Historia oculta de una novela inédita (ii)


“Viajar en bicicleta” es una columna de literatura, arte, deporte y creación literaria escrita especialmente para La Jornada BC. Los artículos se publican todos los viernes al mediodía en el portal, se reproducen los lunes en mi página de autor bunker84.com y aquí. Este artículo se publicó el 23 de junio y es la décima entrega.


A l final se divorciaron cuando yo tenía ocho años. A mi papá solíamos verlo mi hermana y yo algunos sábados, porque la patria potestad de los hijos la había ganado mi madre y se acordó que su ex marido nos visitaría cada quince días. Poco a poco la aspereza del hombre se centró en mí haciéndome creer que sus únicos hijos eran mi hermana y mi hermano. Sus comentarios criticaban mi falta de hombría, mi desinterés en los deportes. Decía que era débil y bobo porque me parecía a mi mamá (la villana del divorcio) y no merecía ser invitado por él a comer o al cine.

No voy a negar que muchas veces me dolieran sus palabras, esas cuchilladas en el alma. Pero haber tenido mamá de sobra cubrió la cuota de amor que mi papá fue dejando vacía.

Hay buenos episodios de aquella época que pasarán como joyas de mi historia familiar. A mi papá le duraba poco la actitud de padre modelo frente a mis hermanos y volvía a la bebida. Pasado de cervezas, por las madrugadas estacionaba la camioneta afuera del edificio donde vivíamos. Ponía la música a reventar las bocinas en el estéreo, bajaba el volumen y gritaba el nombre de mi madre y hasta de lo que se iba a morir. Después aceleraba el motor, patinaba las llantas contra el asfalto y conducía su camioneta en la Avenida México como si fuera una pista de carreras.

Esas parrandas pronto se la cobraron caro. En una madrugada estrelló la camioneta contra un muro de contención Cerca de Rincón Colonial y los daños fueron la fractura de dos de sus cervicales que lo obligaron a llevar collarín durante más de medio año y a que casi perdiera la camioneta en el corralón porque tardó en pagar la deuda al departamento de tránsito. Mi hermano y yo solíamos reírnos de un episodio durante su recuperación. En alguna comida familiar en casa de la abuela Victoria a mi papá le había tocado picar la verdura y, para descansar el cuello, durante unos minutos se quitaba el collarín por recomendación del médico. Esa vez, mientras picaba las calabazas y zanahorias, llegó a doblársele y, por más que se esforzó en enderezarlo, se quedó torcido, y me gritó “ayúdame hijo, por favor”. No voy a negar que me tardé en auxiliarlo y que días siguientes, frente a mi hermano, yo solía caminar con el cuello doblado arremedando a mi papá como si me estuviera vengando de sus comentarios.

Al igual que a mi mamá, a mi padre también le sonrió el amor. Años después una chica veinte años más joven que él lo invitó a buscarse la vida en Guadalajara, porque el desempleo en Zacatecas te espera a la vuelta de la esquina. Me gustaría escribir que se despidió de nosotros, sus hijos, como en aquella ocasión que se fue a buscar suerte a Ciudad Juárez, pero no nos buscó, ni avisó a mi mamá. Nos enteramos de que se había ido porque dejó de ir los sábados por mi hermana al departamento y porque una vez que yo pasé a la casa de la abuela Victoria y pregunté por él, la vieja solo me dijo “anda lejos tu padre y no vengas a preguntar por él”. Desde esa vez, tardé años en volver.

Sin padre acabé mi niñez, inicié la adolescencia y perdí mi virginidad.

Sin padre aprendí a cometer errores, a cagarla, como diría él, pero también a solucionarlos, como me enseñó mi mamá.

Y sin padre comencé a vivir solo recién entré a la universidad.

Y conocí el amor verdadero. Y me casé en una ciudad en la que jamás pensé iba a vivir.

Mis relaciones fallidas con amigos, ex novias o cercanos me fueron enseñando cómo esconder la historia de mi papá, pues en nuestro México conservador existen dos discursos con los cuales son tratados los hijos de padres divorciados. Uno de ellos es la lástima y el otro es el rechazo. Es común escuchar en boca de otros “el pobrecito, actúa así porque los abandonó el papá, hay que ayudarlo porque solo no puede”; o bien, el “¿cómo pudiste confiar en él?, si es de padres divorciados, ¿qué no sabes que esos repiten los patrones?”.

Ambos discursos, incluso, me han llevado a aborrecer aquellos que, carentes de logros propios, presumen el apellido o las victorias de su padre como si fueran las propias, solo porque la vida ni el valor les ha alcanzado para construir los suyos.

He tratado de esconder la historia de mi padre no nombrándola nunca, pero su historia siempre me ha perseguido como mi propia sombra.

Doce o quince años después, en 2013 para ser exacto, de Zacatecas me invitaron a presentar mi libro Rojo semidesierto. Recuerdo que era septiembre y que uno de mis tíos me avisó que mi abuela Victoria había enfermado. Al contarle a mi mamá, generosa como siempre ha sido, me pidió que fuera a visitarla una vez que estuviera en la ciudad. “Aunque haya sido una mujer dura con ustedes, ustedes tienen educación y son corteses”, me dijo. “No vengas conmigo hasta que no visites a tu abuela”.

Obedecí a mi mamá por la tarde, antes de la presentación de mi libro. Recuerdo que pisé la entrada de aquel departamento de la Ventura Salazar como lo había hecho años atrás, cuando solía ir a preguntarle a la abuela o a mis tíos si sabían algo de mi papá, luego de que se fue a Guadalajara. Toqué la puerta, escuché voces de niños jugando en la sala, voces como las de mi hermano y yo y mis primos cuando jugábamos de pequeños. Quien me abrió, sin esperarlo, fue mi papá. Mi tío jamás me dijo que estaba en la ciudad y honestamente pensé que ese encuentro tardaría más años, y sucedería cuando yo estuviera más preparado. Luego, no sabría decir si la sangre o el alma, se me bajó a los talones hasta desaparecer y la boca me tembló. Quiero pensar que le sucedió lo mismo a mi papá: en lugar de decirme alguna frase que resumiera su sorpresa, el gusto de verme después de tantos años, sólo me dijo: “hola, pásale”, como si yo fuera cualquier familiar.

En la sala, todavía sin habla, no hubo tema de conversación, parecía que tanto él como yo teníamos miedo de hablar, de decir algo que no fuera del agrado del otro. Lo acompañé a la cocina porque estaba ayudando a preparar la comida. Y mientras revisaba las cacerolas encima de la estufa intercambiamos una que otra palabra sobre el clima en Guadalajara, cuándo había llegado y cuándo tenía pensado volver. Posiblemente se tocaron otros temas mínimos, pero por su intrascendencia los he olvidado. Quizá me habló de sus razones por qué había dejado Zacatecas hacia 12 años o más, y comparó su decisión con la mía, al haber dejado Zacatecas para venirme a vivir a Tijuana. Quizá lo escuché simulando agrado y no objeté sus palabras porque en el fondo yo sabía que venían de un hombre, que solo se había quedado en mi memoria como aquel que vivió pocos años con nosotros, luego se desentendió y al final terminó por no saber quiénes éramos, es decir, era un hombre ajeno y desconocido.

Recuerdo que hubo un silencio entre ambos, y que lo aproveché para pasar a ver a mi abuela. Estaba dormida en la cama de un cuarto contiguo, se veía más vieja y más flaca. Agarré su mano, le di un beso en la frente y me salí del cuarto influido por la idea de irme de allí. En la sala había dos niños que más tarde reconocí como los dos hijos de mi padre, mis medios hermanos, que también podrían haber pasado, por su edad, como mis hijos. Una de mis primas le pidió al mayor que me saludara con respeto, pues era su hermano mayor. El niño se me acercó agarrándome la mano, era delgado como yo de pequeño. Le dije hola y me sonrió. Después miré al más chico, que estaba sentado en una de las sillas del comedor intentando escribir círculos y líneas en una libreta, los típicos ejercicios que a los niños les ponen en la primaria para pulir la simetría de su escritura.

Como uno de mis primos regañó al más pequeño porque no estaba escribiendo bien, me enojé al punto de que preferí llevarlos a la Plaza Bicentenario para que se alejaran del ambiente que reinaba en aquel espacio.

Recuerdo que les compré un helado y que mientras se lo comían mirándome bajo un cielo claro, un sol esplendoroso, seguro se preguntaron si en verdad yo era su familiar. Qué sabían ellos de la historia de su padre, nuestro padre, con nosotros. Qué sabían de aquel borracho golpeador. Nada. Estaban en ese momento frente a mí porque no eran dueños de sus propias vidas y dependerían del hombre que tiempo atrás no quiso dar la cara por sus hijos.

Cuando se acabaron el helado, me pidieron otro y se los compré.

Me volvieron a pedir otro y preferí comprarles un bote para ellos solos.

Esa tarde, sin embargo, como el niño mayor comenzó a contarme quién era su papá, me enojó aceptar lo ingrata que es la vida. Gracias a esa voz cándida de un niño de siete años, mi medio hermano, fui conociendo en qué se había convertido mi padre, qué había hecho desde que nos separamos. Ese niño se atrevió a decirme las palabras que no salieron de la boca de nuestro papá en cuanto nos vimos.

Y no sé por qué, pero unas ganas tremendas de abrazarlos me invadió. Incluso, esto se lo conté a mi esposa una vez que llegué al hotel, me dieron ganas de que mi padre ya no estuviera vivo y que esos niños fueran míos, para traerlos conmigo a Tijuana y darles la vida que mi padre no nos dio. Pero mi padre estaba vivo y se estaba esforzando en darle a esas dos criaturas la vida que se perdió a nuestro lado.

Al regresar a Tijuana decidí escribir la novela. Habían pasado las cosas y no me iba a echar para atrás. Ese momento fue el impulso para que me propusiera escribir durante cuatro meses, de enero a junio, la historia del padre que me tocó. Apoyado por mi esposa y con una energía que creí olvidada, todas las mañanas me despertaba con el único objetivo de revivir los episodios que creí olvidados al lado de mis hermanos, de mi mamá y de mi papá, como si escribir nuestra historia familiar fuera perdonarnos, perdonarlo, por los caminos que no tomó o no tomamos.

Y, mientras la escribía, muchas veces llegó a pasar por mi cabeza que yo siempre quise un padre, como cualquier hijo en esta vida, y en mi trayectoria de orfandad adopté a varios y también varios padres postizos llegaron a adoptarme a mí. Después, al darme cuenta de que nunca se llena ese vacío, me creé yo mismo al padre que siempre quise y así me he sostenido hasta mis treinta y dos años de edad.

Al final, mientras mis dedos tecleaban las últimas palabras, incluso ahora que finiquito esta columna para acordarme de esos días, supe que padre solo hay uno y el padre que me tocó es la historia oculta, completa o incompleta, que reposa en las costillas de Nunca más su nombre.