Historia oculta de una novela inédita (i)


“Viajar en bicicleta” es una columna de literatura, arte, deporte y creación literaria escrita especialmente para La Jornada BC. Los artículos se publican todos los viernes al mediodía en el portal, se reproducen los lunes en mi página de autor bunker84.com y aquí. Este artículo se publicó el 16 de junio y es la novena entrega.

Toda novela cuenta dos historias, la que los lectores leen casi acariciando las páginas con la mirada y la que vivió el escritor mientras la escribía. La de mi novela Nunca más su nombre podría decir que habla sobre mi papá y quizá por eso, y porque está cercano el Día del Padre, decidí escribir sobre ella y sobre él en esta columna, que estará partida en dos entregas.

Desde que tenía veintitantos años recuerdo que siempre visualizaba el momento en que empezaría, una vez finiquitadas las primeras ideas de libros que se me ocurrieron primero, una novela sobre la historia de mi papá como si fuera a escribir un ajuste de cuentas. Y en una ocasión, en alguna revista electrónica o en mi página personal, rescaté esa idea escribiendo leves fragmentos sobre su perfil y sobre el mío una vez que me fui forjando con su mano dura, siempre estricta y unas veces sorda.

Mi padre fue militar, pero no militar del tipo que Renato Cisneros, en esa maravillosa novela llamada La distancia que nos separa, describe y explora al militar. Fue un milico que pudo haber llegado lejos en el ejército, pero de pronto decidió romper filas y retomar su matrimonio, pues a los 19 años de edad Mario Flores Márquez había embarazado a mi mamá cuando apenas ella tenía 14 años. A lo poco la dejó para enlistarse en el batallón de la zona militar de Zacatecas y cinco años después volvió a embarazarla. Sus problemas económicos y el poco tiempo que pasaban juntos les ocasionaron constantes problemas. Al punto que, seguro (esto no lo sé a ciencia cierta, se me ocurre pensarlo ahora), mi madre prefirió decirle: “ejército o familia”. Mi papá eligió a su familia, una familia que ocho años después desvalijaría en un divorcio, luego de haberse hecho, como muchos hombres del semidesierto, alcohólico y áspero de modos con los suyos.

De mi papá tengo pocos recuerdos. Solía ser brillante para las matemáticas: resolvía divisiones, restas, raíces cuadradas y multiplicaciones complicadas en segundos, sin esforzarse demasiado. Era atlético: no sé si corría en su época de juventud o si levantaba pesas, pero a mi hermano y a mí solía cargarnos en sus brazos musculosos durante minutos y lanzarnos al aire y volvernos a cachar sin lastimarnos. También era un hombre resolutivo con las manos: si alguna avería surgía en la casa, él la reparaba, incluso llegó a reparar muchas veces la caja de velocidades de su camioneta. Era desesperado y lo demostraba alzando la voz o castigando a sus hijos cuando ellos no entendían cómo hacer cierta tarea. Pero también era uno de los hombres más graciosos de mi niñez: mis primos solían decirle tío Toto, porque se ponía un sombrero que simulaba las orejas de Mickey Mouse y contaba chistes con el tono de voz de Goofy, pero que solían hacernos reír. Más grande entendí que con Toto en realidad siempre quisieron decir tonto.

La historia familiar de mi papá, sin embargo, siempre ha sido un iceberg en mar abierto: llegar a sus orígenes es nadar y nadar en el frío de las aguas, en la oscuridad de las profundidades, para sólo descubrir lo que ya se sabía. Es hijo sin padre: mi abuela lo tuvo con un hombre que a la fecha desconozco quién es. De adolescente no terminó sus estudios. Fue durante un par de años paramédico de la Cruz Roja. Hay algunas fotos de sus andares entre la ambulancia y las camillas en un álbum familiar. También fue empleado de mostrador de una tienda de discos, la cual le ayudó a comenzar su colección que años más tarde terminaría desbaratada en las borracheras que se pondría. Luego, además de haber estado en el ejército, trabajó como velador en la Universidad Autónoma de Zacatecas, unas veces haciendo suplencias en el Teatro Calderón, sitio donde yo vi de niño mis primeras obras de teatro, y otras en la Biblioteca Central, lugar donde tuve contacto por vez primera con los libros. Al final, gracias a los ahorros de mi mamá, arrancó una empresa propia, que era la tienda de dulces ambulante que nos ayudaría a construir un patrimonio.

Por aquellos años Zacatecas era un ciudad en crecimiento, muchas de sus calles que conducían del casco antiguo a las colonias de la periferia eran de terracería. Eso motivó a mi papá a invertir los pocos ahorros comprando una Van Ford modelo 77 y llenarla de dulces para venderlos a las tiendas de abarrotes que apenas iniciaban en la Colonia Minera, Cinco Señores o Felipe Ángeles. En los primeros años hubo bonanza, la compra de un departamento nuevo en Tres Cruces (donde pasaría mi adolescencia) que nos salvó de seguir viviendo en la periferia zacatecana, así como el pago puntual de las colegiaturas, los servicios, las navidades con regalos para los tres hijos (porque a los dos años de arrancada la tienda nacería mi hermana) y la sustitución de la Van por una Nissan pick up de redilas de madera para modernizar el negocio.

Pero años después, como si en el destino siempre hubiera estado escrito que el matrimonio de mis papás iba a romperse en cualquier momento, tuvimos el accidente contra el tren en la época en que la tienda ambulante nos daba la bonanza y desde ahí la vida de mi padre se vino en picada y con ello también la vida de su familia. Recuerdo el sonido de la locomotora, las ruedas de acero rechinando contra las vías. Veníamos saliendo del Mercado de Abastos, porque habíamos llenado la camioneta de dulces. Mi hermano y yo viajábamos en la parte de atrás, una estructura amplia de fierro, tapada por una lona gruesa, donde estaban acomodadas las cajas de dulces. La camioneta se detuvo, dio una vuelta completa, nosotros rodamos, una caja se vino encima de mi brazo, mi hermano se golpeó la nariz contra uno de los barrotes. Al final, por el bullicio que se escuchaba afuera y nuestro desconcierto, salimos apresurados, la luz nos cegó, pero alcanzamos a ver a mi mamá cargando a mi hermana, a mi papá pálido, aún con los lentes oscuros puestos, y a los vagones del tren detenidos frente a la Nissan, cuyo frente estaba destrozado y tiraba agua del radiador.

Por la gente que se acercó a auxiliarnos supimos que la camioneta había quedado atascada entre la vías, mi papá intentó sacarla varias veces, pero por nervios, miedo, enojo, qué se yo, no metió bien el clutch y el motor se apagó. En un último intento corrió con suerte y logró echarla de reversa, pero el tren ya estaba cerca y alcanzó a golpearnos con la escalera.

De niño, muchas veces antes de dormir, llegué a preguntarme qué había estado pensando mi padre mientras veía a la locomotora, haciendo ese horrible pitido a los lejos, a toda velocidad contra su patrimonio, su familia, contra él. ¿Por qué él, que era en verdad el hombre más resolutivo del mundo, que conducía mejor que ningún otro un vehículo, no había logrado evitar ese accidente? ¿Estaba discutiendo con mi madre y por eso se distrajo?, ¿las deudas pendientes lo hicieron estar en otra parte y los hicieron reaccionar tarde?, ¿o en realidad quería que el tren nos chocara para finiquitar su matrimonio?

Alguna vez le compartí a mi hermano mayor mis dudas. Y él sólo me contestó: “no estés fregando, ya pasó, es momento de seguir sin ese recuerdo”.

El choque contra el tren se convirtió en un terrible episodio en mi historia familiar, fue el primer terremoto en la capas tectónicas de los míos. Ni vendiendo las pocas propiedades y la misma camioneta Nissan, mis papás pudieron pagar las deudas con el tren. Había que pagarle a los pasajeros, porque en ese tiempo la locomotora los transportaba, los daños a las vías, porque al frenar así de pronto se había estropeado, y al tren mismo, porque la escalera se había estropeado, y hasta los daños sicológicos provocados al operador.

La deuda con el tren quebró el patrimonio que mi padre estaba construyendo y fue la causa de que, tiempo después, lo deprimiera el desempleo, incrementara su alcoholismo, y nos viera a sus hijos y a su esposa como una responsabilidad difícil de llevar. Luego nacieron los complicados pleitos entre esposos que los llevaban a los insultos y a los golpes; esos reclamos que pudren las relaciones de amor y marcan a los hijos.

Hay un episodio en el clímax de Nunca más su nombre que narra uno de esos episodios no tan fiel como me hubiera gustado hacerlo. Pero lo narra como un registro que me ayuda tratar de comprender a mi padre, al menos sus impulsos más oscuros que lo llevaban a desconocer a su esposa y a sus hijos.