Contra la economía colaborativa

Hay un auge mediático tanto del consumo colaborativo como de la llamada economía colaborativa (en castellano el término más popular es, efectivamente, economía colaborativa frente al más popular en inglés sharing economy). Y, obviamente, hay debate y controversia en los medios de comunicación bien porque se pone en cuestión el modelo económico establecido, por las novedades que aporta en terrenos como el laboral o legislativo o, sencillamente, porque la realidad de las plataformas que ofrecen determinados servicios (Uber, Deliveroo, Airbnb, BlaBlaCar, Jinn…) les hace aparecer en los mismos.

Posicionarse a favor o en contra de este tipo de prácticas puede hacernos pensar en los apocalípticos y los integrados de Eco (cínicos y tecnooptimistas para Slee) y en utopías o distopías (como afirma Sundararajan cuando analiza la gig economy que al mismo tiempo que crea oportunidades para la innovación, muestra las condiciones precarias de sus trabajadores).

El principio básico de la economía colaborativa es que el recurso que se consuma sea un bien temporalmente en desuso. Lo que se observa (Gil, 2018) en la mayoría de las plataformas es que los recursos que se introducen en el mercado no cumplen la función de ser bienes ociosos tratándose más de bienes de inversión que se han adquirido con el fin de que el bien produzca valor.

Gran parte de las actividades que se consideran de economía colaborativa no cumplen con los principios de la misma (Gil, 2018) son formas de economía tradicional que emergen sobre un nuevo medio (el digital) y que buscan legitimar su actividad bajo estos principios. Y es que el tipo de actividades a las que se hace referencia con el concepto de economía colaborativa poco tienen que ver con relaciones de colaboración.

Al filósofo Andoni Alonso (2018) le parece “escandaloso que hablemos de economía colaborativa”. Para este filósofo “por colaborativa imaginamos que los ciudadanos pagan impuestos y el primer cebo de compañías como Uber o Cabify es justo lo contrario, no pagarlos” y afirma que “si Rockefeller [un gran magnate empresarial estadounidense] hubiera visto estas nuevas plataformas, habría encontrado su sueño húmedo”.

Para Gil (2018) el discurso de algunas plataformas usando el eufemismo “colaborativa” se emplea como una estrategia de marketing que permitiría ampliar el mercado a costa de invisibilizar algunos de sus efectos. Para Kalamar (2013) el término se usaría para encubrir prácticas empresariales que pueden vulnerar derechos fundamentales.

Las voces discordantes sobre el fenómeno de la economía colaborativa son cada vez más (Tom Slee y su libro Lo tuyo es mío da buena cuenta de ellas).

Uno de los filósofos contrarios a este tipo de prácticas es Byung-Chul Han (2014) que afirma que la economía del compartir conduce en última instancia a la comercialización total de la vida. Y subraya la importancia del dinero: “quien no posee dinero, tampoco tiene acceso al sharing”. Para este pensador surcoreano, “también en la economía basada en la colaboración predomina la lógica del capitalismo. De forma paradójica, en este bello compartir nadie da nada voluntariamente”.

Evgeny Morozov (2014) ya advierte de que “está bien poder elegir entre alquilar o poseer, pero mucha gente debe conformarse con alquilar”. Este mismo autor indica que “no cabe duda de que la economía colaborativa puede hacer más soportables las consecuencias de la actual crisis financiera (y probablemente lo haga). Sin embargo, al fijarse en las consecuencias, no hace nada para combatir las causas”.

Para Tom Slee (2016:15) la economía colaborativa “está introduciendo un libre mercado despiadado y desregulado en ámbitos de nuestras vidas anteriormente protegidos”. Este mismo autor indica que el término mismo “economía colaborativa” encierra una contradicción. Pensamos que colaborar es una interacción social de carácter no comercial entre una persona y otra. Sugiere intercambios que no implican dinero, o que al menos vienen motivados por la generosidad, por un deseo de dar o ayudar. “Economía” sugiere transacciones mercantiles, el cambio interesado de dinero por bienes o servicios.

Se ha debatido mucho acerca de si “economía colaborativa” es el término adecuado para describir esta oleada de negocios, y se ha probado con otros muchos nombres: “consumo colaborativo”, “economía en red”, “plataformas de igual a igual”, “economía temporal”, “servicios subalternos” o, cada vez más, “economía bajo demanda (Slee, 2016:16)”. Se usa crowd fleecing para referirse a una nueva forma de explotación laboral y de concentración de riqueza y otros términos como crowdsourcing economy, gig economy o share the scraps economy (economía de compartir las sobras). El término capitalismo de plataforma (Gil, 2018) estaría extendiéndose cada vez más para definir este tipo de actividades y plataformas.

La taladradora ha sido uno de los ejemplos más usados para explicar el auge de la economía colaborativa. La periodista Sarah Kessler (2015) reproduce en un artículo para Fast Company cómo lo contaba Rachel Botsman:

¿Cuántos de ustedes poseen una taladradora? Rachel Botsman, la autora del libro The Rise of Collaborative Consumption, preguntó a la audiencia en TedxSydney en 2010. Previsiblemente casi todos levantaron la mano. “Ese taladro eléctrico se usará entre 12 y 15 minutos en toda su vida”, continuó Botsman con burlona exasperación. “Es un poco ridículo, ¿no?” Porque lo que necesitas es el agujero, no la taladradora. Después de hacer una pausa mientras el público se reía, ofreció la solución obvia: “¿Por qué no alquilar una taladradora? ¿O alquilar su propia taladradora a otras personas y ganar así algo de dinero?”.

Kessler explica en su artículo que la idea de la taladradora nunca despegó realmente por una cuestión puramente económica: “Para una taladradora que cuesta unos treinta dólares ¿realmente merece la pena dedicarle el tiempo de caminar unos 25 minutos para conseguir algo por lo que usted gastó 15 dólares para usarlo un día y luego tener que ir a devolverlo?”.

Lo único cierto es que a corto plazo las cifras de crecimiento y la expansión del fenómeno tienen tendencia a crecer y, presumiblemente, evolucionarán y aunque algún autor (Slee, 2018) indique que “es posible que ya hayamos pasado la cima de la economía colaborativa”, tal vez necesitemos un tiempo prudencial (como se ha hecho con el Manifiesto Cluetrain) para analizar sus efectos y su impacto.

Es difícil aventurar qué posibilidades tiene la economía de mejorar con este tipo de prácticas (lleven la etiqueta de economía colaborativa, economía de la
participación, consumo colaborativo, economía bajo demanda, etc.). En la
actualidad los principales retos pasarían por resolver los aspectos laborales,
garantizar la privacidad del consumidor, no perder el foco en el mismo y regular las actividades satisfactoriamente. Nuestro comportamiento como usuarios, como consumidores, como ciudadanos, como empresarios y como trabajadores marcarán el camino y su evolución.

En cualquier caso, el fenómeno no debería resultarnos ajeno.

 by the author.

Josep Martínez Polo

Written by

Profesor de comunicación en @ucam. Marketing digital, publicidad interactiva, entretenimiento audiovisual y cultura pop. Investigo sobre consumo colaborativo.

Welcome to a place where words matter. On Medium, smart voices and original ideas take center stage - with no ads in sight. Watch
Follow all the topics you care about, and we’ll deliver the best stories for you to your homepage and inbox. Explore
Get unlimited access to the best stories on Medium — and support writers while you’re at it. Just $5/month. Upgrade