ALARMA EN COLOMBIA POR ATÚN CON MERCURIO.

Por Joaquín Teheran Lora

En Colombia, hace varias semanas se generó una alarma entre los consumidores, porque la Secretaría de Salud de Boyacá y el Invima (que es el instituto encargado de la vigilancia de los medicamentos y alimentos) encontraron niveles de mercurio superiores a los permitidos en un lote de atún enlatados por la firma Van Camp’s.

Y es lógico y explicable la alarma entre los consumidores ya que el mercurio y los compuestos mercuriales constituyen, de acuerdo con la Organización Mundial de la Salud (OMS), uno de los diez grupos de productos químicos con mayores repercusiones en la salud pública.

La firma comercializadora tuvo que proceder al retiro de ese lote de atún y comunicaron a los consumidores pueden estar tranquilos, porque sus productos “son seguros para el consumo humano y no representan peligro alguno para la salud de las personas”.

Precisamente el consumo de pescados y mariscos contaminados es una de las principales fuentes de exposición humana al mercurio. También las amalgamas o empastes dentales son otra fuente de contaminación mercurial no menos importante.

Empastes o amalgamas como fuente de contaminación mercurial.

OJO CON LOS EMBARAZOS DE LAS MUJERES CON MERCURIO.

En el feto, en el lactante y en el niño, el principal efecto de este compuesto es la alteración del desarrollo neurológico. La exposición al metilmercurio en el útero, que puede proceder del consumo materno de pescados y mariscos contaminados o de las amalgamas de la madre, afecta negativamente el desarrollo del cerebro, del resto del sistema nervioso del niño y producir efectos negativos en la función cognitiva, la memoria, la atención, el habla y las actividades visoespaciales y motoras finas (autismo, por ejemplo).

Del grupo de potenciales afectados también hacen parte las personas expuestas de forma sistemática (exposición crónica) a niveles elevados de este metal, como poblaciones que practiquen la pesca de subsistencia o personas expuestas en razón de su trabajo.

En ellos se pueden observar trastornos neurológicos y del comportamiento, con síntomas como temblores (Parkinson), insomnio, pérdida de la memoria, efectos neuromusculares, cefalea o disfunciones cognitivas y motoras.

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