¿Por qué no vuelvo?

¿Qué pasa si no vuelvo al estadio a ver fútbol? ¿Habrá algo que lo logre? Pensé eso un día y sentí culillo porque ya tenía la idea en la cabeza. Como ocurre desafortunadamente con algunas personas que piensan en acabar con su vida, y lo hacen, por valentía o cobardía.

Disfrutaba de los gloriosos años de Nacional entre 2011 y 2016, pero también me colmaba la ‘tensión’ de algunos hinchas –de los que sí van al estadio y los que apoyan por Internet–; además de los insoportables pero necesarios controles de seguridad.

Además, me sorprendía ver en cada partido a más personas con ese ‘estilo de vida’ que se basa en pedir monedas para comprar boletas, o tal vez para perico, bareta, pepas, trago, o como pasa pocas veces, comida. Curiosamente, lograban pasar los estrictos controles de seguridad –en los que exigen boleta– para mejorar el ‘retaque’. Algunos dirán que eso es ‘malicia’, ‘cancha’, o a la brava, como nos gusta.

Pasaron algunos meses y volvió el culillo: nuevamente pensé en no volver a la cancha. Eso fue el 12 de abril de 2016, día del juego entre Sporting Cristal y Nacional por Copa Libertadores en el fantástico Nacional de Lima.

A Lima llegaron más de mil 500 hinchas de Nacional. En avión, bus o ‘pirateando’ –colgados de tractomulas y camiones–. Aunque no es sorprendente que sigan a Nacional a donde sea, ese día empecé a sentir que mi idea de no volver a un estadio, tenía fondo.

Varios de los que viajaron –con grandes esfuerzos y sacrificios– parecían ‘pordioseros’, como los describió una señora que esperaba un cambio de semáforo para cruzar una calle del hermoso sector de Miraflores, en Larcomar, Lima.

La doña, que estaba cerca de mí, se asombró cuando vio un grupo de muchachos harapientos, drogados, desubicados. Ella sintió miedo, y yo pena. Porque eran muchos los que estaban en la misma condición con ropa de Nacional. Esa fue la imagen que quedó en Lima.

El día del partido la policía limeña capturó a 15 personas –con prendas de Nacional–, porque asaltaron una tienda y robaron a cuchillo a varias personas. Un par de ellos tenía pistolas y armaron un tiroteo que salió en la prensa de ambos países. Los videos de la balacera opacaron el partido.

“¿A eso fueron a Lima?”, me preguntó mi Papá, riéndose con ironía.

Nuestro ingreso al Nacional de Lima fue ‘divertido’ con la requisa de la policía peruana. Puro heavy metal.

Adentro del estadio mi idea tomaba forma. Ese día el olor a marihuana no molestó. El fastidio de varios era el ‘aroma’ mugriento que hostigaba y recorría el pedazo de tribuna en donde metieron 1.500 almas visitantes, y similar al de otros estadios y tribunas. En 1998 empecé a ir al estadio y no había sentido ni oído lo de ese día.

Mientras mirada el partido — Nacional ganó 0 x 1 con penal de Ibarbo — , me distraía cuidando a mis amigos de la gente que se les acercaba. También me distraje con una pelada bonita de unos 19 o 20 años que seguro se escapó y viajó.

Ella tenía puesta una camiseta blanca — percudida y manchada por el viaje — , un short de jean, tenis de color blanco, y una barriga de entre 4 y 5 meses de embarazo.

Mostraba su barriga orgullosa y se tomaba ‘selfies’ con sus compañeros de aventura, unos pelados que llegaron fueron a todo menos a ver a Nacional. Estaban como los muchachos del semáforo: idos, intentando cantar, pero se perdían una y otra vez. Eso no es novedad, aquí también pasa.

Se acabó el juego y cerca del estadio hubo tropel. Un grupo de la barra de Sporting Cristal atacó a la hinchada de Nacional — eso tampoco es novedad — . Mis amigos y yo resolvimos rápido y nos fuimos a descansar porque viajábamos al día siguiente a Cusco y Machu Picchu.

En Cusco descansé de mi idea — que se aferró como pasa con algunos políticos con el poder — , pero seguía ahí, me daba risa, me fastidiaba y me sacaba la piedra.

Además: Nacional tiene dos o tres ‘barras bravas’ y ahí hay odio. Justo antes de abordar el vuelo Bogotá — Lima, en la terminal Internacional de Eldorado, dos muchachos, de bandos distintos, se iban a dar en la jeta. Haciendo la fila de abordaje, uno de ellos tomaba aguardiente directamente de la caja y amenazaba a otro. Así empezó el viaje, en el avión fue parecida. Sólo quedaba reírnos. El regreso también tuvo su tropel en el aeropuerto.

Volví a Colombia y fui al partido contra Huracán en Medellín. Mientras caminaba por el estadio otra vez algunos se acercaron a pedir — o exigir — monedas para la boleta, porque habían viajado a Lima. Ese era el argumento para ‘retacar’.

Luego viajé a Bucaramanga y esa idea no se movió más, se quedó ahí, firme. Hablamos con mi Papá de las posibilidades de Nacional en Libertadores y de un posible viaje a Japón. A él, que no le agradaba que viajara a ver a ‘Los Rengos’ — así le decía a Nacional — , fue quien me motivó para viajar al Mundial de Clubes. Tres meses después se fue, pero me dejó la semilla para cumplir mi sueño.

En los primeros y más duros días de su ausencia, la idea se fue, y cuando volvió no incomodaba porque lo quería hacer. A mi Mamá el viaje a Japón le parecía una locura, hasta que fue la primera en escucharme decir otra cosa que nunca creyó: “Voy a Japón a mis últimos partidos de Nacional. Es como un ‘doctorado’ después de más de 15 años de ir al estadio para ver a Nacional”.

Tantas situaciones violentas como matar por una camiseta, tantos conflictos y escenarios lamentables — ajenos al deporte — generados por el supuesto amor al fútbol, me alejan de uno de los pocos sitios en donde realmente sentí tranquilidad porque era mi terapia: ¡ver a 22 pendejos corriendo detrás de un balón!

Volveré cuando tenga a quien enseñarle algo de mi locura. ¡Es una promesa Donal!

Tiempo de adición: Afortunadamente, los buenos siempre serán más.

Show your support

Clapping shows how much you appreciated Johan Triana’s story.