Filosofía de la composición: del texto a la obra

La literatura, ante la imposibilidad mimética de representar, compone, a manera de montaje, una idea de mundo. Este proceso de composición basando en la transformación e imitación de la realidad, engendra una representación más a fin a un simulacro (una puesta en escena) que al reflejo siamés de un espejo.

Edgar Allan Poe en su “Filosofía de la composición” partía de la premisa de construir, mediante el uso debido de los elementos, un efecto que interpelará al lector. Este efecto depende de la articulación consistente de los componentes del texto. Por lo tanto, los cuentos de Poe se presentan como articulaciones que, sin ninguna pretensión de realismo, tienen como fin tomar un lugar en el mundo de la representación y el sentido. Desde esta perspectiva, “El corazón delator”, cuento de Poe, queda grabado como una presentación fiel de las afectividades humanas y algunos de sus reductos más arquetípicos: la culpa, el miedo y el horror.

…Entre los innumerables efectos o impresiones que es capaz de recibir el corazón, la inteligencia o, hablando en términos más generales, el alma, ¿cuál será el único que yo deba elegir en el caso presente? (Poe 13)

En este sentido, la “Filosofía de la composición” de Poe, la cual parte de la premisa de utilizar sólo los elementos necesarios para generar un efecto, cobra una relevancia capital ya que nos permite entender que un cuento es efectivo sólo a partir del montaje inteligente y prácticamente matemático de sus partes. La literatura, desde Poe hasta nuestros días, no pretende producir efectos desde un velamiento de su montaje, sino que pretende ser y tomar parte del mundo únicamente como artefacto; pretende en un sentido último evidenciar el simulacro del mundo del qué pasa a ser parte.

En este sentido, y tomando en cuenta que el trabajo editorial es fundamental en el proceso de construcción de una obra (y quizás del texto mismo), una lectura de la “Filosofía de la composición” podría arrojar luz sobre la relevancia del proceso editorial como un elemento (o serie de elementos) para la producción efectiva de un (y aquí soy reiterativo) efecto singular y desestabilizador del texto.

Una obra, por su portada, tipografía y veladas correcciones, es un artefacto que, como el texto por sí solo, pretende tomar posición en el mundo y, en consecuencia, catalizar de manera eficiente una reacción o momento afectivo. Este momento de choque, posibilitado por toda obra-producto, puede (a manera del texto) componer (transformando o imitando) al mundo en el que se inserta. Por lo tanto, en ciertos contextos, una u otra edición puede ser culpable del efecto que produce y, por lo tanto, debe pensarse con la precisión crítica con la que Poe construye sus maquinarias textuales.

Joaquín León [k]

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