Apuntes rioplatenses (2) — El Sur

José Juan Zapata Pacheco

Hinchada de Banfield. Fuente: La Razón

“Nadie ignora que el Sur empieza del otro lado de Rivadavia”, decía Borges, al hablar de la capital de la República Argentina. “Quien atraviesa esa calle entra en un mundo más antiguo y más firme”. Nadie ignora, tampoco, que más allá de la Avenida General Paz y el curso del Riachuelo, los límites de la ciudad, inicia un espacio casi mítico: el Gran Buenos Aires, el extenso conurbano bonaerense. Algo así como los municipios del estado de México que rodean el ahora extinto Distrito Federal.

Hace poco escuchaba una entrevista con el escritor Germán Maggiori, donde decía que el conurbano es una especie de zona de frontera, “una franja en medio de la civilización y la barbarie”. Pero no es el único que acude a él en la literatura. Narradores como Mariana Enríquez y Juan Diego Incardona han retratado ese espacio lleno de barrios infinitos, villas miseria, fábricas, cumbia, rock urbano y… clubes de futbol.

En Buenos Aires existe un sistema metropolitano de trenes que permite viajar a los suburbios más recónditos fuera de capital. El tren Roca es el que cubre la zona sur, tan legendaria como futbolera. Desde la estación Avellaneda se alcanzan a ver los estadios de Racing Club e Independiente. Rivales y vecinos, tan inseparables que están a unos cuantos metros de distancia. Habrá que remontarse a los clásicos de inicios de la década del 2000. Independiente contaba con contaba con una delantera notable, con un tal Matías Vuoso acompañado de un tal Diego Forlán. El Toro se dio el gusto de anotarle a Racing un par de veces. Todavía no bailaba como aprendió a hacerlo en La Laguna, pero casi.

El clásico de Avellaneda es el más famoso del conurbano bonaerense, y a la vez es una rivalidad que trasciende fronteras, dado que son clubes de convocatoria nacional. Pero si buscamos un verdadero clásico del sur, barrial y electrizante, habría que asistir a un Lanús-Banfield. Del Granate no hay mucho más que decir, ya que los nombres de Agustín Marchesín y Carlos Izquierdoz hablan por sí solos. Pero en la vereda de enfrente también encontramos referentes. Walter “Lorito” Jiménez y Christian Lucchetti tuvieron un paso notable por Banfield, equipo que comparte colores con los laguneros.

Hay una tarde de 2002 que los hinchas del Taladro no olvidarán. Goleaban 5–0 a River Plate en su casa, el Estadio Florencio Solá, con un gol y una asistencia del Lorito Jiménez. El sexto estaba por caer, pero la hinchada de River empezó a robar los balones que caían en la popular e incluso rompieron el alambrado, con el fin de que el árbitro suspendiera el encuentro, y así sucedió. Cosas del futbol argentino.

Pero más allá de los reflectores de la Primera División, el sur hierve con una enorme cantidad de clubes pequeños, que navegan entre las numerosas categorías inferiores del futbol argentino; cada uno con su mística propia. Así, el ramal Temperley del tren Roca es una letanía de equipos: Luego de estación Avellaneda viene Gerli (sede del Club El Porvenir, donde surgió precisamente el Lorito), Lanús, Banfield, Remedios de Escalada (Club Talleres), Lomas de Zamora (Club Los Andes), y por último, Temperley.

En esta localidad bonaerense, nudo ferroviario desde finales del siglo XIX, se encuentra uno de los clubes más tradicionales del sur, un histórico del ascenso que ahora juega en Primera División gracias a la expansión a 30 equipos de la liga. El Club Atlético Temperley es un nombre que seguramente no dice mucho en México. Pero aquí, a fines de los ochenta, debutó un pibe rubio, que se haría grande en las ligas de Chile y México. Su nombre: Héctor Raimundo Adomaitis. Seguro lo recuerdan. Le apodaban “El Ruso”. Otra historia del sur, del inmenso conurbano.

En El Siglo de Torreón, 26 de julio de 2016

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