Una válvula en la noche

O “no tan distintos”

Toda persona creativa, indefectiblemente, atraviesa en algún momento de su carrera una etapa de poca o nula productividad. Llámese falta de inspiración, laguna, sequía o como sea, el punto es que todos o la gran mayoría de estas personas, concuerdan en que una forma efectiva de ahuyentar el fantasma del estancamiento es el alejamiento de la obra en cuestión. La distancia física o psíquica del creador para con su obra lo obliga a despejar su mente, lo rescata de la inmersión (peligrosa obsesión que a menudo nos ciega a nuevos caminos) y le ofrece una nueva perspectiva.

La palabra clave en este párrafo es justamente la perspectiva. Es que al alejarnos, siempre vamos a cambiar nuestra forma de ver las cosas. Voy a corregirme a mí mismo: No es alejarse, es cambiar nuestra posición relativa con el objeto de análisis.

Entonces, a casi 5 meses de haberme desplazado de la ciudad donde viví toda mi vida a una nueva, en otro país, en otro continente, ¿qué cambió? Bueno, probablemente no mucho en esos lugares propiamente dicho. Pero definitivamente todo en cuanto a mi percepción personal (valga la redundancia) tanto de Buenos Aires, como de París.

Hay mil aristas y vértices para discutir en ambos lugares, sus costumbres, sociedades, etc. Por lo tanto voy a enfocarme en un par que para mí fueron las más chocantes, basado plenamente en mi prejuicio antes de viajar hacia acá.

Es seguro que mi apreciación de Buenos Aires esté contaminada por vastas cuestiones emocionales, pero trataré de ser lo más objetivo posible en este sentido. Buenos Aires (no voy a decir Argentina porque no considero que sea justo hablar sin conocimiento de causa) es una sociedad con una fuerte tradición italiana, sumamente conservadora pese a jactarse de lo contrario, abiertamente xenófoba, machista, desigual, clasista y con una tendencia claramente de extremo-derecha capitalista (alcanza con ver los resultados de las elecciones del último fin de semana donde el frente del PRO se llevó prácticamente el 80% de los votos en la ciudad). Hablamos en el mundo de nuestra política de apertura con todo el mundo, de lo cosmopolitas que somos, de cuántos miembros de la comunidad judía habitan ahí a pesar de la longeva tradición católica de América latina, de cómo ahora somos tan justos que los homosexuales pueden unirse civilmente y hasta adoptar hijos. Pero en el fondo (o no tan en el fondo) hay un resentimiento hacia los pueblos limítrofes, los chilenos son enemigos, los bolivianos, peruanos y paraguayos son parias, los brasileros los rivales que por estar mejor que nosotros económicamente respetamos y admiramos sus playas y los uruguayos que para nosotros no son una patria sino una provincia más o a lo sumo el paraíso fiscal verde por excelencia para comprar dólares y porro. Los que viven en las villas son chorros, violadores y asesinos que sólo saben drogarse y tener hijos para cobrar un plan social. Las mujeres no pueden manejar, ni ser gerente porque ¿cómo una mujer va a hacer el trabajo de un hombre? ¿A quién se le ocurre? Podemos usar cualquiera de estas palabras: bolita, judío, paragua, puto, indio, negro, y seguirla de la frase “de mierda” y no sería algo raro de escuchar en la cosmopolita urbe de la rivera. Todo esto y ni siquiera me meto en debates como la violencia en el fútbol. Sería interminable.

Quiero que se entienda, que con esto no estoy atacando a Buenos Aires, sigue siendo la ciudad que más quiero, donde están casi todos mis afectos y por sobre todas las cosas mi hogar con todas sus falencias y virtudes (que son incluso más que las fallas). La idea es sentar las bases para hablar de París.

Cuando llegué acá el primero de Diciembre del 2014, mi imagen de Francia era la que creo que muchas otras personas (salvo los estadounidenses en general) tienen: La democracia por excelencia, el ejemplo de gestión del mundo occidental gobernando desde Europa junto con Alemania e Inglaterra al resto del mundo civilizado.

La realidad es que bajo el lema “libertad, igualdad, fraternidad” (escrito en todas las escuelas y adoptado por los próceres de mayo como símbolo junto al gorro frigio) sentaron las bases de toda su superestructura social. “Libertad mesurada”, “igualdad en el discurso”, “fraternidad con los que son como nosotros”. Todo muy lindo, si sos un hombre blanco de clase media para arriba, ascendencia europea y que está en edad laboral. En verdad la libertad como tal está extremadamente limitada a la propiedad privada, ya que en la vía pública está completamente prohibido la discriminación de todo tipo hacia cualquier persona, y la policía de acá no es exactamente permisiva. Si te agarran en falta te las ves con la federal acá y suerte si la contás. Pongamos un ejemplo: Todo habitante bajo las mismas condiciones acá puede aplicar a un trabajo, y el día de la entrevista los candidatos que quedan son un francés de familia francesa, un hijo de argelinos y un francés negro. No estoy asumiendo con prejuicio a quién van a elegir, pero si se van cualquier tarde a la hora del almuerzo a la esplanade de La Défense, zona de edificios de empresas, díganme cuántos árabes o negros ven con traje y maletín. ¿Y por qué frenar ahí? ¿Cuántas mujeres piensan que hay? Puede ser un tema de educación, pero no estaríamos mejor que antes, porque ahí sólo estaríamos diciendo que la discriminación y la desigualdad de oportunidades se gestan a una edad mucho más temprana.

Claro que nada de eso se puede decir públicamente, que no puede haber una queja por parte de las minorías que tienden a agruparse en guetos en barrios periféricos y a aspirar a un escalón inferior de la escalera social. Al menos esto es así durante el día, porque de noche la ciudad es completamente diferente. De día todos son amigos, los turistas se pasean tranquilos por lo segura que es Europa y a lo sumo se preocupan de que los pick-pockets no les arrebaten las cámaras. Pero en el anonimato toda esa mesura obligada a la cual se someten durante el día, genera que el resentimiento social desborde como el vapor de una olla a presión ante el más mínimo estímulo. Y no estoy exagerando acá, literalmente yo vi a un grupo de jóvenes negros agredir a patadas a un anciano con bastón sólo porque se le ocurrió pasar por delante suyo en la plazoleta del boulevard y no quiso contestarle una pregunta. Ejemplos como ese de agresión física y verbal espontáneas hay miles diariamente. Personalmente me produce como mínimo suspenso o incertidumbre tener que subirme a los últimos trenes del metro o al noctilien (bus que sólo funciona de noche) sabiendo que los dealer salen a esas horas y eligen esos lugares para negociar y cualquier semejanza a algo que pueda atraer a un policía es el enemigo.

Admiro en parte lo lejos que están los franceses en cuanto a la igualdad de género, al punto en que si quiero cederle el paso a una mujer en el colectivo o el subte no entiende por qué lo hago. Pero creo que el extremo de no dejarle un asiento a un padre con un bebe en brazos, a un anciano o a una mujer embarazada no habla de igualdad, sino de egoísmo y desprecio por la situación del otro. Quizás un tema menor comparado con otros tipos de violencia.

Entonces, ¿qué se puede hacer? El libertinaje sudamericano produce odio, la represión europea produce odio, uno pensaría que no hay un camino cierto a la igualdad y la fraternidad. Olvidémonos de la última. Jamás vamos a sentirnos hermanos de quienes estamos condicionados por la presión social a ver como un distinto, distinción que ayuda y potencia al sistema capitalista, ya que la identificación y la diferenciación son los grandes motores que impulsan el consumo y que debilitan a los pueblos a la hora de unirse contra un enemigo mucho más grande que es la corrupción oficial. Y mientras los populistas latinoamericanos hablan de “patria grande” en Buenos Aires te cagan a trompadas por cheto o negro.

Tratamos la libertad y la fraternidad, ambas en stand-by hasta que evolucionemos como especie. Queda entonces la igualdad. Al menos una igualdad parcial, la igualdad ante la ley, el trato igualitario en el lugar de trabajo, el respeto por la figura del otro, el no “objetizar” a las personas. Acá está impuesto pero aun así no se respeta, en Argentina es un ideal que no parece que vayamos a alcanzar pronto. Mientras existan pensamientos del estilo de “algo habrán hecho”, “¿y qué querés? ¿No ves cómo sale vestida?” o “si no les gusta, que se vuelvan a su país” la idiosincrasia del porteño medio va a seguir siendo así de mediocre, y podemos seguir culpando a la educación o a los malos gobiernos, pero seguimos siendo quienes los elegimos. Porque tampoco vamos a dejar de lado la mayor particularidad que tenemos los porteños que es nuestra maestría a la hora de echarle la culpa a los demás de todos los problemas mientras nosotros tenemos todas las soluciones, ¿No?

Estando lejos puedo ver un poco más en perspectiva el lugar que dejé, y estando acá cambié mi opinión del lugar al que llegué. Y lo más interesante de todo es que resultaron ser no tan distintos. Pero sin embargo no obstante lo cual, no puedo aclarar con el énfasis suficiente que esta mirada nihilista de la realidad metropolitana es tan solo una mínima, ínfima, pequeñísima parte de las bellezas que tienen ambos puntos. Una boludez dentro de tanto drama, pero a fin de cuentas es lo bueno lo que, afortunadamente, me hace sentir que en ambos lugares hice mi hogar.

One clap, two clap, three clap, forty?

By clapping more or less, you can signal to us which stories really stand out.