El mar rojo faroés

Sobre la caza de ballenas, tradiciones, nacionalismos y salud en unas islas que, de vez cuando, tiñen sus bahías de rojo.

“No te parás a mirar un asesinato que pasa del otro lado de la vereda. Tenés que intervenir”. No es una frase sacada de la biblia, sino la visión que tiene Sea Shepherd sobre la matanza de ballenas en las Islas Faroe. A pesar de sus esfuerzos de más de tres décadas, el grupo conservacionista no ha podido evitarla. El pueblo faroés sigue firme en su tradición, llevando orgullosamente ballenas a su mesa en un regulado proceso conocido como grindadráp, que significa literalmente ‘matanza de ballenas’.

Grindadráp en Tórshavn (2011)

Unas 50.000 personas viven en las Islas Faroe, un pequeño archipiélago de 18 islas que forma parte del Reino de Dinamarca pero, sacando temas de defensa y representación internacional, es totalmente independiente. Los vikingos dijeron haber sido los primeros en poblar las islas, alrededor del siglo X DC. Hay otra versión, que dice que monjes irlandeses habrían llegado ciento de años antes.

Las Islas Faroe, entre Islandia y Noruega. Sus 18 islas suman 1.400km².

Las condiciones climáticas de las islas son muy duras: el viento y la lluvia son fenómenos diarios. Un día soleado es la excepción. En promedio, las nubes cubren el 88% del cielo y el porcentaje no varía a través del año. Hay pueblos en los que llega a llover 300 de los 365 días del año.

El suelo de las islas no es fértil y la vegetación de altura no existe. Los únicos árboles a la vista son los que están en los parques, importados de varios lugares del mundo, entre ellos Tierra del Fuego.

No es un dato menor. En el pasado, ¿de dónde podía sacar comida una población sin acceso a tierra fértil, con un clima que no perdona y alejada cientos de kilómetros de la costa más cercana? A la grindadráp no le falta justificación histórica.

Una chica ve a los botes llevar las ballenas a la bahía a minutos de una grindadráp en Kláksík (2012)

La grindadráp funciona así:

  1. Un barco avista una manada de ballenas o delfines.
  2. El barco avisa a tierra.
  3. Otros barcos voluntarios se le acercan y juntos van cercando a la manada en una de las bahías autorizadas.
  4. Otros voluntarios esperan en la bahía con diferentes herramientas (entre ellas un cuchillo especialmente diseñado para la grindadráp) y proceden a la matanza en sí.
  5. La carne se reparte equitativamente entre todos los que hayan ayudado. Está prohibida su comercialización, la única forma de obtenerla es ayudando en la caza.

Es importante notar la ausencia de barcos balleneros: toda la producción es amateur y pasiva. Esto hace al caso faroés menos controversial que el japonés, donde las ballenas son perseguidas activamente. Otro punto a favor de los isleños es que ninguna de las especies consumidas está en peligro de extinción.

También así se pueden explicar los números dispares de ballenas cazadas por año: apenas 54 en 2014, más de 1.000 en 2013, ninguna en 2008. La grindadráp tiene un factor azaroso importante: si no se avista ninguna manada, ese año no hay caza.

Ubicación de las 16 bahías habilitadas para la matanza de ballenas.

Sea Shepard no acepta ninguno de los argumentos en defensa y es tajante en su objetivo de parar la grindadráp. Para eso organizan acciones y camapañas en contra de la actividad ballenera de la isla. La última fue la llamada ‘Grindstop 2014’. Las campañas son vistas por los faroeses como un ataque directo a su cultura.

Paul Watson, el jefe y cara visible de la organización, es buscado en varios países por destruir dos barcos balleneros en Islandia en 1986 en lo que el mismo Greenpace calificó de “terrorismo”. Es especialmente infame en las islas. Ahí se lo conoce popularmente, medio en broma medio en serio, como el “public enemy number one”.

El gobierno faroés no duda en la cuestión y sigue a lo que la mayoría de la población opina: “Nos importa mucho la libertad de protestar”, pero “Sea Shepard es conocido por su métodos peligrosos tanto para la vida como para la propiedad”. Desde enero de 2015, la organización tiene prohibido el ingreso a las islas.

Un miembo de Sea Shepherd es arrestado en las Islas Faroe después de haber tratado de recuperar un barco que estaba siendo retenido.

Hay también una tercera posición y es, de lejos, la menos representada. Son los que no se oponen a la matanza por cuestiones éticas, si no pragmáticas: los niveles de mercurio son demasiado altos en la ballena como para ser consumida saludablemente. Sasha Abdolmajid es un un ambientalista independiente alemán que intenta ayudar a esa causa minoritaria. “Es la única razón por la cual los faroeses van a parar algún día”. Abdolmajid está en contacto con algunos faroeses que comparten su causa, pero no puede hablar de ellos en público: ninguno quiere arriesgarse a ser reconocido en la pequeña comunidad de 50.000 personas donde la grindadráp es vista casi como un derecho. Uno de los pocos que se anima a hablar es Ingi Sørensen, que además de estar en contra de la grindadráp, dice que los demás faroeses “creen que somos idiotas por estar en contra de la caza”.

Incluso las autoridades de las islas han sido claras con el asunto: los niveles de mercurio y PBC en la carne de las ballenas son demasiados altos para consumo humano. Hasta tal punto que la Sociedad Veterinaria y Alimenticia faroesa aconseja no comer ningún tipo de carne de ballena a mujeres que estén amamantando, embarazadas o que busquen concebir.

“No film, no film” me dijo un faroés mientras intentaba grabar el video. Cuando le contesté en su idioma, me permitió seguir sin problemas.

La grindadráp está muy asentada en la cultura faroesa como parte de la identidad regional. No trata solo sobre la comida, la grindadráp es, para la sociedad faroesa, un evento. Los alumnos salen de las clases, los niños acompañan a sus padres a la caza, las mujeres ayudan en la organización, los hombres se meten al agua y matan a las ballenas. Después de todo, en un país con apenas 50.000 habitantes, es de esperar que el sentido de comunidad está muy arraigado.

La hostilidades con la que miran a los críticos se puede explicar. Por un lado, está el sentimiento nacionalista que ve un ataque a la grindadráp como un ataque a la mismísima identidad faroesa y a una tradición que tiene miles de años.

La otra razón, quizás más lógica, es que los detractores de la grindadráp parecen no tener nada en contra del consumo generalizado de carne. ¿Por qué nadie dice nada sobre la vacas o los cerdos? Entre los faroeses el dato de que los cerdos son animales muy inteligentes está extendidísimo. Es un retruque bueno para cualquiera que critique su alimentación mientras come un sándwich de jamón. “No se pueden llevar las ballenas a un matadero para que no se vea la sangre”, dirá cualquiera faroés al omnívoro crédulo que insinúe que sus prácticas son crueles.

Una mujer ve la grindadráp con su bebé al lado (Tórshavn, 2011)

La puja no tiene final visible. Según una encuesta oficial, solo el 12% de los faroeses cree que se debería parar con la matanza, y son opacados por años de tradición. Sea Shepard, por su parte, evidencia una actitud casi hostil hacia otros puntos de vista y una radicalidad poco común. Por lo pronto, las playas faroeses siguen tiñendosé de sangre cada vez que un pescador avista a las ballenas. Ni el mercurio ni los ecologistas pueden contra la tradición de una nación fundada por vikingos.