Maniobra Mascherano

Para mi amiga Noe.
Para mis amigos Neal y Anna.

Esta es la historia de una seducción generosa, entregada, casi heroica, pero aun así insuficiente; de una partida empatada que, sin embargo, a la hora de las consecuencias, no queda más remedio que contabilizar como derrota; de un fracaso, tal vez inmerecido, pero bajo ningún punto de vista definitivo.

Era verano. El atardecer se acrecentaba en las afueras de Albuquerque y el sol iba a camino a testear los límites del estado de Nuevo México.

Yo viajaba con mi querido amigo Mario. Teníamos un amigo yanki en común, Nathan, viviendo en la ciudad. Era un poco mayor que nosotros. Nunca había estado en Buenos Aires, pero era como si hubiera nacido allí; un porteño que, por equivocación, había venido a este mundo en el hemisferio norte. Dos personajes fenomenales. Me sentía afortunado de poder compartir esos momentos de mi vida junto a ellos.

Nathan nos había presentado un par de alternativas para ese día sábado. Podíamos asistir a una milonga o, como una experiencia más local, a un festival de música norteamericana. Guiados por el principio de explorar la cultura nativa siempre que fuera posible hacerlo, elegimos el festival.

El evento tenía lugar en el Museo de Globos Aerostáticos. Inexplicable. Era un predio muy amplio, ubicado en las afueras de la ciudad. Tenía un edificio central y unos extensos parques alrededor. Allí afuera, al aire libre, había tres escenarios, donde se alternaban grupos que tocaban americana, folk, country, blues, rock y otros ritmos típicos del gran país del norte.

El evento estaba plagado de hippies y pseudo-hippies entrados en años. Luego de pagar la entrada y acceder al edificio, encontramos a muchos de ellos cantando y haciendo una gran ronda tomados de la mano. Pero eso no era lo peor. Lo más preocupante era que casi no había mujeres intrigantes que desafiaran la rutina.

El lado positivo de la situación, si había alguno, era que podía concentrarme en los escenarios y en la música. Según mi opinión poco calificada, los grupos eran buenos y la música estaba llena de vida. Además, el público se lanzaba a bailar con facilidad. Me sentía dentro de una película hollywoodense.

La noche se encendía y, con ello, se apagaba el calor del desierto. Bajo un cielo muy cristalino, la brisa fresca fue ganando los escenarios y terminó por hacerse dueña del festival que también se desvanecía. El público fue cediendo a la nueva temperatura y comenzó a dejar el lugar, obligando a los músicos a rendirse y plegarse a la retirada, creando un círculo vicioso que dio por terminado el evento.

Yo me sentía bastante cansado, aunque sobre todo me sentía vacío y resignado con respecto al festival y, un poco más general, con respecto al día. Ni que hablar de la vida misma. Las ansiadas aventuras no habían sucedido o no habíamos sabido generarlas. Nuestras vidas eran las mismas que ese mismo día por la mañana, a pesar de que durante el día habíamos tenido la fortuna de conocer la pequeña ciudad colonial de Santa Fe.

El día siguiente, domingo, teníamos por delante un largo viaje hasta Flagstaff. Debíamos partir temprano, así que la idea de ir a casa pronto parecía más que razonable luego de un día tan largo como caluroso.

En todo esto pensaba mientras iba al baño, antes de abandonar definitivamente el predio. Sí, por suerte, ya faltaba muy poco. Si algo no me esperaba al salir era encontrar a mis amigos hablando de manera muy animada con dos chicas. Eran amigas de Nathan.

La que me gustó de inmediato se llamaba Abby. Era la más alta de las dos, tenía pelo negro y unos ojos tan azules como penetrantes. El nombre de su amiga ni siquiera lo recuerdo, ya que me sentí tan atraído por Abby que no lo escuché o lo olvidé demasiado rápido.

Todos estábamos de pie. Por una disposición arbitraria y desafortunada, o porque fui demasiado lento a la hora de incorporarme al grupo, quedé en inevitable posición de conversar con la chica sin nombre. Era muy simpática, debo admitirlo, y mostraba gran compromiso e interés en nuestra conversación, aunque yo apenas podía prestarle atención. En cambio, intentaba escuchar lo que Abby decía y pensaba en cómo hacer para cambiar de interlocutora.

Por fin, un movimiento inesperado, olvidado e irrepetible dio lugar a un cambio en la distribución de las conversaciones y pude quedar hablando a solas con Abby. Creo que pocas veces en mi vida desarrollé una conversación tan mala. Abby me escudriñaba con su mirada intensísima y yo no podía evitar multiplicar mis pasos en falso, quizás porque estaba demasiado interesado en ella. Este círculo vicioso se profundizaba con cada minuto que pasaba y yo sentía cómo Abby iba levantando los puentes y cerrando las puertas; cómo su cerrada defensa se iba replegando en su propio campo y me repelía hacia al mío.

Ya todo se perdía y se hundía en el más profundo de los abismos, cuando Nathan lanzó la propuesta de continuar el improvisado encuentro de pie en alguno de los bares del centro de la ciudad. La propuesta, para mi sorpresa, fue bien recibida y aceptada por las chicas.

Yo no estaba demasiado entusiasmado, ya que consideraba que mis chances con Abby — lo único que me interesaba a esa altura de la noche — eran nulas. Pero no era tiempo de entusiasmo, sino de esperanza sin argumentos. Como corresponde a los eternos luchadores del mediocampo.

Ni siquiera me molesté en compartir mis cavilaciones con mis amigos durante el viaje en auto que nos llevó hasta la zona de bares. Reímos sobre cuestiones que no recuerdo bien porque eran demasiado efímeras; no lo eran tanto, en cambio, el recuerdo de esa diversión o el fortalecimiento de nuestra amistad.

Llegamos primero. La ciudad no estaba tan fría como el descampado festival y eso nos habilitó, a nosotros y a muchos otros, a sentarnos afuera.

La historia de declinación dio un vuelco copernicano cuando Abby llegó, me clavó la mirada y, deliberadamente, se sentó a mi lado. Sin tiempo para comprender, busqué salir rápido del fondo del pantano en el me había metido. Por un momento, creí haberlo logrado, aunque tal vez fue solo un ingenuo optimismo.

Abby tenía una conversación densa en el mejor sentido de la palabra. Comprendía con facilidad y sus respuestas eran tan veloces como consistentes. A pesar de mi sólida autoestima, no me resultaba fácil seguir su despliegue de palabras, engarzado con sofisticada elaboración; y en inglés. De a poco, con esfuerzo, pude acoplarme (quizás tan solo porque ella me dejó hacerlo) a su intenso ritmo de emociones y a su deslumbrante capacidad interpretativa.

Quizás porque estaba demasiado concentrado, o quizás porque había acompañado la conversación con demasiado vino, el tiempo y el lugar se desdibujaron. Pude olvidar por completo qué hora era, cuánto tiempo había transcurrido y cuánto tiempo nos quedaba. De hecho, pude olvidar que ese momento hermoso y mágico acabaría. Olvidé también dónde estábamos y cómo habíamos llegado allí. Olvidé a Mario, a Nathan y a la amiga sin nombre. Olvidé todo el día que había pasado y todo el día que nos esperaba. Olvidé el pasado y el futuro, y súbitamente sentí, sin saberlo, que toda la vida era ese momento y que nada sucedía ni podía suceder afuera.

Sobre el final de la noche, en un momento de distracción o lucidez, le propuse besarla afuera del bar, aunque mis palabras solo le hablaron de darle un regalo que tenía en el auto. Ella y sus palabras confluyeron en aceptar mis propuestas y, con el mismo argumento ante los demás, dejamos el lugar para internarnos en la oscuridad de una ciudad ya dormida.

Hubo regalo, pero también besos cargados de tensión que amenazaban con alcanzar la perfección. Sentíamos la necesidad apremiante de liberar nuestro deseo, acumulado durante la conversación sin tiempo, pero también la urgencia de hacerlo antes de que la noche terminara.

Pasar la noche junto a ella me pareció una idea natural. Creo que a ella también, pero algo profundo y silencioso se lo impedía. Yo había aprendido a descartar los argumentos y, en cambio, busqué que fueran mis besos los capaces de vulnerar ese blindaje compacto y numeroso. “Casi”, me confesó, “pero no puedo”. Era el final fundamental.

La magia se transformó en frustración. Volvimos al bar, donde nuestros amigos nos esperaban ansiosos. La conversación del grupo me pareció más superficial que nunca, sobre todo al alternar miradas llenas de contenido (deseo, insistencia, incomprensión, tristeza, impotencia) con Abby.

El final superficial se precipitó. Era tarde y todos debían hacer algo la mañana siguiente. Nathan, visitar a su madre. La amiga sin nombre, trabajar. Nosotros, viajar a Flagstaff. Abby, alimentar y ordeñar a las cabras de su amiga en las afueras de la ciudad, muy temprano, justo después del amanecer. “¿Te animás a venir conmigo?”, me lanzó delante de todos, casi provocándome, con una mirada hecha de brasas y viento.

No pude menos que sentirlo como un desafío o una prueba, como si ella necesitara saber cuán ciertos habían sidos los sentimientos que había encontrado en mi boca. Y así lo interpretaron todos los presentes, quienes expusieron sus más elaboradas caras de sorpresa y se volvieron ansiosos hacia mí para esperar mi respuesta.

Una multitud de sentires, recuerdos y argumentos se agolpó dentro de mí durante ese medio segundo que la realidad me impuso para dar una respuesta.

Mi orgullo se había desdoblado en dos facciones enfrentadas. Una consideraba la propuesta inaceptable: ¿acaso me ofrecía la mañana más cruel, justo después de haberme negado la noche?, ¿realmente yo iba a entrar en ese juego?, ¿estaba dispuesto a darle el gusto de no ser la única que dormiría tres horas? La otra facción, la ingobernable, no toleraba la idea de rehuir a la provocación, ¿tan rápido iba a rendirme?, ¿eso es todo lo que yo tenía para ofrecer?

Mi razón también padecía divisiones. Una de ellas, como siempre, se preocupaba por las cuestiones prácticas y olvidables de la vida: las horas de sueño, la tortura del despertador, el frío de la madrugada, la necesidad de dejar la casa y seguir viaje. La otra creía, con una ceguera admirable, que esa oferta de madrugada encerraba todo lo que inmediatez de la noche acababa de negarme.

Pero mis recuerdos no. Eran definidos y concluyentes. Como una catarata después de la lluvia, cayó sobre mí una imagen borrosa de mi lejano pasado adolescente: mis amigos y las incontables noches de seducción, éxitos y fracasos compartidos junto a ellos; las largas mañanas de frustración, de tristeza, de impotencia, de desayunos baratos en el centro de la ciudad, de interminables esperas de un colectivo en la soledad de la noche; la indómita e irracional convicción de ir siempre hacia adelante; las largas conversaciones sobre estrategias y variantes; las elaboradas maniobras Jules, Martinelli, Atenea, Benedetti, Mascherano, entre tantas otras. No, no era momento de titubeos ni de cálculos (casi nunca lo son, pero no siempre tenemos la claridad para verlo), sino de ir hasta el final sin condiciones, sin contabilización de daños o pérdidas, sin consideración accesorias de ningún tipo. Era el momento de la entrega total.

“Por supuesto”, le dije a Abby con definitiva seguridad, como si no hubiera existido ninguna deliberación interna, como si cualquier otra posibilidad careciera del más mínimo sentido. “¿A qué hora y dónde te encuentro?”

Hubo una pequeña celebración grupal adornada con comentarios de apoyo y aplausos. Los ojos de Abby brillaron y solo esa luz fue suficiente para justificar el esfuerzo por venir.

“A las cinco y media en la puerta de tu departamento”, cerró con practicidad la organización del encuentro surgido de entre unas cenizas demasiado tempranas. La despedida del grupo y el regreso a casa fueron triviales, carentes de importancia.

El despertador me clavó sus puñales a las cinco de la mañana. Estaba físicamente demolido, pero con una tranquilidad espiritual conmovedora. Aunque no lo necesitaba, me di un baño rápido, porque ya no iba a ahorrarme ningún esfuerzo. Salí a una calle desierta y fría, cuyo cielo recién estaba recibiendo algunas pinceladas luminosas. Como tantas veces en mi barrio bonaerense, me senté en el cordón de la calle a esperar. De un modo muy poco anglosajón, Abby estaba retrasada. Enfrentado a la cruda soledad de esa madrugada en tierras extrañas, por un momento le di lugar a la debilidad: “¿qué carajo estoy haciendo acá?”

La pregunta era completamente retórica, pues ya no había ninguna clase de margen para volver atrás.

Abby puso final a los reproches cuando por fin apareció conduciendo un auto enorme y viejo. Me subí. Tuve la rara percepción de que estaba nerviosa. Quizás no estaba acostumbrada a lidiar con la insensatez y la completa falta de pragmatismo de un hombre decidido a todo.

El auto era lo único que se movía, con lentitud, en el inanimado paisaje de los suburbios de Albuquerque. Cada elemento de la escena transcurría en cámara lenta, excepto un tiempo que parecía volar y se agotaba. Nathan debía dejar la casa y despedirse de nosotros a las nueve, por lo cual resultaba imprescindible que yo estuviera de regreso a esa hora.

Llegamos a destino. La casa tenía un gran terreno aledaño donde pude visualizar unos animalitos; supuse que eran cabras. Se las veía ansiosas, sin dudas nos estaban esperando. “Dios mío”, pensé. Tuve el reflejo de tomarme las sienes con los dedos, pero no lo hice.

Abby amaba la naturaleza. Pertenecía a ese mundo verde y lo visitaba con frecuencia. Su emoción fue visible al reencontrarse con las simpáticas cabritas que se amontonaban en la puerta para darle la bienvenida. Con la voz aniñada que a veces usamos para hablarle a mascotas y bebés, las saludó largamente de un modo (por el idioma) ininteligible para mí. Ya dentro del terreno, las abrazó, las besó y las acarició.

Yo era un claro espécimen de la ciudad. Había vivido toda mi vida en Buenos Aires, la ciudad sin límites, sin naturaleza lindante, de la cual no era posible escapar. Nunca había tocado una cabra. Ni siquiera estaba seguro de que esos animales frente a mí fueran, en efecto, cabras.

Cuando la exaltación del reencuentro entre Abby y las cabras se matizó, ocurrió lo inevitable: ella me miró. Yo venía justo detrás de ella, a la altura de la puerta de entrada.

“¡Holaaaaaaaaaaaaaaaaaaa!”, les grité a las cabras mientras abría los brazos, clavaba mis rodillas en la tierra (por lo menos) húmeda, con el único jean que tenía, y las abrazaba con sospechoso entusiasmo. No diría que mi efusividad era ficticia, o mentirosa, aunque debo admitir que respondía más a mi determinación que a las cabras propiamente dichas. Que dios me perdone.

Mientras besaba los pelajes secos y polvorientos de esas cabras emocionales, mientras les hablaba en español con expresivo cariño, miraba de reojo a Abby. Estaba atónita (con justicia) ante mi inesperada sensibilidad. Tenía los ojos amplios y la boca semiabierta, aunque al mismo tiempo buscaba contenerse.

“¿Te gustaría ordeñarlas?”, me preguntó con enorme expectativa.

“¡Por supuesto!”, le contesté de inmediato, sin dejar de abrazar a Kenny, el cabrito más joven, en cuyos cuernitos adorables yo buscaba encontrar alguna justificación a esta escena memorable e inverosímil. A la hora de responder, no le di lugar a los cuestionamientos, a la incomodidad ni a la amargura. Reprimidos, estos sentimientos solo afloraron más tarde, cuando ya estaba sentado en un pequeño banco, arremangado, presionando las suaves tetillas de Molly, primero, y de Yenna, después. “No puedo creer esto”, me dije a mí mismo.

Cuanto más me alejaba de la orilla, más inaceptable resultaba el regreso. Abby podría haberme demandado que me revuelque en el corral de las cabras (y los pollos) y yo lo hubiera hecho con absoluta convicción. Todo precio era más accesible que la capitulación. No había más que una sola dirección en todo el universo: adelante.

Con gran diligencia, terminé mi colaboración en el ordeñamiento de las cabras. Obtuvimos varios frascos de leche fresca. Abby me obsequió uno de ellos. Lo recibí con agradecimiento y una ineludible sensación de estar avalando una injusticia.

Abby me propuso un descanso en la casa de su amiga. Su mirada escondía una promesa. Pero esa promesa — pude verlo — se transformó en decepción cuando encontramos a un amigo de su amiga ocupando la casa. Por lo que pude entender, estaría allí durante varios días, hasta el regreso de su amiga. “¿Y por qué no ordeña él a las cabras?”, me pregunté en un silencio un tanto resentido que no valoraba, siquiera, la posibilidad de estar allí tan cerca de Abby.

Luego de una conversación breve y superficial con el amigo, dejamos la casa, nos despedimos con afecto del pequeño rebaño de cabras y nos sentamos en el espacioso auto de Abby. “¿Qué quieres hacer?”, me abrió Abby un portón enorme. El tiempo se estaba acabando.

“Ir a tu casa”, le respondí, sin necesidad de detenerme en explicaciones. Abby me miró por unos instantes, luego miró al frente, puso el auto en marcha y hacia allí nos dirigimos en silencio. Al llegar, intercambiamos algunas palabras con el vecino y entramos. El lugar era cálido, natural y espacioso.

No pasó mucho tiempo — no lo había — hasta que nos enredamos en besos y fuimos perdiendo la ropa a lo largo del piso de su habitación. Pero Abby no podía. La batalla amorosa se libró con respeto y elegancia durante casi una hora en la cual no pudimos escaparnos de esa ciénaga melosa y dulce. El tiempo, juez último e implacable, dictó su sentencia definitiva.

Yo podía entenderlo, ¡pero cómo me costaba aceptarlo!

Ya eran casi las nueve. Nos vestimos con rapidez, salimos y volvimos a subir al auto. Con gran velocidad, Abby condujo el auto hacia la casa de Nathan. Durante el camino, ensayó una explicación sobre lo ocurrido.

No hacía tanto, una relación breve y fugaz con otro argentino la había lastimado. No quería repetir la experiencia, ni cometer los mismo errores. No tan rápido, al menos.

Maldije al argentino que me había precedido y que, en lugar de abrirme el camino, como tantos otros lo habían hecho, me lo había cerrado. Ya casi sin nada que ofrecer a Abby y al mundo, me propuse tratar de reparar ese daño. Si el cielo no era para mí, que al menos fuera para los demás, para quienes vinieran después de mí. Era el momento de sumarse a generaciones de compatriotas sin nombre que, durante décadas, se habían ganado una reputación a fuerza de generosidad, exposición, riesgos; de dar un paso al frente o de inmolarse en la derrota digna. Todo por una pasión, ni siquiera una felicidad.

Puse todas las fuerzas que me quedaban en comprender a Abby y en transmitirle esa comprensión de la manera más clara posible.

Llegamos a tiempo. Al despedirnos, le regalé un beso suave y un abrazo repleto de genuino afecto. También la promesa de seguir en contacto, la cual cumplí hasta que ella decidió dejarme para siempre en el pasado. Como ocurría siempre; como debía ser y yo ya había previsto.

Nathan y Mario me estaba estaban esperando. Busqué tres vasos de la cocina y los llené con leche de cabra todavía tibia. Brindamos por la deseada visita de Nathan a la Argentina. Hicimos un fondo blanco y dejamos la casa. Despedimos a Nathan. Luego, subimos a nuestro auto y salimos, una vez más, hacia a la Ruta 66.