Yo también soy Messi

«Yo le pregunté, apenado de ver cómo pasaba los años en tareas menores (corrigiendo deberes), ‘¿Por qué, Don Pedro, pierde tiempo en esas cosas?’ Y él, con su amable sonrisa, me respondió: ‘Porque entre ellos puede haber un futuro escritor’.» Ernesto Sábato

Tuve la suerte de conocer a Leonardo Pérez hace varios años, que eran pocos hace mucho y que serán muchos dentro de poco. El acercamiento ocurrió mientras compartíamos un torneo de fútbol 8, que se jugaba en una de las miles de canchas de tierra que siembran el primer cordón del conurbano bonaerense. Él era una de las estrellas de ese pequeño torneo anónimo, donde los jugadores pagábamos para participar, vestíamos nuestra camiseta con orgullo y trabajábamos largamente cada partido durante la semana. Su historia, reconstruida y pulida por mí, es la siguiente.

Mi nombre es Leonardo Pérez y soy un completo desconocido. Serlo no me disgusta en absoluto, no veo ningún inconveniente en ello, pero sí me lleva a preguntarme sobre la fama, sobre cuánto de nosotros, los desconocidos, hay en aquellos que sobresalen. Y cuánto de ellos en nosotros. Porque yo también soy Messi. No, no quiero decir que puedo jugar como Messi, ni siquiera estoy cerca de hacerlo. Simplemente, que no hay que ser alguien, ni como alguien, para ser parte de él.

Es posible que solo tenga dos cosas en común con Messi: ser zurdo y haber compartido con él el equipo de las inferiores de Newell’s, durante los torneos de 1998 y 1999. Ese equipo era conocido, todavía, como la La Máquina ’87. Teníamos doce años y yo era apenas un olvidable lateral izquierdo. Lo inolvidable, en cambio, fue la misión que descubrí en los entrenamientos a partir de la segunda temporada: frenar a Messi. Esa consigna, tan simple como ambiciosa, creció en mí hasta convertirse en una razón de ser. Noches en vela pensando en Messi, en cómo pararlo, me llevaron a comprender muy pronto que estaba ante el próximo mejor jugador del mundo.

La claridad de mi misión trajo a mi vida una tranquilidad y una satisfacción que nunca antes había experimentado. Mi vida, de repente, se ordenó de una manera muy simple y concluyente. Solo había dos cosas en ella: detener a Messi en los entrenamientos y todo lo demás, que pasó a ocupar un lugar secundario. Mi familia, la escuela y hasta las chicas que tanto me habían atrapado dejaron de importarme. Por un momento me sentí algo egoísta, hasta que comprendí que la entrega plena del propio ser termina siempre dejando algo en los demás. Mi determinación de atajar a Messi terminaría también beneficiando, a fin de cuentas, a mi equipo.

Mi padre, que también es Messi, supo desde un comienzo que yo no podría jugar nunca como Messi, algo que tampoco podrían hacer mis compañeros ni los demás jugadores del torneo. Pero también supo que, con su ayuda, yo podría ser capaz de contenerlo. Muy pronto, mi obsesión por lograrlo se convirtió también en la suya, en nuestra obsesión compartida. Mi padre se entregó por completo a su profunda vocación de director técnico y dedicó cada uno de sus minutos libres, después del trabajo, a ayudarme. Como siempre, siguió acompañándome a cada uno de los entrenamientos, pero además organizó sesiones individuales, en las cuales los dos conversábamos y practicábamos sobre la base de los análisis que él había realizado. Se dedicó a estudiar de manera sistemática a Messi, mirando los videos sobre él que lograba recolectar o filmar con su propia cámara. También se dedicó a estudiar la posición del lateral izquierdo, mirando horas y horas de video de los grandes jugadores que alguna vez habían ocupado esa posición. Por último, organizó entrevistas con todos los técnicos que tuvo a su alcance, en Rosario y sus alrededores, para interrogarlos y obtener ideas, conceptos y buenas prácticas relacionadas a esa posición. Como ocurría conmigo, mi padre estaba radiante, motivado, feliz.

Estoy seguro de que mi madre, que en algún punto también es Messi, pasó a sentirse un tanto postergada, pero su generosidad le permitió encontrar su propia felicidad en la nuestra y, aun sin entender del todo nuestra alucinación, nos ayudó todo lo que pudo con la calidez desinteresada de su compañía.

Mi padre llegó a vislumbrar que no era posible contener a Messi de un modo aislado, individual, por lo que sumó a su análisis a los jugadores que me rodeaban: el arquero, el marcador central izquierdo, el volante central y volante izquierdo, en cualquiera de sus variantes. Comprendió que el carácter puede (y debe) ponerse al servicio de suplir las carencias técnicas y me instó a convertirme en el capitán de facto de ese sector defensivo del campo, incorporando a mis compañeros a nuestro sistema, mediante la persuasión que siempre genera el ejemplo: desplegando un juego leal y noble, siendo respetuoso y, sobretodo, no rindiéndome jamás. Yo no debía dudar acerca de mi misión, de nuestra misión, y así debía proyectarlo hacia a mis compañeros.

Mis compañeros de aquella época, que también son Messi, se fueron sumando a mi propuesta de juego, más por intuición, por carencia de otros lugares adonde ir, que por convicción o deseo. Fui derramando esa promesa sobre ellos con paciencia, didáctica y determinación. Partido tras partido, fuimos mejorando nuestra capacidad de controlar a Messi, que veía con desasosiego cómo la frustración lo iba cercando por completo.

Nuestro técnico, que también es Messi, se percató muy pronto del duelo de clase mundial que se había gestado en las anónimas canchas de un rincón de Rosario, entre Messi y los cinco defensores del lateral izquierdo, liderados por mí. Con sabia percepción, decidió no obstaculizar el desarrollo de esa batalla tan silenciosa como explosiva a la vista de cualquier espectador. Un enfrentamiento que elevaba el nivel de juego cada partido un poco más. Messi también comprendía, pero no podía encontrar una manera de quebrar esa defensa obcecada, obsesionada con él. Y procesaba su impotencia en silencio y soledad, como siempre.

Así fue como logramos anular a Messi por completo durante los entrenamientos, sin dejarle ninguna salida ni perspectiva de desahogo, al punto de dejarlo completamente desahuciado. Eso no impedía (de hecho, lo acentuaba) que durante los partidos oficiales explotara y se volviera implacable, quizás tanto como nuestra austera pero infranqueable defensa. Los impresionantes resultados de Messi en esos partidos dejaban en un completo segundo plano su fracaso en los entrenamientos. El técnico decidió sostener esas dos caras del fenómeno Messi, que tantos resultados producía en la tabla de posiciones. Los grandes adversarios del entrenamiento se convertían en una formidable combinación durante los partidos.

La tirantez comenzó a llegar a su fin cuando Messi pidió al técnico, de manera abierta y franca, jugar por su lateral izquierdo durante los entrenamientos. El técnico, con desgano pero comprensivo de la situación, accedió al pedido del jugador que nunca pedía nada, que siempre estaba listo para dar. El cambio de posición le permitió recuperar su brillo durante los entrenamientos, el mismo que lograba en los partidos, durante los cuales continuó jugando por su lateral derecho, su posición favorita, desde la cual podía enganchar hacia adentro y buscar el disparo goleador con su pierna izquierda.

La nueva situación fluyó sin sobresaltos y de a poco todo se volvió predecible, incluyendo el éxito y el aburrimiento. Como ya se esperaba desde hacía tiempo, ganamos el campeonato. Mis sentimientos eran encontrados. Por un lado, la profunda satisfacción de saberme ganador del subterráneo contrapunto con Messi y la felicidad teórica de haber ganado el campeonato junto a él. Por otro, la tristeza de quedarme sin imposibles, sin un ardor que me quemara el pecho cada día.

Conseguido el campeonato, el equipo comenzó a ser desmembrado, como a menudo ocurre con los equipos ganadores argentinos, comenzando por la partida de Messi, que viajó a España para jugar en el Barcelona

Sin un Messi que vencer, mi juego comenzó a declinar, hasta volverse casi gris, con algunos esporádicos chispazos, hijos del inercial resplandor del pasado. Contagiado por mí, mi padre también perdió el entusiasmo, pues los nuevos jugadores no exigían estrategias, ni estudios, ni videos. Después de todo, como dicen los poetas, la luna necesita del sol para brillar. Mi deseo de estudiar en la universidad, combinado con una persistente lesión en mi rodilla izquierda, logró llevarme al abandono del fútbol profesional seis años después.

Hoy miro a Messi por televisión, en la Selección, en el Mundial, y tengo la satisfacción de sentir que también me estoy viendo a mí mismo, que soy una parte real, sobretodo necesaria, de sus victorias y de sus derrotas. Que cuando Messi logra quebrar una defensa, lo hace porque una vez tuvo que intentarlo con la nuestra. Y que si no lo hace, es porque no lo estimulamos lo suficiente. Porque todo lo que hacemos, lo hacemos también para los demás. Todos los que alguna vez hemos jugado al fútbol en Argentina somos, también, Messi. Porque ni Messi, ni Maradona, ni Distéfano, ni cualquiera de los grandes, de cualquier campo, caen del cielo.

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