Entre la espada y el querer.

Un amigo, que vino de Tokio, se clavo una espada en el pecho. No trato de inmolarse como dicta el tradicional hara-kiri ni sufría de demencia. Sino que amaba su espada, la que había sobrevivido en su familia por generaciones, llegando así a la época de los samuráis. No deseaba perderla por el óxido, ni por pobreza, poder o violencia. No encontró mejor manera que unirla a el para siempre en un punto tal de su cuerpo que no le quitase la vida, sino que le permita conservarla junto a su amada espada. Luego de las investigaciones necesarias y algunos experimentos de los cuales no esta muy orgulloso, tomo coraje y traspasó su cuerpo con facilidad debido al filo de la hoja que estaba forjada con un material único y muy raro. Se decía que esa espada milenaria había sido forjada por los dragones, quienes habían vivido y luchado junto a los hombres . Luego de milenios de historias y traiciones era el último rastro de un mundo que ya no existía, un poco de magia y misterio en un mundo banal y superfluo que despreciaba la historia y lo noble.

Esta manera de verla y ver el mundo fue lo que lo impulsó a hacer tal acto. Quería preservarla y preservar lo que significaba y así darle la importancia que se merecía. Hombre y espada vivieron juntos un largo tiempo, no recuerdo cuanto. Pero un día, la espada empezó a doler y tal era el dolor que empezaba a matarlo. No había perdido su valor, era la misma que hace miles de años. Solo se había corrido un poco y se sentía diferente. Secretamente, el me confesó que luego supo que había generado tal cambio de posición y cierta incomodidad en la espada. Dijo que en una tarde se dio cuenta que ella estaba aburrida, que no había sido creada para traspasar el corazón de un hombre sino de muchos y que existía para cambiar de manos luego de un tiempo, que la estabilidad le gustaba pero no después de tanto y que su vida debía ser una aventura. Mi amigo le había dado una vida tranquila y sin riesgos, confortable pero para tal tipo de espada, aburrida. Ella nació de un dragón y no podía vivir con un hombre con espíritu de rata. Quería sentir el sabor de otra sangre, las manos de otros hombres, el calor de una vaina y la vorágine de la pelea. No era el amor, aprecio o fascinación lo que importaba, sino lo que ella obtenía a causa de eso. Así fue como él se canso de que no valore el riesgo que pasó para tenerla con él, ni el valor que corrió. Se cansó de que no vea como modificó su vida dando grandes explicaciones a las personas, familiares, médicos y televisión. Por ella había cambiado la forma de su cama, su ropa y su casa. En un ataque de rabia y resignación se la arrancó del pecho.

El no murió, pero luego prefirió hacerlo. La espada, fiel a su esencia, cambio de manos, corazones y aventuras. Él peleó por su vida, por no morir. Cuando salió del hospital se sintió raro. Volvió a disfrutar de las cosas que había dejado pero llevaba en su pecho un gran vacío que por las noches no lo dejaba dormir y en el día no lo dejaba pensar. Lo peor fue que de vez en cuando ella regresaba con el relato de sus aventuras y con la añoranza del tiempo pasado. Le decía que quería volver con el, que no es lo mismo con otros, que no la quieren como el lo había echo, que ya nadie da su vida por ella y que no la tratan como se merece. Gracias a Dios, siempre resistió la tentación de volver. Pese a que muchas veces la llamó y que estuvo a punto de volver a clavársela, siempre se detuvo antes. Porque no podía volver a lo de antes, porque no se puede volver al pasado, porque ya no es lo mismo. El no era el mismo y ella tampoco, la historia que había entre ellos los condenaba a quererse pero a alejarse. Si volvía, moría.

Cuando mi amigo terminó su historia no sabia que decir, solamente le pedí que me mostrara la cicatriz, creo que fue por ser incrédulo. Ahí estaba, muy cerca del corazón. Dijo que nunca se la quitaría, porque es una forma de recordarla, de darle homenaje, pero también es un mensaje de advertencia por si se le ocurre volver. La tarde no terminó de manera tan triste, hablamos de otras cosas también, le conté que había conocido a alguien, una chica que no es como las de ahora, que aprecia la música y el arte y cree en un mundo superior a este donde viven criaturas mejores que nosotros. Todavía no entiendo por que me dijo que a veces las mujeres son como las espadas.

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