Caer

Defre
Defre
Nov 6 · 3 min read

Mientras transitamos el camino que llamamos vida, uno de los principales cuidados que tenemos es el hecho de no caer. No me refiero a la descoordinación de las piernas frente a un desnivel o al resbalón en alguna superficie engañosa, que también provoca dolor.

La connotación que toma el verbo es otra. Porque caer no es derrumbarse contra el suelo sino derrumbar expectativas, sobre todo aquellas que creamos en la juventud. Caer no se refiere a golpearnos la rodilla y que aparezcan hematomas, pero si a sentir dolores sin marcas visibles.

Lo que más miedo da, es el lugar que va a recibirnos en el aterrizaje, y así como cada persona es distinta, sus temores también lo son. Algunos temen caer en algún vicio, otros en la depresión, caer en problemas económicos para muchos puede ser fatal y otros temen caer en la rutina, el desamor y otras cosas que atentan contra las relaciones amorosas.

Este caso era particular, porque él, escritor asiduo, no quería caer en clichés al momento de narrar historias, ni caer en ese vacío creativo que por momentos lo acechaba.

Cabe aclarar que nada ni nadie está exento de caer, no porque se quiera, sino que existe aquí también el fenómeno de gravedad y él ya tenía sus caídas.

Hacía poco tiempo, por ejemplo, notó que las plantas del jardín ya no eran tan verdes y las paredes ya no eran tan pulcras, entonces pensó en que quizás la vitalidad de su hogar estaba cayéndose. Sin embargo lo que más lo abrumó fue verse en caída libre hacia la soledad, lo vio en sus textos donde eso era un escenario que se repetía, lo notó en la necesidad de hablar con alguien del tema que sea y sobre todo en el silencio que caía como tierra sobre los muebles. No escribía sobre otra cosa que no sea la ausencia. De verdad estaba abrumado.

Lo que más preocupa es que la caída puede ser tan fuerte, que existe la posibilidad de dejarnos sin fuerzas para levantarnos.

Inquietante, tanto que dejó sobre la mesa el café sin terminar y salió en dirección contraria al recorrido que hace habitualmente desde su casa al trabajo. Primero buscó historias para contar, observaba todo a su paso sin cuidarse de cruzar la calle por donde corresponde y en el momento debido. Necesitaba encontrar algo que lo estimule a escribir.

Perdió la expectativa de que alguien le regale un relato pre-armado y comenzó a explorar en la cara de los peatones, esperando hallar una musa inspiradora. No discriminaba si eran hombres o mujeres, miraba a los perros que dormían en las veredas y a los pájaros en los balcones. Subió a más de diez colectivos y otros tantos taxis, miró a través de las ventanas de los cafés como quien mira una vidriera para comprar un televisor. Entró a la sala de espera de un hospital, hizo fila para entrar a un cajero automático, miró cada auto que frenó en la esquina antes de doblar. Se sentó en un banco de un parque y luego en el de al lado hasta ocupar todos al menos una vez. Compró flores y las regaló a cada persona que se topó en el camino hasta quedarse con las manos vacías. Parecía que nadie lo tomaba y lo llevaba hacia la inspiración que necesitaba.

Empezó a correr por la calle, gritaba cosas sin sentido, le dijo "te amo" a toda mujer que se cruzó con él en esa cuadra y "te odio" a las de la cuadra siguiente. Miró el cielo por horas buscando formas en las nubes y miró el suelo. Se puso de cabeza y los miró a todos al revés. Se subió al edificio más alto y desde la terraza los vio a todos moverse por la ciudad. En un momento de lucidez se dio cuenta de que estaba cayendo en la demencia por la obsesión, y que estaba cayendo de un piso veinte.

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