Serge Marshennikov

BAILANDO CON LA BOCA

Abrí los ojos. Tuve dificultad en reconocer mi propia habitación, esta se encontraba en un estado tan desastroso como uno podía imaginarse. Botellas vacías de cerveza, manchas de trago y barro esparcidas en la alfombra y las paredes, una montaña de ropa desordenada en el suelo. Mis libros, siempre limpios y ordenados con una meticulosidad casi obsesiva, se encontraban ahora esparcidos descuidadamente en toda la habitación, algunos abiertos, otros con algunas páginas arrancadas, ¿pero qué diablos pasó aquí? La noche anterior se veía tan confusa en mi cabeza, solo recordaba piezas, algunos fotogramas de una película incompleta.

El alcohol saca lo mejor y lo peor de ti. La fiesta de reencuentro de ex alumnos empezó a las diez de la noche y esperaba con impaciencia aquel día. Esperaba volver a ver a muchas amistades, ya olvidadas de la época juvenil, y no solo amistades sino también antiguos amores que ya forman parte del baúl de los recuerdos. El pisco y la pista de baile son la mejor combinación que pueda existir en esta vida. Ella movía sus caderas al ritmo de la música como ninguna otra. Podía sentir una conexión especial al bailar con ella, será sus cabellos largos, su olor exquisito, o el contacto con sus manos y con su cintura. Las luces parpadeantes, una salsa conocidísima, aquella que te hace erizar la piel, el alcohol que corre por las venas y se aloja en tu cerebro quitándote todo atisbo de civilización y despertando al ser irracional que llevas dentro. La sostienes cada vez más fuerte, acercas su cuerpo al tuyo, acercas tu rostro al suyo y te lanzas al vacío. Es como saltar de un edificio o de un puente, pero lo que te espera alla abajo no es el duro pavimento sino unos labios carnosos y exquisitos de mujer. De pronto ya no bailas con el cuerpo, ahora estás mordiendo sus labios, jugando con su lengua, bailando con la boca.

La cabeza me dolía horrores y tenía bastante sed. Me proponía a levantarme y dirigirme a la cocina con la esperanza de encontrar algo qué beber cuando noté cierto objeto inusual en mi escritorio. Ropa interior femenina reposaba descuidadamente sobre el monitor de mi ordenador. Miré al lado izquierdo de mi cama y junto a mí se encontraba una selva de cabellos largos y negros, una mujer dormía plácidamente envuelta en mis frazadas y con su delicada cabeza apoyada sobre mi almohada. De pronto recordé lo sucedido. Una respuesta afirmativa a mi propuesta “Vamos a mi departamento”, un viaje en taxi lleno de besos, sudor y gemidos en el asiento trasero. La necesidad imperiosa de arrancarnos la ropa una vez llegados aquí. Una locura inhumana que nos hizo lanzar por los aires todo a nuestro alcance como un huracán. El sabor de sus labios, el sabor de su cuello, el sabor de sus pezones, el sabor de su sexo, toda una fiesta gastronómica de olores y sabores invadieron mis sentidos. Ahora bailas ya no solo con la boca sino con las caderas, penetrándola una y otra vez con una fuerza sobrenatural. Tratas de recordar su rostro, esa expresión llena de placer, esos ojos, esa boca entreabierta. Tratas de recordar su cuerpo desnudo, sus caderas, su vientre plano, sus pechos. Una fotografía mental de toda esa experiencia. Recuerdas todo, menos una cosa, recuerdas los gemidos, las palabras salvajes llenas de deseo, recuerdas el clímax, los gritos y la tranquilidad posterior, esa sensación temporal de que todo estará bien. Todo eso recuerdas menos una cosa.

Acaricié la selva de cabellos y recogí un poco unos mechones para descubrir la identidad de mi amante. Mi corazón dio un vuelco. Era ella. Aquella mujer que siempre observaste de lejos pero que nunca le dirigiste palabra alguna en toda tu adolescencia. Aquella mujer que, con su mera presencia, llenaba tus días tristes y monótonos de la secundaria. Aquella adolescente popular que nunca te miró, siempre rodeada de chicos más grandes, fuertes y elocuentes que tú. Un amor platónico de la juventud hecho realidad. Ya no eres ahora el mocoso que solo la miraba sin atreverse a acercarse, ahora eres ya un hombre.

Ella despertó y se desperezó con delicados movimientos felinos, me miró con esos hermosos ojos que deseé durante tanto tiempo, me sonrió y solo atinó a decir dos palabras:

“Tengo hambre”