Resonancias cardenches

José Juan Zapata Pacheco (2009)

Los Cardencheros de Sapioriz / Foto: Jessica Jaramillo
En Sapioriz (Durango, México) viven los últimos cantantes de un estilo musical campesino que carece por completo de acompañamiento instrumental. Es un canto polifónico, a tres voces, con largas pausas que se intercalan en el fraseo musical. Un canto surgido de las largas horas de sol en las haciendas de La Laguna, y que ahora avanza hacia una muy probable desaparición.

English version (Translated by Kaija Viitpoom)

“La estrella del norte, llave del mundo…”

-En realidad nosotros aprendimos porque oíamos a los anteriores y les pedimos que nos enseñaran de lo que ellos sabían. No nos enseñaron todo, no alcanzaron, pero ahí fue como aprendimos nosotros…

Don Lupe Salazar tiene una voz grave y pausada, y toma un respiro afuera de una casa en Sapioriz, Durango. El sol de abril golpea a pleno las calles sin pavimentar de este ejido de la Comarca Lagunera, un poblado que no pareciera tener nada de especial respecto de cualquier otro en el norte de México. Aún así, se respira un aroma a tradiciones en el último reducto de la canción cardenche.

En Sapioriz viven los últimos cantantes de un estilo musical campesino que carece por completo de acompañamiento instrumental. Es un canto polifónico, a tres voces, con largas pausas que se intercalan en el fraseo musical. Un canto surgido de las largas horas de sol en las haciendas de La Laguna, y que ahora avanza hacia una muy probable desaparición.

Desde los años setenta el cardenche llamó la atención de etnomusicólogos por su carácter único en el panorama de la música tradicional mexicana. La fonoteca del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) editó las primeras grabaciones conocidas del género en 1978, en el disco Tradiciones musicales de La Laguna, la canción cardenche.

Más adelante, las unidades regionales de culturas populares de Durango y Coahuila habrían de retomar el estudio, publicando hasta la fecha un cancionero y nuevas grabaciones. Musicólogos independientes han hecho de este canto su tema de tesis.

Esto no ha impedido que el cardenche se apague ante la indiferencia de las nuevas generaciones, poco interesados en este canto folklórico, de “gente mayor”, anterior aún al Reparto Agrario de los años treinta.

Si uno suma las edades de Lupe Salazar, Antonio Valles, Genaro Chavarría y Fidel Elizalde, el resultado fácilmente sobrepasaría los dos siglos. Los cuatro habitan en Sapioriz, una población del municipio de Lerdo, Durango, a una hora de distancia del área metropolitana de Torreón.

Todavía a inicios de la década de los noventa, el cardenche se cantaba también en una población cercana de Coahuila, La Flor de Jimulco, en el municipio de Torreón. Con la muerte de los cardencheros de este ejido, notablemente Quico Orona, los señores de Sapioriz son los únicos que llevan en su memoria el registro de estos versos y melodías.

El 9 de febrero de 2008, recibieron el Premio Nacional de Ciencias y Artes, en la categoría de Artes y Tradiciones Populares. Este galardón, promovido por la Unidad Regional de Culturas Populares de Coahuila, y su director, Francisco Cázares, abre cauces que permiten pensar en un futuro. La repercusión del premio ha generado mayor interés no sólo a nivel nacional, sino en la propia comunidad de Sapioriz, donde los cardencheros aspiran a inaugurar un museo y centro cultural donde enseñar su canto.


“Los horizontes son chiquititos y parejitos al caminar…”

De los orígenes del cardenche, poco o nada se sabe. Los musicólogos destacan la ornamentación vocal barroca, de raíz europea y colonial, aderezada con elementos melódicos y líricos propiamente mestizos, más recientes.

Roberto Portillo apunta, en su texto incluido en el disco Tradiciones musicales de La Laguna, la canción cardenche:

“Podríamos considerar el origen de este género como de la época colonial; sin embargo no podemos aseverarlo decididamente pues, si bien presupone ornamentación propia de la época referida, e incluso obedece de diversas maneras a los cánones de la interpretación del Renacimiento y el Barroco; manifiesta, tanto en la línea melódica como en el texto, un señalado lirismo, arquetípico de las expresiones románticas del siglo XIX. Esta última característica tiene tanta importancia como las antes mencionadas, pues determina ya sea un origen más próximo, o la última etapa en una metamorfosis de un género antiguo cuyo origen desconocemos”.

Foto: Juan Leduc

Francisco Cázares, director de la Unidad Regional de Culturas Populares de Coahuila, tiene sus propias consideraciones en torno al origen del canto y del repertorio.

-Hay una cuestión que maneja mucha gente. Dicen que la canción cardenche es un canto de La Laguna. En realidad, creo yo, aquí más que el origen es el reducto. Este canto en el siglo XIX se encontraba presente en todo el noreste del país. Hay lugares de Nuevo León, lugares de Coahuila, de Chihuahua y lugares de Zacatecas y Durango donde se interpretaba. Y con el paso del tiempo se fue perdiendo en estos lugares, y quedando aquí, se fue conservando, de manera que hoy por hoy nada más aquí se interpreta. Pero es una cuestión más de reducto que de origen.

El proceso de inmigración que desarrolló las poblaciones de la Comarca Lagunera, sobre todo a finales del siglo XIX, hace que el cardenche pueda ser el resultado de una mezcla de tradiciones. Una de las cardenchas más famosas, “Ya me voy a morir a los desiertos”, es idéntica en su letra a una canción popular de San Luis Potosí que recopilara Vicente Mendoza en sus investigaciones canónicas del folclor mexicano. En tierras potosinas llevaba como título “El Álamo de Parras”.

-Hay varias canciones que son antiguas, que las encuentras musicalizadas en otras partes de la república- explica Francisco Cázares. -Es por ello que la canción cardenche no es un género, es un estilo de interpretación”.

La excepción a este origen inmigrante podría ser el repertorio que se interpretaba en La Flor de Jimulco, los llamados corridos acardenchados que toman de historias y sucesos de esta región, mencionando poblados como propia La Flor, Sombreretillo, Picardías y la Hacienda de Avilés (Hoy Ciudad Juárez, Durango).

Para los cardencheros es simple. Es una enseñanza que recibieron de sus mayores, una tradición oral que se transmitió de generación en generación, cuyo próximo eslabón se encuentra por ahora roto.

Don Antonio Valles es otro de los cardenchero de edad avanzada. Sus nietos y bisnietos llegan a saludarlo besando su mano o colocándola en la frentes. Sentado afuera de su casa el tiempo parece que se hace más lento.

Cuando era niño no le interesaban las canciones. Pero sentado en casa, tras la labor, lo escuchaba atentamente hasta que notó algo.

-Oiga papá ¿de dónde saca usted tanta canción? una y otra y otra… -le preguntó un día.

-Yo te canto canción cardenche día y noche sin repetirte una canción.

El viejo Valles tenía un libro donde anotaba aquellas canciones. Pero una hija suya, hermana de Antonio, se hizo protestante (“se metió al Evangelio”) y en un arranque de fervor religioso le prendió fuego a esos papeles. Con las ceniza se fue otra parte del patrimonio de una región.

-Total que ese libro ni lo leí, ni supe qué canciones tenía, -se lamenta Antonio. -Pero otras sí se me las grababa, porque se les oía a él. No es fácil de aprenderlas, yo le oía varias, pero de tantas se me grabaron dos o tres cancioncillas”.

La anterior generación de cardencheros, la que grabó en los años setenta el disco del INAH, conocía y cantaba un aproximado de ochenta temas. Antonio, Fidel, Lupe y Genaro, la actual y última generación, conoce e interpreta sólo la mitad de ese repertorio.

La pérdida es un proceso natural que se viene dando desde el Reparto Agrario de los años treinta, en que el campesino dejó de depender de las haciendas para su trabajo, y comenzó a obtener movilidad y libertad, transformando su vida cotidiana. El acceso a la educación, el acceso a tecnología, la propiedad de la tierra, empezó a cambiar la vida de esas comunidades.

-¿Cuántos años habrá que se murió don Bernabé Favela?- se pregunta repentinamente Don Lupe Salazar.

-Unos cuatro o cinco años, por ahí. -dice Antonio

-Ese señor era de La Loma (población cercana a Sapioriz) y sabía canciones. Él nos enseñó una, y nos quiso enseñar otras. “Vengan, para enseñarles más”, nos decía. Y la verdad es que no le pusimos mucha atención, no nos poníamos de acuerdo y no íbamos. En una de esas nos llevaron a Veracruz, allá duramos unos tres días, y en esos días se murió el señor, y se llevó eso que nos iba a enseñar.


Pastores, diablos y ángeles

Los pastores deben proseguir su marcha al portal de Belén para adorar al niño Jesús, en un mundo donde diablos y ángeles buscan entorpecer o facilitar el camino. Bartolo, pastor holgazán, se resiste a dejar de comer para seguir adelante.

-Yo en todo soy muy violento / y en el comer mucho más.

-En todo eres muy violento / menos en trabajar / en el comer y dormir / ninguno te ha de ganar.- Le replica la pastora Gilda en coplas jocosas.

Las pastorelas, a menudo con tono desenfadado, es un género escénico que llegó con la conquista española y se mantiene vivo como parte esencial de las tradiciones mexicanas de Navidad.

Esta escena pertenece a la pastorela llamada Libro de pastores que contiene el nacimiento de Cristo, de Sapioriz, Durango, un texto que además de ser antiguo contaba con la particularidad de representarse con cantos en estilo cardenche. Es otra tradición que ha arrastrado consigo la pérdida del canto.

Las antiguas pastorelas de Sapioriz y La Flor de Jimulco, cuyos libros se conservan todavía en la comunidad, fueron paleografiadas y publicadas a principios de los noventa por la Unidad Regional de Culturas Populares de Coahuila.

La pastorela se llevaba a escena los días 24 de diciembre y 6 de enero, durante las celebraciones de la Nochebuena y el Día de Reyes, en la pequeña iglesia de la comunidad. Luego se seguía con cánticos al Niño Dios en los nacimientos de las casas particulares. La fiesta podía llevar toda la noche.

Lupe Salazar recuerda su juventud, cuando empezó a cantar en aquellas noches de fiesta. Para las cuatro o cinco de la mañana comenzaba a cabecear por el sueño y se recargaba en las paredes.

-Eh, Lupe, acomódese- le decía don Andrés García Antúnez, uno de aquellos viejos cardencheros.

-Tenía los pies bien entumidos, estábamos en el mero frío.- recuerda ahora. -Y había veces que no acabábamos. Ahora sólo unas tres o cuatro casas nos invitan a cantarle al Niño, y ya, unos tres cuatro nacimientos. Ya se está acabando.

Los personajes que intervienen en la representación provienen de la tradición teatral del Siglo de Oro español, como los pastores Gila, Bato y Bartolo, además de los siempre presentes ermitaños y diablos. El tiempo y las transformaciones culturales han ido agregando otros personajes y episodios al texto.

El cronista Roberto Martínez García, describe la vestimenta de los actores de esta representación, concretamente en La Flor de Jimulco, en su libro La región cardenche:

“Pastores cuyo sombrero está forrado con tela blanca, además, adornado con escarcha, el ala pegada a la copa y una flor. Llevan una bolsita o morral ovalado pequeño, al que llaman “jato” y una vara adornada –cuyo nombre es gancho-, está forrada con papel de China, en la parte superior lleva flores y campanitas”.

“Diablos con capas negras, adornadas con estrellas y lunas; máscaras horribles, sable y corona de picos. No falta el ermitaño, éste confecciona su pelo con ixtle, máscara de anciano, bordón, se viste con harapos. El ranchero porta reata, espuelas, sombrero de charro y chaparreras. El arcángel san Miguel vestido de blanco, con reluciente espada y alas de cartón forradas de papel de China blanco, enroscadito”.

La pastorela, en realidad, no era una cuestión tan escénica. Se hacía necesaria la presencia de un apuntador con el texto para ir recordando los diálogos a los actores. Algunos ya sabían los diálogos de memoria, pero otros necesitaban del apuntador para recitar sus versos. Por eso, el texto es indispensable.

Y como tal, se ha seguido rastreando los viejos documentos de los ejidos y rancherías. El más reciente es una pastorela de San Jacinto, poblado cercano a Sapioriz. La Unidad de Culturas Populares recogió el libro, lo transcribió y le regresó el material a la comunidad para que pudieran usar la copia paleografiada y no maltratar más el original.

Para los cardencheros, la pastorela parece haber llegado a su fin. En Sapioriz hace algunos años que se dejó de representar, por no hablar de La Flor de Jimulco, donde también desapareció con la muerte de los antiguos cardencheros.

-Ya no se animan, y hasta le hemos hecho lucha para ver si los muchachos quieren-, explica don Lupe. -Un día conseguimos que entraran. Formamos la pastorela, les hicimos sus máscaras y les conseguimos su capa, y un sable… El mero día había un baile ahí en la esquina y se fueron así disfrazados al baile, y nos dejaron. Perdimos todo eso que les habíamos conseguido-, cuenta entre risas.


Tragedias en la cañada del Nazas

La Flor de Jimulco es una pequeña población en el sur del municipio de Torreón, que descansa en la margen derecha del Río Nazas. La gran ciudad que pudo ser y no fue.

A finales del siglo XIX era una hacienda de gran importancia en la región, y por un momento se manejó la posibilidad de que se convirtiera en el centro ferroviario del norte del país. El cruce de vías finalmente se trasladó un poco más al norte, al rancho de Torreón, impulsando su posterior desarrollo industrial y comercial.

Buena parte de la fama y prosperidad que llegó a tener La Flor se debe al dueño de la hacienda, “el patrón” de Jimulco, Amador Cárdenas, quien decía (o se decía) que era compadre de Porfirio Díaz.

Cierto o no, la verdad es que el general Díaz pernoctó varias noches en la casa grande de la hacienda. La descripción de una de ellas fue recogida en la tradición oral por el cronista Roberto Martínez García en su libro La región cardenche.

El renombre de Cárdenas dentro de la política porfirista se dio en buena medida a su contacto con los generales que habían apoyado la revolución de Tuxtepec, la que llevó a Díaz al poder, concretamente con el coronel Gervasio Breceda, a quien lo unían lazos familiares, ya que se trataba de su suegro.

Breceda murió precisamente en una emboscada durante esta rebelión, cuando un grupo de militares fieles al presidente Lerdo de Tejada lo atacaron en el cañón de Potrerillos el 30 de abril de 1876. Al frente estaba un hombre conocido como Jacinto de la Cruz, quien posteriormente recibiría el acoso del cacique.

“Amador Cárdenas nunca olvidó quién había matado a su suegro: el coronel Breceda era un personaje apreciado por el presidente Díaz y Amador se sentía con la obligación de castigar al asesino”, narra Roberto Martínez

El prendimiento y muerte de Jacinto de la Cruz, a manos de la policía rural conocida como la Acordada, dio pie a un famoso corrido acardenchado que forma parte sustancial del breve repertorio de “tragedias” que los antiguos cardencheros todavía cantaban a inicios de los años noventa, cien años después de aquél suceso.

El tema comienza de esta manera:

En el nombre sea de Dios
se los pido por Jesús
que me canten la tragedia
de Jacinto de la Cruz.
Jacinto iba por el río
con sus carretas de leña
Lo agarraron prisionero
en l’arroyo la Carleña.

El resto de la tragedia refiere los lugares a los que fue conducido Jacinto por la Acordada, antes de su fusilamiento: rancherías y geografías del sur de la Comarca Lagunera.

El corrido es un buen ejemplo de cómo el repertorio de La Flor de Jimulco, a diferencia del de Sapioriz, se complementó con piezas de origen regional, reliquias de gran antigüedad, pre-revolucionarias, con lo cual pasarían a ser algunos de los corridos más antiguos de la Comarca Lagunera, si no es que de todo México.


“Al pie de un árbol mi alma se siente triste…”

A decir de los propios cardencheros, el nombre del canto proviene de una cactácea típica en la región, cuyas espinas al perforar la piel, son muy dolorosas, ya que cuentan con una especie de dentadura que hace dolorosa su extracción.

“Es como el amor, como una espina clavada en el corazón: aunque se saque, el dolor queda durante mucho tiempo”, menciona una célebre frase del cardenchero Francisco Beltran, que recogiera el investigador Vicente Mendoza.

Es un canto también conocido como “de basurero”, “de borrachitos”, o “laboreñas”, por los contextos en que surgió y se interpretaba, en los llamados “basureros” en las afueras de los ejidos, en la labor del campo, y siempre al calor de los tragos del sotol.

La musicóloga Montserrat Palacios ha destacado en un estudio la relación entre el alcohol y la voz de los cardencheros, como un vínculo natural para la interpretación de estas canciones de “amor y de desprecio”, como les gusta llamarlas.

“Pero trigueñita, cada vez que me acuerdo lloro / quién tiene la culpa / usted que me abandonó”, se canta en “Al pie de un árbol”, mientras que “A las dos de la mañana” dice: “A las dos de la mañana salgo a buscar a mi amor / pero luego que la encuentro ella me dice que no”.

La polifonía en el cardenche es un aspecto destacado, dada la enorme dificultad que implica el ensamblar tres voces en diferentes alturas, incluso para músicos con formación.

-No es como agarrar una guitarra y acompañarse, no es eso, es más trabajoso, es más difícil-, apunta Lupe Salazar, cuya voz es la del registro grave, conocida como “arrastre” o “marrana” por analogía con los sonidos de este animal. Don Antonio Valles interpreta la voz “primera” o “fundamental”, la que en el mayor de los casos guía la canción, mientras que Fidel Elizalde o Genaro Chavarría están a cargo del registro agudo, la voz conocida como “contralta” o “requinto”.

-Son canciones de lamento, de tristeza, porque ellos no vivían alegres como nosotros ora estamos. Ellos sufrían mucho.

Un señor le contaba a Lupe hace mucho tiempo, que con sus compañeros venía bajando del cerro, de cortar pita, a las cinco de la tarde. Uno de ellos arrancó de la nada, recio, con una canción que repicó por todos los rincones del cañón.

-Oye, ¿y por qué tan alegre? Si venimos hasta sin almorzar a esta hora, hasta que véndamos la pita, le preguntaron.

-Pues por eso, ¡para que se me olvide el hambre!


Otras voces, otros ecos

El 10 de junio de 1994 la Camerata de Coahuila inició su historia con un concierto en el Teatro Isauro Martínez de Torreón. La pieza de estreno fue una composición de Manuel de Elías, “Resonancias cardenches”, un regalo a la orquesta con motivo de su fundación.

El cardenche ha tenido eco más allá de las estepas del norte de México, y ha resultado de interés para nuevos creadores en otros géneros.

Como homenaje al cuarteto de Sapioriz por obtener el Premio Nacional de Ciencias y Artes, la Camerata de Coahuila volvió a interpretar “Resonancias cardenches” en su concierto del 13 de marzo de 2009. Como invitados de honor, estuvieron presentes los mismos cardencheros. Se trató de un homenaje por partida doble, ya que Manuel de Elías festejaba su cumpleaños número 70.

Aunque la obra está lejos de ser influida por las formas musicales del cardenche, De Elías ha mencionado en numerables ocasiones que la obra trata sobre “recuerdos de lo imaginado” o “de lo que fue en mi ausencia”.

El estilo ha tenido una mayor impacto en los músicos jóvenes de jazz y de rock. El veterano grupo Jaguares fue uno de los primeros, incluyendo un sample de música cardenche en su disco El equilibrio de los Jaguares (1997).

En el track nombrado como “El equilibrio (Parte 2)”, el vocalista, Saúl Hernández, recita un poema mientras de fondo sus compañeros ambientan musicalmente, y se escucha un extracto del tema “Al pie de un árbol”.

Quienes se han lanzado a la aventura de grabar canciones cardenches sólo han sido la cantante Lila Downs y el músico experimental Juan Pablo Villa. Esto sin contar a la institución musical mexicana Los Folkloristas, quienes han incluido cardenchas en su repertorio en vivo y discos de estudio desde hace bastante tiempo.

Downs incluye una visión muy particular de “Yo ya me voy a morir a los desiertos”, en su disco La cantina (…entre copa y copa) (2006), donde se escuchamos un ceremonioso trabajo en las voces, que suenan al unísono con una frialdad que poco tiene que ver con la esencia cardenche.

Más afortunado es Juan Pablo Villa, quien en su experimental La gruta de baba(2008) deja espacio para la interpretación de dos cardenchas: “Yo ya me voy a morir a los desiertos” y “Al pie de un árbol”.

El dramatismo de Villa y el recurso de la máquina de loops para trabajar con diversos registros de su voz vuelven a sus versiones atractivas revisiones contemporáneas del cardenche. Esto ya que una de las hipótesis en torno a su carácter vocal a capella de esta tradición es la pobreza de los campesinos, y la intención de imitar el sonido de los instrumentos musicales con la voz.

Finalmente, también el trío de jazz Muna Zul ha incluido canciones cardenchas en su repertorio, sin que se hasta la fecha hayan grabado alguna versión en alguno de sus discos.


“Yo ya me voy a morir a los desiertos…”

Antonio, Lupe, Fidel y Genaro han tenido oportunidad de mostrar su canto en numerosos foros de la República Mexicana y Estados Unidos. Han sido invitados en varias ocasiones al Distrito Federal, lugar donde, a decir de ellos, “les agotan el repertorio”. También es constante su presencia en festivales de la Comarca Lagunera e incluso participaron en el Fórum Universal de las Culturas de Monterrey.

-Se burlaban (en el pueblo) porque andábamos cantando la canción. Pero nosotros nos hemos paseado lo que ustedes no se imaginan, hemos andado en casi toda la República Mexicana, paseándonos, comiendo bien y durmiendo en camas que nunca habíamos dormido-, sonríe don Antonio Valles.

Cantar para el presidente en la Residencia Oficial de Los Pinos es una experiencia que recuerdan con mucho cariño, pero también sirvió para plantear y hacer pública una petición que viene rondando su cabeza desde hace un tiempo: la creación de un museo o centro cultural en Sapioriz para guardar todos sus documentos y reconocimientos, y enseñar su canto a las nuevas generaciones que muestren interés.

-Queríamos eso, porque en la casa se van a perder, y el día que nos acábemos nuestros hijos van a echarlos a la basura o los van a quemar, porque así se usa, porque así es: ya cuando se acabe el viejo tiren eso. Queremos un museo para que quede como prueba de que anduvimos, de que Dios nos ayudó con todo eso y que sea un orgullo de toda La Laguna.

-También se está viendo algo de interés-, dice Lupe. -No sabemos si será por el homenaje que nos dieron o no, pero sí pensamos que Sapioriz se va a llenar de cardenche, creemos que va a haber interés. Hace dos o tres días estuvimos en el río y se nos arrimó un grupo de muchachos que querían enseñarse, ojala y ahí salga de perdido uno, pero no está muy fácil que digamos.

Los cardencheros, gente de campo que todavía se dedican a las labores agrícolas cuando no están de viaje algún lugar de México cantando, mantienen la esperanza de que se construya este museo y que se les otorgue una especie de beca o pensión que les permita pasar tranquilamente sus últimos años.

-Una pensioncita, para poder vivir los días que nos quedan, pues también ya no nos quedan muchos-, indica Lupe, con una sonrisa. Antonio también se explaya en su deseo de que el cardenche persista:

-Ahorita la raza le pone atención a otras cosas que no deberían. Hay gente que no sabe lo que contiene la música. Nomás porque oyen que suena, pero no saben ni qué contiene, ni qué significa, pero entretienen su mente… y pues la muchachada así no puede más que pensar en la pura vagancia… Y como decíamos, quizá ahora por esto que ha pasado a ver se animan a seguir con la tradición del canto cardenche.

Show your support

Clapping shows how much you appreciated José Juan Zapata Pacheco’s story.