Pintura

Ella siempre estaba ahí, en el mismo lugar. Estaba allí desde que la compraron en noviembre y la colgaron al final del pasillo principal en el quinto piso del hotel Dover. Pasaba los días reflexionando si habría un lugar mejor, mientras veía pasar a los huéspedes del hotel yendo y viniendo sin saber a ciencia cierta si cumplía o no con la función de embellecer el pasillo, ya que ningún huésped la observaba, ni siquiera de reojo. Todos parecían ocuparse de sus propios asuntos y nadie parecía notar su presencia. Todos los días pensaba que su vida sería mejor si fuese la pintura original de un gran artista reconocido internacionalmente y no una simple imitación usada para rellenar la pared vacía de un hotelucho. Pensaba también en el eterno encierro, en aquel rectángulo rígido de doradas aristas y formas caprichosas de donde nunca podría salir. Salvo tal vez en el momento en que la desechen, terrible instante en que quiebren su marco, rasguen su lienzo y acabe olvidada en un basurero. Obtendría su ansiada libertad al momento de su muerte.

Además estaba la inmovilidad. Todo el día y toda la noche sentada en una posición fija. Sin siquiera moverse un poquito, ni parpadear, ni estirar un poco sus piernas o sus brazos. Vestía ropas humildes de campesina, con las manos sobre su regazo, sentada en una posición tímida con los hombros ligeramente encogidos y la cabeza inclinada hacia adelante. Sin embargo su mirada se dirigía al frente, al espectador. Una mirada melancólica y resignada a su vida de campesina inmóvil. A pesar de su vestimentas, era una mujer muy hermosa, de grandísimos ojos negros y piel canela. Sus cabellos larguísimos ligeramente ondulados caían sobre sus hombros y sobre su regazo. El último botón de su simple camiseta se encontraba desabotonado, y se asomaba una ligera sombra del nacimiento de sus pechos, un simple detalle de coquetería no intencionada que le avergonzaba un poco. Ni siquiera podía moverse para abotonarse así que se tenía que contentar con su estado, aun cuando hacía un poco de frio.

Por momentos se resignaba a su situación. Era consciente de que no era una persona viva, una mujer, sino la representación de una de ellas, es más, era la imitación de la representación de una de ellas. A veces se consideraba afortunada de que sus ojos mirasen al frente y así podía observar todo lo que sucedía en el pasillo del hotel. No era lo más emocionante del mundo pero al menos era todo lo que ella conocía. Hombres y mujeres yendo y viniendo a sus habitaciones, la mayoría se quedaba por poco tiempo y nunca más se le volvía a ver. Algunos eran frecuentes y se hospedaban solos o acompañados. Sin embargo, ninguno de ellos la observaba. Ni siquiera el encargado de limpieza, que pasaba su plumero sobre su lienzo todos los días como si limpiara una superficie neutra, vacía.

Hasta que una mañana de julio arribó al hotel un viajero sin nombre. Inusual inconveniente para el administrador del hotel ya que tuvo que inventarse uno para registrarlo. El viajero sin nombre no tenía familia ni un lugar de nacimiento. No sabía de donde venía ni a donde iba. Era como si hubiese empezado a existir ese mismo día, unos instantes antes de llegar al hotel. Como si hubiese nacido tal cual como es ahora, un hombre adulto de veintitantos años con una maleta en la mano. La habitación de este viajero se encontraba en el quinto piso. Cuando llegó hasta allí, instantes antes de entrar a su habitación observó un detalle en la pared al final del pasillo. Una pintura de medianas dimensiones de una campesina hermosísima de mirada dulce y asustada. La observó por unos segundos para luego ingresar a su habitación.

Una tormenta de emociones inundó el corazón de la pobre campesina inmóvil. Finalmente alguien la había observado, aunque sea por unos segundos. Pero ¿quién habría sido aquel muchacho?, nunca antes lo había visto y estuvo muy agradecida de aquel brevísimo encuentro. Se preguntaba por cuánto tiempo se hospedaría en el hotel, ojalá se quede un buen tiempo. Era tan feliz, que no podía soportarlo. Qué inusual sentirse de esa manera. No, algo malo tendría que suceder ya que no sentía que merecía esa felicidad. Estaba consciente que todos los huéspedes solo están de paso, por lo que algún día se tendría que marchar para nunca más verlo.

A la mañana siguiente el misterioso joven se despertó luego de un sueño inquieto. Se encontraba ansioso y moría de ganas de ver la pintura al final del pasillo una vez más. Se tomó una ducha, se afeitó, se perfumó y se vistió con el mejor traje que tenía en su maleta. Al salir de su habitación allí se encontraba ella al final del corredor y tuvo la sensación de que lo estuvo esperando. Avanzó por el pasillo hasta estar muy cerca de la pintura. Examinó el cuadro con muchísimo detalle, la tristeza de su mirada, el brillo de sus pupilas, los colores y formas de sus hermosos cabellos, su rostro tan finamente formado, su nariz, sus orejas, sus manos. La observó con pasión, sentía como su mente se liberaba de todo lo demás, no existía nada más en el mundo que la campesina de la pintura y él observándola. La amaba con todas sus fuerzas.

Y tanto tiempo estuvo observándola que conoció todo aspecto de su vida sin haber escuchado una sola palabra de ella. Conoció su tristeza de no ser notada, la resignación de su encierro, su inmovilidad y sentimiento de insignificancia. No necesitaba de sus palabras para conocerla, las palabras pueden mentir a veces, pero las miradas nunca lo hacen.

Permanecieron observándose durante horas, no había nada que ninguno de los dos deseaba que no fuese el otro. Fue tanto el tiempo de gozo y felicidad que olvidó la campesina de su encierro e inmovilidad, olvidó que era una pintura. Sus labios dibujaron una sonrisa, las pupilas de sus ojos se dilataron, su mirada cambio de ser melancólica a una mirada de gozo y deseo. Olvidó también su naturaleza bidimensional y alzó su brazo para alcanzar el rostro de su amado. Lo tocó suavemente, su frente, sus labios, sus cabellos.

Y tal fue su dicha que dejó de ser una pintura por completo. Se puso de pie y salió del cuadro ayudado por el misterioso joven. Todo era tan extraño y hermoso a la vez, el poder desplazarse de un lugar a otro, mirar hacia diferentes direcciones a voluntad, parpadear, poder mover su brazos, respirar el aire, sentir el abrazo de su amado. Cuántos lugares conocería, cuantas sensaciones nuevas experimentaría ahora en su condición de humana. Ahora podía correr a donde quisiera, hablar con quien quisiera, comer, llorar, hacer el amor, escribir, estudiar, bailar, cantar, besar, saltar de felicidad o dormir todo el día. Podría escribir o pintar si quisiera, morir de amor, tener hijos y nietos, pelearse con un ser querido y reconciliarse. Toda experiencia humana le parecía tan bella que ya no podía esperar más. Este fue el inicio del resto de su vida.

Días después el administrador del hotel revisaba las habitaciones del quinto piso cuando notó extrañado la pintura al final del pasillo. No recordaba que la pintura adquirida años antes fuera solo un fondo vacío descolorido. Una cárcel que durante mucho tiempo albergó a un ser frágil con muchas esperanzas y que ahora es un alma libre andando por el mundo.

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