Técnicas para levantarse temprano (y ser feliz)

Para mis amigos Fabián y Hernán, que bien saben que «ser un adulto consiste, fundamentalmente, en irse a dormir y levantarse cuando uno no desea hacerlo»

Levantarse temprano es, dentro de todo, fácil. Lo difícil, si no imposible, es levantarse temprano y, simultáneamente, ser feliz. Desde los tiempos de la Grecia Antigua, pensadores de las más diversas corrientes han encarado la cuestión, con escaso éxito a juzgar por los pobres resultados que advertimos en la actualidad. Aunque podemos contarlos de a centenas, es posible agrupar a estos pensadores en tres grandes grupos: los Abstractos, los Románticos y los Relativistas.

Los Abstractos

Los Abstractos consideran que el estudio de cómo levantarse temprano no tiene por qué relacionarse con la felicidad (de hecho, desconfían de que la felicidad exista). Argumentan que estos dos aspectos se encuentran «desacoplados» y que, tanto si se es feliz como si no, las técnicas sobre cómo levantarse temprano pueden ser estudiadas y desarrolladas, aunque más no sea para lograr una mayor productividad laboral. A la hora de ejemplificar, sostienen que «aun una vida infeliz se hace más llevadera si no tenemos que levantarnos de manera traumática cada día».

En su visión, las personas se levantan de manera saludable cuando no son coercionadas a hacerlo, por ejemplo, por un despertador. La pregunta fundamental es, entonces, «¿de qué manera podemos levantarnos sin ser coercionados?». Teniendo en cuenta que la coerción nace de la necesidad de tener que cumplir un horario, existen dos enfoques fundamentales dentro de este grupo de pensadores.

El primero de los enfoques, llamado «del límite superior», postula que la mejor manera de no ser coercionado a cumplir un horario consiste en no tener el horario. Para simplificar la tarea del análisis, los adherentes a este enfoque asocian la necesidad de cumplir un horario con la necesidad de trabajar. Y entonces, se preguntan: «¿Cómo es posible que el 95% de los trabajos requieran de nueve horas diarias para ser realizados y demanden que su realización se ejecute, a grandes rasgos, de 9 a 18? ¿Acaso hay un orden natural detrás de esta organización laboral?». De la pregunta — cuya respuesta negativa es evidente para ellos — se infiere sin dificultad la posibilidad de trabajar en otros horarios, trabajar una cantidad de horas diferente o, en el caso más extremo, no trabajar. Es innegable que estos enfoques solucionan la cuestión, aunque muchos han puesto en duda la verdadera viabilidad de implementar estas ideas para las grandes mayorías. Los críticos de este enfoque (entre los que se destaca Peter Epr, el célebre pensador germano) lo consideran «facilista», «irreal» o «demagógico», cuando no «una boludez».

El segundo de los enfoques, llamado «del límite inferior», sostiene que el enfoque del límite superior es «una utopía», que debemos asumir como «un hecho de la realidad» la necesidad de cumplir un horario y que, por lo tanto, es necesario encontrar caminos para levantarse a tiempo, pero sin el uso de elementos coercitivos como el despertador. Siguiendo esa línea de razonamiento, sugieren la tradicional técnica de «acostarse temprano» y en una jugada audaz de doblar la apuesta, proponen programar el despertador para que suene a la hora de acostarse. Al tiempo que sostienen — a mi modo de ver, de manera inapelable — que «siempre es menos traumático un despertador sonando cuando uno está despierto que cuando uno está dormido». Otras ideas, alternativas o complementarias, consisten en dormir con la persiana abierta (para despertarse con la luz solar), comprar una lámpara que simule lo anterior si aún es de noche a la hora de levantarse (un caso frecuente si vivimos, por ejemplo, en Tierra del Fuego), comprarse un gallo (aunque no todos coinciden en que este recurso sea muy diferente a un despertador), amaestrar a nuestra mascota para que nos despierte de una manera amigable, etc. Los defensores de este enfoque son a menudo señalados — en condenables términos personales — como «amargos» o, simplemente, «viejos chotos».

Los Románticos

Los Románticos consideran que el arte de levantarse temprano está íntimamente relacionado a la felicidad. Es más, creen que podría ser la mismísima causa.

Este grupo de pensadores sostiene que una persona que se levanta de manera traumática por la mañana no puede ser feliz. Más concretamente, considera «imposible» que una persona forzada a levantarse un día de invierno a las seis de la mañana pueda serlo.

Si bien en sus raíces filosóficas se encuentran en las antípodas de los Abstractos, en las consecuencias prácticas — es decir, cómo resolvemos la cuestión — los Románticos tienden a coincidir con los principios metodológicos propuestos por los Abstractos del límite superior y buscan, por lo tanto, deshacerse de la coerción en lugar de tener que adaptarse a ella.

Quizás la piedra angular de sus complejas construcciones metafísicas sea lo que llaman «el postulado de la golondrina», según el cual, teniendo en cuenta la dureza de levantarse temprano los días de frío, el primer paso para la felicidad consistiría en vivir en un lugar de clima cálido, aunque ello implique periódicas migraciones. Julio Tricel es un referente por excelencia de este recurso y lidera una corriente interna que se caracteriza por hacer un uso intensivo (algunos lo consideran «excesivo») de la practicidad. «No papi, la estás complicando mucho. Yo en marzo me las tomo a Río de Janeiro y a otra cosa mariposa» dice, mientras me palmea el hombro y sale trotando hacia la costanera, que promete momentos felices de la mano de un sol a pleno.

Los Relativistas

Los Relativistas sostienen que existe un factor más importante que la hora de levantarse o la forma de hacerlo. Se trata de «para qué nos levantamos». En su visión, podemos levantarnos con despertador, temprano, tras pocas horas de sueño, con frío y, aun así, encontrar la felicidad en la tarea para la cual nos estamos levantando. Por lo tanto, más importante que «todas las giladas» arriba descritas (así se refieren a las técnicas postuladas por los otros grupos), lo esencial consistiría en encontrar una tarea que nos haga felices, algo por lo que valga la pena levantarse a la fuerza, más allá de las condiciones en las que tengamos que hacerlo. Si pudiéramos lograr eso, entonces todo lo demás pasaría a un plano secundario.

Para demostrar la fortaleza de su punto de vista, aseguran que «todos nos hemos levantado felices cuando lo que nos espera es un viaje, una graduación o el reencuentro con un ser amado».

Si bien los Relativistas coinciden con los Abstractos en que la forma de levantarse no se relaciona con la felicidad, se diferencian de ellos al asignar un lugar primordial a la felicidad a la hora de abordar el tema. La diferencia con los Románticos es más evidente: según este grupo, la felicidad puede alcanzarse aun ante un escenario matinal desfavorable.

Por supuesto, existen críticos a la posición de los Relativistas, la cual consideran «demasiado voluntarista» y sostienen que hasta la más noble y placentera de las tareas se vuelve tediosa si nos vemos obligados a repetirla cada día. Aseguran que esto es siempre cierto, «aunque se trate de comer milanesas a la napolitana». «¿Se imaginan levantarse cada día a las cuatro de la mañana, con diez grados bajo cero, para reencontrar al ser amado?», cierran el tema en voz alta.

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