Toc, toc.


- ¿Tiene alguna novedad de la que le gustaría que charlemos?

- Sí, de hecho, hay una noticia importante que ocurrió en el último tiempo. ¿Recuerda al fantasma del que le había hablado hace unos meses? Finalmente, luego de un tiempo prudencial, ha vuelto. Todos sabemos los esfuerzos que hice para alejarlo: dejé de mirar hacia la ventana de mi habitación, empujé al fondo de mi mente los recuerdos más gratos de nuestras conversaciones y hasta coloqué unas cortinas. Pensé que todo sería más sencillo de esa manera.

- Cuénteme sobre el reencuentro.

- A decir verdad, hubo un anticipo sobre lo que iba a suceder. Una mañana, antes de que yo fuera al trabajo, percibí un pequeño movimiento del otro lado de mi ventana. Me acerqué, corrí las cortinas y allí estaba, No atiné a decir nada, porque emprendió vuelo y desapareció de mi vista. Tal como puede estar imaginándose, mi corazón dio un vuelco.

- ¿Usted quería verlo?

- Si tengo que serle honesto, doctor, no dejé de pensar en cómo sería cruzármelo otra vez. Había pasado un tiempo y entendí que me hacía bien que estuviese cerca, aunque no pudiera tenerlo conmigo a diario. Tal es así que, luego de ese encuentro fugaz junto a mi ventana, quité las cortinas.

- ¡Qué valentía! Creí que estaba enamorado de ellas.

- Yo también lo creí, pero después me di cuenta de que me generaban más inconvenientes que alegrías. Estaba siempre a oscuras y sin ver el sol. Con el tiempo, pude percatarme de que nunca fui feliz con esas cortinas en mi habitación. Me negué rotundamente a ver al fantasma, cerrándole el paso y exponiéndome a dañar a quien quiso acercarse a mí. Usted sabe que, viviendo a oscuras, es muy difícil moverse bien, ¿cierto? Bueno, en este caso, remover las cortinas me mostró el rumbo correcto.

- Una vez que las quitó, ¿se sintió mejor?

- ¡Claro! Ya podía estar listo para ver al fantasma otra vez, si es que volvía a cruzarse conmigo. Era lo que más anhelaba y, de nuevo, estaba listo para darle la prioridad que merecía.

- Ahora, sí: cuénteme más. Debo decirle que me cuesta mucho trabajo creer en lo que está relatando, pero siento curiosidad por su historia.

- Libre de cortinas, fijaba mi vista en la ventana a diario. No lo hacía con desesperación, sino con ansias de volver a verlo, porque aquella mañana reflotaron muchas cosas que sentía y, sin éxito, había intentado olvidar. Todas esas sensaciones crecieron con fuerza cuando llegó otra vez… Pero, antes de continuar con mi historia, quisiera que conozca un hallazgo acerca del fantasma.

- ¿Cuál?

- En primer lugar, más allá de que sea un fantasma, no se trata de un “él”… Sino de una “ella”. Es el fantasma de una dama y pude percatarme de eso en cuanto cruzó la puerta de mi hogar en su primer visita, algunas semanas después de cruzar miradas aquella mañana.

- ¿Así que es el fantasma de una mujer? Muy bien, creo que comienzo a entender. Hábleme más sobre la vez que ingresó en su casa.

- Escuché su sonido característico, pero en vez de oírlo a través de mi ventana, lo percibí del otro lado de la puerta de entrada de mi hogar. Me acerqué y, en cuanto la abrí y tuve su presencia frente a frente, mirándonos a los ojos, sentí que era yo quien se había convertido un alma flotante. No podría explicarle su belleza, doctor… Comprenda, además, que tuve la oportunidad de escuchar su voz con una claridad mucho mayor y ver su sonrisa con lujo de detalles. Si me costaba quitármela de la cabeza cuando sólo hablábamos a través de mi ventana, entonces me resultará imposible olvidar lo ocurrido cuando visitó mi hogar.

- ¿Qué fue lo que hizo allí?

- Básicamente, nada en especial. Sólo nos hicimos compañía mutua. Le mostré mi casa y quedó admirada con ella, aunque para mí sea algo común y corriente. Como podrá imaginarse, no fue un paseo muy extenso, aunque sí puedo alegrarme de que nos divertimos y de que tuve el privilegio de hacerla reír. Por otro lado, ¿recuerda que, cuando se apareció por primera vez frente a mi ventana, yo estaba escuchando música? Aquí va otro detalle inolvidable: para embellecer un poco el ambiente, le sugerí que escoja algo de la lista de canciones de mi reproductor.

- ¿Qué eligió?

- Metallica. Juraría que iba a elegir a Britney Spears, pero me sorprendió gratamente hasta con ese pequeño detalle… Lo cual me lleva a otro descubrimiento.

- ¿Cuál?

- Puede volar, aparecer y desaparecer, pero también es corpórea.

- ¿Estableció contacto físico?

- Así es, doctor. Sabía que su participación iba a ser breve, por lo que intenté aprovechar cada segundo que compartiésemos juntos, porque tenía claro que no sería eterno. Tal es así que, cuando supe que iba a emprender el regreso, intenté rodearla con mis brazos. Teniendo éxito en mi cometido fue que comprobé que ella es un fantasma con el que pude fundirme en un hermoso abrazo, pero también un fantasma con el que no pude besarme. En este momento pertenecemos a mundos y a realidades distintas, por lo cual podría tener consecuencias muy graves para ambos. Tengo la sensación de que ambos queríamos que esto último ocurriese, o que al menos a ella no le hubiese molestado, pero tuvo la sabiduría para mostrarme que, como fantasma que es, no puede darme nada más de lo que ya me estaba dando… Finalmente, me dio algo mucho más grande que un beso.

- Déjeme ver si entendí bien: fue a su casa, la recorrió, escucharon música juntos, se abrazaron e intentó besarla. ¿Es esto correcto? ¿Estamos hablando de un fantasma?

- En efecto. Verá, recién le indiqué que me dejó algo mucho más grande. Lo que me dejó fue una huella suya que llevo conmigo a donde quiera que voy.

- Explíqueme eso.

- Como si no fuera suficiente con haber compartido esos momentos juntos y haber descubierto todo lo hermosa que es, se ocupó en dejarme un último regalo. A la mañana siguiente de nuestra despedida, encontré en mi habitación un recuerdo suyo, para que nunca me olvide de ella.

- No quiero agredirlo ni sonar hiriente, pero creo que está siendo un poco exagerado si esta historia está tomando el rumbo que creo. ¿No cree que es demasiado, considerando que puede no volver a verla nunca más?

- Sé que volveré a ver al fantasma, doctor. Creo que ambos, tanto ella como yo, sabemos que sucederá. Sólo es cuestión de que la suerte nos sonría y que nuestros mundos se acerquen un poco más cuando ese día llegue. Al tiempo de nuestro encuentro, me mudé y abandoné la casa que conoció, aunque procuré dejarle un recuerdo. La próxima vez que se asome a mi antigua ventana, entenderá que yo tampoco quiero que ella me olvide y sabrá que llegó, otra vez, en el momento justo. Que en el poco tiempo que compartimos me sentí pleno y, sin temor a utilizar esta palabra, feliz. Puede estar tranquila de que su pedido fue escuchado: jamás voy a olvidarla.

- ¿No le preocupa que, quizás, no vuelvan a cruzarse sus caminos?

- Para nada. Esta vez, me planteé vivir con la idea de que no me va a hacer falta cerrar mis ojos para imaginar los suyos, porque los tendré en frente una vez más… Aún, incluso, si tengo que aprender a volar como un fantasma para encontrarla de nuevo.