, los más inteligentes, sospechan que algo extraño ocurre conmigo. Yo, a su vez, puedo percibir que lo perciben, así que por lo general me alejo de ellos. Me gusta molestar a la gente, no complicarme la vida.

Una vez que he terminado con el desayuno, voy en busca de mi automóvil. El tránsito de la ciudad es tan desordenado que seguir las reglas puede significar una verdadera tortura para el resto de los automovilistas. Por eso, a pesar del intenso tráfico, dejo pasar a cada uno de los peatones que se me cruzan, respeto cada uno de los colores amarillos del semáforo y cedo el paso, sistemáticamente, a otros automovilistas en cada una de las esquinas. Este último caso me genera no pocos conflictos internos, ya que la molestia que les genero a quienes vienen detrás se ve compensada por el alivio de aquellos a quienes cedo el paso. Pero así es la vida, a veces no resulta posible mortificar a todo el mundo y es inevitable elegir a quién perjudicar. En todo caso, bajo ningún punto de vista les facilito el paso a los vehículos que vienen detrás; no es tan fácil evadirme a mí y a las leyes. Nadie, por supuesto, tiene el más mínimo derecho a hacerme un reclamo. Algunas veces, veo a través del espejo retrovisor cómo los automovilistas se indignan y gesticulan violentamente con los brazos: los abren, golpean el volante o se agarran la cabeza, mientras se quejan ante un copiloto imaginario. “¡Abuelo!”, han llegado a gritarme; yo he sonreído y mostrado el pulgar arriba, como forma de reconocer la ocurrencia, pero sobre todo de bloquear la buscada descarga. Por supuesto, no soy tan purista y puedo abandonar el bando de la ley cuando la situación lo amerita. Por ejemplo, si el tránsito está demasiado paralizado y comienzan a escucharse bocinas, me sumo con determinación e intensidad, dejando la bocina presionada sin pausas, tan solo para sumar estrés a los automovilistas atascados.

Como cualquiera puede imaginar, el trabajo es un gran lugar para desplegar mi maldad. Cuando llego, no saludo al guardia de seguridad, pues he notado que mi indiferencia lo fastidia particularmente. Omitido el guardia, me dirijo al ascensor y espero todos los turnos que sean necesarios para subirme solo. ¿Por qué? Porque me deleito con el delicado momento en el cual estoy solo dentro del ascensor y otra persona viene corriendo con la intención de llegar a tomarlo. Yo reacciono de modo exagerado y presiono el botón cerrar muchas veces, todas las que puedo. Si la persona llega, cree con ingenuidad que ha podido tomar el ascensor gracias a mí, así que me lo agradece. Si no llega, le ofrezco una profunda cara de “lo intentamos” y, una vez cerrada la puerta, me marcho sonriente hasta el piso de mi oficina.

Mi jefe casi nunca me reclama por mis llegadas fuera de horario. En primer lugar, porque no le interesa, ya que no es su dinero el que está en juego. En segundo, porque cuando lo ha intentado se ha expuesto a mis interminables argumentaciones, una situación ya descripta que cualquier persona en su sano juicio desea evitar.

El trabajo que realizo es irrelevante para todos, excepto para el pobre ciudadano que ha iniciado el trámite. Ese pobre diablo nunca llegará a conocerme, no tendrá medios para quejarse y, a la larga, aprenderá a conformarse con esperar. Dado que el único incentivo para avanzar es mi voluntad, el procesamiento de las fichas avanza con enorme arbitrariedad y lentitud. Es mi exclusiva decisión cuántas fichas hago por día y, más importante, cuáles. Por ejemplo, hay fichas que pospongo porque el nombre del ciudadano en cuestión me desagrada. O trámites que cancelo porque hay un campo (quizás de escasa importancia) sin completar; entonces, el trámite va para atrás y debe volver a comenzar.

Mis compañeros de trabajo han aprendido a evitarme, lo cual es una ganancia general, ya que a mi tampoco me interesa interactuar con ellos.

También tengo subordinados. Gracias a ellos, he descubierto algunas aristas sofisticadas sobre mi maldad. Aunque sea difícil de creer, hay en ella cierta grandeza, ya que no la despliego especialmente con mis subordinados, sino que la distribuyo de un modo democrático entre todo el organigrama de la organización que se relaciona conmigo. Es como si el orgullo y la maldad, por lo menos en mí, fueran dimensiones que se desenvuelven de manera independiente.

Cuando salgo del trabajo, por lo general voy a la universidad. Puedo hacerlo gracias a mi tiempo libre y a su gratuidad. No tengo ningún interés en obtener un título, sino más bien en participar de las clases con preguntas incómodas o intervenciones interminables. “No sé, pero me opongo” es mi ideología en ese antro. Eso implica, casi siempre, adoptar posiciones de la derecha más rancia, para sostener tensas discusiones con las interminables piaras de marxistas que pueblan la universidad. En la biblioteca, me esmero en pedir libros que no existen o sobre temas que nada tienen que ver con la casa de estudios. También, es cierto, disfruto de complicar el trabajo administrativo del personal no docente; debe admitirse, eso sí, que esto encierra un ponderable acto de justicia.

Ya de regreso en casa, me preparo la cena. En la medida de lo posible, intento generar un último conflicto con mis compañeros de casa antes de irme a dormir, sobre todo para entorpecerles el sueño. Como parte de mi queja o crítica, nunca dejo de mencionar que “he tenido un día difícil” o que “ya no estoy para tolerar este tipo de cosas”. Si hay gritos, llantos o portazos, tanto mejor.

Ya recostado en mi cama, repaso los acontecimientos del día y me duermo apacible, repleto de tranquilidad, como un ángel.

¿Me siento orgulloso de mi maldad? No diría tanto, tan solo la acepto en plenitud. Más todavía: me acepto en plenitud, sin culpas, como lo haría un verdadero lobo estepario.

Mi familia, en cambio, no acepta mi maldad. Es por eso que ha decidido financiar la terapia psicológica de la cual hablé con anterioridad. Yo he aceptado la propuesta, sobre todo para dejar en evidencia la futilidad de semejante proyecto e incrementar al máximo los niveles de frustración de mis queridos padres y hermanos.

Mi psicólogo no sabe que la terapia es financiada por mi familia. Sin dudas, este secreto simboliza la llave que, por ignorarla, le impide salir del desconcierto. “¿Por qué este sujeto viene a perder el tiempo y, encima, paga por hacerlo?”, estoy seguro de que se pregunta cada vez que termina mi visita. Si llegara a descubrir que mi familia es quien paga por sus servicios, entonces yo mismo decidiría comenzar a pagarle de mi propio bolsillo con tal de no darle la satisfacción de entender. Según me ha confesado, ha retomado sus estudios para intentar comprender mi caso.

Amigos, no, no tengo. ¿Quién podría querer un amigo como yo? Y, más importante, ¿quién como yo podría querer un amigo?

¿Novias? Menos.

Sí tengo, en cambio, lectores, pues también soy escritor. Con ellos, por supuesto, también me gusta jugar. Me encanta, por ejemplo, prometerles una verdad estremecedora que parece no llegar nunca. Extender la cuestión con párrafos entretenidos y prometedores que, sin embargo, no conducen a nada. En el último párrafo, el escenario más temido se hace realidad: no hay verdad alguna, todo fue un engaño. Entonces, los lectores se sienten unos tontos por haber confiado en un mal tipo. Y, aunque les duela, lo son. Entonces, se deciden a abandonar el escrito, indignados. Y en ese punto ocurre la magia mayor, la maldad suprema: sí había una verdad estremecedora después de todo. O, tal vez, no.