Apuntes rioplatenses (1) — El Superclásico

José Juan Zapata Pacheco

Plantel de Boca Juniors en 1991. Antonio Apud está en la fila de abajo. Segundo desde la derecha. Fuente: Informe Xeneize

El pibe se llamaba Antonio Apud, y como a todo argentino con apellido de Medio Oriente le apodaban “El Turco”. Era tucumano y había debutado en 1987 con uno de los clubes de su ciudad. En menos de tres años cumplió el sueño de llegar al club de la Ribera. Jugó sólo un par de temporadas en Boca Juniors, pero le bastó para ser campeón. Había poco lugar en un plantel de estrellas como Gabriel Batistuta y Diego Latorre, pero el pibe puede presumir que hizo un gol de esos de antología. Fue en la cancha de Ferro. Trazó una larga corrida desde la banda y desde fuera del área metió un derechazo que mandó la pelota abajo del palo izquierdo.

En Boca pocos lo recuerdan. Pero yo sí, porque algunos años después, en 1995, se le ocurrió hacer un gol parecido en México. Para darle más condimento (fue en el estadio Jalisco, contra el Atlas) corrió desde atrás de la media cancha y la bombeó a la salida del arquero. Lo recuerdo porque lo hizo con el club de mis amores, con Santos Laguna.

La cancha de Boca Juniors está en uno de los barrios más legendarios de la ciudad de Buenos Aires. A fines del siglo XIX y principios del XX llegaron ahí millones inmigrantes italianos, pobres, que habitaban casas de chapa y de madera; conventillos (vecindades) que ahora son una atracción pintoresca. Más allá de un par de cuadras de escenografía para turistas cámara-en-mano, La Boca late con su magia de barrio bravo, malevo. No han cambiado demasiadas cosas en más de un siglo. Como tampoco ha cambiado una pasión que surgió en 1906, en una perdida plaza del barrio donde ningún turista desearía pararse hoy.

Tal vez pocos recuerdan a Apud en Boca. Como tal vez pocos recuerdan, en la vereda de enfrente, en River Plate, a un jugador que compartía el arco con Ángel David Comizzo. Yo lo recuerdo porque muchos años después, un domingo de diciembre en Torreón, era el arquero del primer plantel de Santos Laguna en alzar un trofeo de campeón. Se llamaba José Miguel Zavadlav y le apodaban el Gato. Y al igual que el Turco, se dio el gusto de campeonar antes en Argentina, en el River de Passarella.

River nació también en La Boca, pero se fue pronto del barrio. Vagaría por un par de sedes antes de establecerse en los años treinta al norte de la ciudad de Buenos Aires, en Núñez, un barrio de clase media donde no queda mal su apodo de “Millonarios”. Su cancha, el estadio Monumental, es el más grande del país. Ahí, en 1978, Menotti hizo campeón a la selección argentina tras vencer a Holanda. A pocos metros de ahí, la dictadura torturaba.

Pocos partidos tan impresionantes como un clásico entre Boca Juniors y River Plate. Algunos periódicos dicen que es uno de los espectáculos deportivos a los que hay que asistir en la vida. Mucho tiene que ver el fervor de las hinchadas, el color de las tribuna, más que el futbol en sí, que cada vez más viene a la baja. Pero la capital bulle con otras rivalidades igual de fervientes. Hay quien dice que el San Lorenzo — Huracán es el clásico más caliente de Buenos Aires. Pero no nos quedemos sólo en Primera, no olvidemos rivalidades barriales entre clubes del ascenso, como la de Nueva Chicago y All Boys, o la de Atlanta y Chacarita (aunque su estadio se ubica fuera de la capital).

Hemos hablado mucho de olvido, pero hay un superclásico que seguramente los hinchas de Boca recuerdan. Fue en la fase de grupos de la Copa Libertadores 1991. Los xeneizes vencieron a River en el Monumental con dos goles de Batistuta. Semanas antes ya los habían vencido 4–3 en la Bombonera. Pero yo lo recuerdo por otras cosas. El arquero era José Miguel. Antonio Apud entró de cambio. Y recuerda: “Fue como tocar el cielo con las manos”.

En El Siglo de Torreón, 23 de julio de 2016

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