Apuntes rioplatenses (0) — De futbol argentino y mexicano

José Juan Zapata Pacheco

La distancia entre Buenos Aires y la ciudad de México es sólo comparable con la distancia que existe entre el futbol mexicano y el argentino. Decidir cuál de los dos ligas es mejor es inútil. Ni la FIFA con sus estadísticas podría dirimir una disputa tan innecesaria como cambiante. Tampoco la comparación en títulos internacionales. ¿Qué fenómenos y detalles marcan esa diferencia?

Lo anterior viene a cuento gracias a la polémica que provocaron unas declaraciones del periodista argentino Alejandro Fantino sobre el futbol mexicano. En un programa de radio, criticó la incorporación de Darío Benedetto a Boca Juniors, ya que venía de jugar en la liga mexicana, que tildó de horrenda. Dijo que no hay nada más allá de los equipos “grandes” y que la liga estaba llena de jugadores de la segunda de Bolivia y Perú (?). Por si fuera poco, confundió a los Rayados como “de Sinaloa”. Más allá de sus ganas de provocar, dejó en evidencia un fenómeno que he notado dentro del periodismo argentino: el profundo desconocimiento que tienen de otras ligas que no sea la local. La respuesta de sus pares no se hizo esperar y evidenció lo contrario, sobre todo entre los regiomontanos: que el periodismo mexicano es igual de soberbio e ignorante. Sí, Tigres y Rayados son equipos que han desplegado un futbol impresionante, y Fantino lo ignora. Pero carecen de historia, y la liga en general está muy lejos de tener un nivel impresionante.

La distancia entre el futbol mexicano y el argentino es cultural, económica, y si me apuran, hasta política. En México, los clubes son empresas. Si alguna vez tuvieron un origen social, gremial o universitario, hoy están lejos de serlo. Son franquicias en el sentido estadounidense del término. Por eso hemos visto ejemplos patéticos de clubes que descienden y compran al que asciende para volver a jugar en Primera. Un futbol controlado por empresas y televisoras, que construye estadios lujosos, que cuenta con nóminas altas y poder adquisitivo, pero que no termina de dar el paso para atraer a grandes figuras o destacar a nivel internacional. La regla 10/8 no parece mejorar el asunto. Nada más lejano de lo que sucede en el país más austral de Sudamérica.

Los clubes en Argentina son clubes en el sentido más amplio de la palabra. Asociaciones civiles que mantienen una estructura de socios. Éstos no sólo tienen la oportunidad de comprar abonos y entradas a precios preferenciales (en algunos clubes hasta entran gratis); también pueden ir al gimnasio o hacer deporte de manera amateur, ya que cuentan con una oferta amplia de actividades atléticas y sociales. Lo que en México ha estado históricamente reservado a una élite, en Argentina forma parte del ADN popular. Y no hablo sólo de clubes grandes como Boca Juniors y River Plate. Hay una figura identitaria de peso en la vida social argentina: el club de barrio. Lanús (de donde salieron Carlos Izquierdoz, Agustín Marchesín y Diego González) se proclama, por ejemplo, “el club de barrio más grande del mundo”. La fidelidad al barrio o a una idea genera fenómenos impactantes, como la “vuelta a Boedo”, del club San Lorenzo del Almagro, que busca instalarse de nueva cuenta en el lugar que lo vio nacer, luego del desalojo que sufrió por las políticas inmobiliarias de la última dictadura.

Esta tradición que persiste en la actualidad también cuenta con desventajas: Los clubes viven fundidos económicamente, y su única salvación es vender cuantos jugadores puedan, sobre todo a Europa. Así, los planteles se desmantelan rápido, ya que es imposible retener a las figuras. Se juega un futbol poco vistoso, muy físico y “con huevo”. Está lleno de jóvenes que en un par de años brillarán en las ligas europeas, veteranos que regresan en el ocaso o jugadores de mediana calidad. Otro problema es el caos institucional y una absurda Primera División de 30 equipos. Tras la muerte del cacique Julio Grondona hay una verdadera guerra tribal por el poder en la Asociación del Futbol Argentino, que no parece tener fin. Sin embargo, hay algo en el temperamento argentino, en la intensidad con la que juegan hasta las “cascaritas” entre amigos (es a ganar o nada), que les basta para ser equipos temibles a nivel internacional. Será muy difícil que un equipo mexicano llegue a vencer a un argentino en una final de Copa Libertadores. Hay muchas barreras culturales por romper.

A esta problemática hay que añadir el problema de la violencia. Al ser los clubes entidades civiles (el actual presidente argentino, Mauricio Macri, inició su carrera como presidente de Boca), el barrismo no es un mero problema de aficionados violentos. Las barras son verdaderos grupos de choque que funcionan tanto para fines políticos, como para negocios turbios. El Estado en realidad tiene poco interés de actuar contra ellos. Y sí, se sigue diciendo que el clásico Boca-River es uno de los espectáculos deportivos más impresionantes en el mundo. Pero su maravilla tiene que ver más con lo que sucede en las gradas que dentro de la cancha.

A pesar de las distancias insalvables, y de la ignorancia del periodismo deportivo de ambos países, nuestro futbol es bastante valorado por los jugadores y técnicos argentinos, que han sido grandes protagonistas. Y viceversa, los clubes de Buenos Aires tienen una mística que fascina a los aficionados mexicanos.

Yo no lo dudo: cuánto diera el futbol argentino por tener el poder adquisitivo del futbol mexicano para retener (o atraer) a las figuras y modernizar sus estadios. Y cuánto diera el futbol mexicano por tener la historia, el sentido de pertenencia y la garra de los clubes argentinos. Fantino da risa por su ignorancia, pero disputa un partido inútil. Decidir cuál liga es mejor sólo se resuelve en la cancha. Lo demás es tema de meras apreciaciones culturales e históricas.


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