Yo también soy Messi

Tuve la suerte de conocer a Leonardo Pérez hace varios años, que eran pocos hace mucho y que serán muchos dentro de poco. El acercamiento ocurrió mientras compartíamos un torneo de fútbol 8, que se jugaba en una de las miles de canchas de tierra que siembran el conurbano bonaerense. Él era una de las estrellas de ese pequeño torneo anónimo, donde los jugadores pagábamos para participar, vestíamos nuestra camiseta con orgullo y trabajábamos largamente cada partido durante la semana. Su historia, reconstruida y pulida por mí, es la siguiente:

Mi nombre es Leonardo Pérez y soy un completo desconocido. Serlo no me disgusta en absoluto, no veo ningún inconveniente en ello, pero sí me lleva a preguntarme sobre la fama, sobre cuánto de nosotros, los desconocidos, hay en aquellos que sobresalen. Y cuánto de ellos en nosotros. Porque yo también soy Lionel Messi. No, no quiero decir que puedo jugar como Messi, ni siquiera estoy cerca de hacerlo. Simplemente creo que no hay que ser alguien, ni como alguien, para ser parte de él.

Es posible que solo tenga dos cosas en común con Messi: ser zurdo y haber compartido con él el equipo de las inferiores de Newell’s, durante los torneos de 1998 y 1999. Ese equipo era conocido como La Máquina ’87. Teníamos doce años y yo era apenas un olvidable lateral izquierdo. Lo inolvidable, en cambio, fue cuando descubrí que mi misión en ese equipo consistía en frenar a Messi durante los entrenamientos. Esa consigna, tan simple como ambiciosa, creció en mí hasta convertirse en una razón de ser que iba mucho más allá de una mera cuestión deportiva.

La claridad de esa misión trajo a mi vida una tranquilidad y una satisfacción que nunca antes había experimentado. Mi vida, de repente, se ordenó de una manera muy simple y concluyente. Todo lo que no estuviera relacionado a Messi pasó a ocupar un lugar secundario. Mi familia, la escuela y hasta mis amigos dejaron de interesarme más allá de lo cotidiano. Por momentos me sentía egoísta, pero más tarde comprendí que la entrega plena de mi ser terminaría por dejar algo también en los demás. Mi determinación de parar a Messi beneficiaría, a fin de cuentas, a mi equipo y a sus seguidores.

Mi padre, que también es Messi, supo desde un comienzo que yo no podría jugar nunca como Lionel, algo que tampoco iban a poder hacer mis compañeros ni los demás jugadores del torneo. Pero también supo que, con su ayuda, yo podría ser capaz de contenerlo. Muy pronto, mi obsesión por lograrlo se convirtió también en la suya, en nuestra pasión compartida. Mi padre se entregó por completo a su vocación de entrenador y dedicó cada uno de sus minutos libres después del trabajo a ayudarme. Como lo había hecho siempre, siguió acompañándome a cada uno de los entrenamientos, pero además organizó sesiones individuales, en las cuales los dos conversábamos y practicábamos sobre la base de los análisis que él había realizado. Se dedicó a estudiar de manera sistemática a Messi, mirando videos que lograba recolectar o filmar con su propia cámara. También se dedicó a estudiar la posición del lateral izquierdo, mirando horas de videos sobre esa posición. Por último, buscó conversar con los técnicos de Rosario a su alcance a fin de nutrirse de su experiencia. Como yo, mi padre estaba radiante, motivado, feliz.

Mi madre, que en algún punto también es Messi, seguramente se sintió postergada, pero su generosidad le permitió encontrar su propia felicidad en la nuestra y, aun sin entender del todo nuestra obstinación, nos ayudó todo lo que pudo con la calidez desinteresada de su compañía.

Mi padre llegó a vislumbrar que no era posible detener a Messi de un modo aislado, individual, por lo que sumó a su análisis a los jugadores que me rodeaban, es decir, el arquero, el marcador central izquierdo, el volante central y el volante izquierdo, en cualquiera de sus variantes. Comprendió que el carácter puede (y debe) ponerse al servicio de suplir las carencias técnicas y me instó a convertirme en el capitán de facto de ese sector defensivo del campo, incorporando a mis compañeros a nuestro sistema, mediante la persuasión que siempre genera el ejemplo. Desplegando un juego leal y noble, siendo respetuoso y sobre todo no rindiéndome jamás.

Mis compañeros de aquella época, que también son Messi, se fueron sumando a mi propuesta de juego, más por intuición que por convicción o deseo. Fui derramando esa promesa sobre ellos con paciencia, didáctica y determinación. Partido tras partido, fuimos mejorando nuestra capacidad de controlar a un Messi desorientado, a quien la frustración iba cercando paulatinamente.

Nuestro técnico, que también es Messi, se percató muy pronto del duelo de clase mundial que se había gestado en aquel rincón anónimo de Rosario, entre Messi y los cinco defensores del lateral izquierdo, liderados por mí. Con sabia percepción, decidió no obstaculizar el desarrollo de esa batalla tan silenciosa como explosiva, disponible a la vista de cualquier espectador que prestara un poco de atención. Un enfrentamiento que elevaba el nivel de juego cada partido un poco más. Messi también comprendía, pero no podía encontrar una manera de quebrar esa defensa obcecada, determinada a no permitirle desplegar su juego. Y procesaba su impotencia en silencio y soledad, como siempre.

Así fue como logramos anularlo por completo, sin permitirle ninguna perspectiva de desahogo. Eso no impedía (de hecho, lo acentuaba) que durante los partidos oficiales explotara y se volviera implacable, como también lo hacía nuestra austera pero infranqueable defensa. Los impresionantes resultados de Messi en esos partidos dejaban en un segundo plano su fracaso en los entrenamientos. El técnico decidió sostener esas dos caras del fenómeno que tantos resultados producía en la tabla de posiciones. Los grandes adversarios del entrenamiento se convertían en una formidable combinación durante los partidos oficiales.

La tirantez llegó a su fin cuando Messi pidió al técnico, de manera abierta y franca, jugar por su lateral izquierdo durante los entrenamientos. El técnico, con desgano pero comprensivo de la situación, accedió al pedido del jugador que nunca pedía nada, que siempre estaba listo para dar. El cambio de posición le permitió recuperar su brillo en los entrenamientos, el mismo que lograba en los partidos, durante los cuales continuó jugando por su lateral derecho, su posición favorita, desde la cual podía enganchar hacia adentro y buscar el disparo goleador con su pierna izquierda.

La nueva situación fluyó sin sobresaltos y de a poco todo se volvió predecible, incluyendo el éxito y el aburrimiento. Como ya se esperaba desde hacía tiempo, ganamos el campeonato. Mis sentimientos eran encontrados. Por un lado, la profunda satisfacción de saberme ganador del subterráneo contrapunto con Messi y la felicidad teórica de haber ganado el campeonato junto a él. Por otro, la tristeza de quedarme sin imposibles, sin un ardor que me creciera en el pecho cada día.

Conseguido el campeonato, el equipo comenzó a ser desmembrado, como suele ocurrir con los equipos argentinos que ganan. Y Messi partió a España para jugar en el Barcelona.

Sin un Messi que vencer, mi juego comenzó a declinar, hasta volverse gris. Contagiado por mí, mi padre también perdió el entusiasmo, pues los nuevos rivales no exigían estrategias, ni estudios, ni videos. Después de todo, como dicen los poetas, la luna necesita del sol para brillar. Mi deseo de estudiar en la universidad, combinado con una persistente lesión en mi rodilla izquierda, logró llevarme al abandono del fútbol profesional seis años después.

Hoy miro a Messi por televisión, en la Selección, en el Mundial, y tengo la satisfacción de sentir que también me estoy viendo a mí mismo, que soy una parte real, sobre todo necesaria, de sus victorias y de sus derrotas. Que cuando Messi logra quebrar una defensa, lo hace porque una vez tuvo que intentarlo con la nuestra. Y que si no lo hace, es porque no lo estimulamos lo suficiente. Porque todo lo que hacemos, lo hacemos también para los demás. Todos los que alguna vez hemos jugado al fútbol en Argentina somos, también, Messi. Porque ni Messi, ni Maradona, ni Distéfano, ni ninguno de los grandes de cualquier campo, caen del cielo.