Uganda es otra manera de vivir (I): Aterrando en África

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Justo hace un año que tomé ese avión con destino a Uganda. Las memorias que conservo de ese viaje son muchas y muy vivas, pero ante el riesgo que a poco a poco vaya olvidando cada detalle, hoy me he animado a escribir sobre todo lo que viví en ese país.

El viaje de ida se hizo largo. Casi 12 horas de espera en el aeropuerto de Amsterdam y unas 8 horas hasta llegar a Rwanda, dónde una coral de niños africanos nos amenizó las espera dentro el avión hasta que despegamos dirección a Entebbe, el destino final. Recuerdo que uno de los niños de la coral, que se sentaba a mi lado, me contaba muy animado que venían de hacer una gira por Europa y que le había gustado tanto. Antes de bajar del avión, me deseo buen viaje y me abrazó. Esa muestra de afecto que no me esperaba viniendo de un desconocido, ya me anunciaba como de simpáticos y afectuosos los ugandeses pueden ser.

Sabéis los típicos cartelitos con nombres que llevan la gente que espera en el aeropuerto? Pues sí, mi nombre tenía que estar en uno de esos carteles. Y no, no lo estaba. Mutombo Mwere, Robert Seagal, José Coronado… Todos los nombres posibles estaban, pero ningún Jordi Vilagut. En lugar de esto, unos 200 taxistas subiéndose a los hombros de los demás me intentaban ofrecer sus servicios. Me imaginé todas las situaciones posibles en que eso podía acabar si nadie me venía a buscar. Diría que fueron solo 5 minutos los que tardó Nathan a hacer olear su cartel entre la multitud, Jordi Vilagut, en efecto, era yo, pero esos 5 minutos habían sido los más largos de mi vida.

Antes de irme había bromeado con mis amigos, imaginando que pasaría si llegaba a África y nadie me esperaba allí. Es exactamente lo que me pasó.

Nathan es el fundador de ACTS International, una pequeña ONG de ámbito local que pretende dar auxilio a víctimas de violencia y marginación, como lo son los niños huérfanos que las recientes guerras han dejado, personas afectadas con el VIH, jóvenes y adultos que no han podido tener acceso a educación, etc. Nathan es uno de los pocos privilegiados que, gracias a unos resultados académicos excelentes, pudo abandonar su país y conseguir una beca para estudiar en Europa. Cuando volvió, consiguió un trabajo en la universidad, donde imparte Criminologia, e inició diferentes proyectos sociales para ayudar a los que no habían tenido la misma suerte que él.

Nathan y su mujer fueron los que me vinieron a buscar ese día en el aeropuerto, y empezamos el viaje hacia Mbale, la ciudad dónde ellos vivían, en el este de Uganda. El viaje, yo lo había consultado por internet, era de unos 300 km. Acostumbrado a las carreteras europeas, calculé muy erróneamente que tardaríamos unas 3 horas en llegar. Era de noche y el viaje en avión había sido largo, pero aun estaba un poco asustado, en un continente nuevo y con dos personas que acababa de conocer y me llevaban en coche quién sabe dónde, así que decidí mantenerme despierto y dar conversación. Cuando ya llevábamos 4 horas de viaje, más tranquilo viendo que Nathan y Lornah eran dos excelentes personas, caí redondo.

Me desperté cuando ya casi llegábamos. Era pasada medianoche y llevábamos casi 6 horas en el coche. Me sentí muy mal de que me hubieran tenido que venir a buscar, pero sinceramente, sino no se que hubiera hecho.

Era oscuro ya pero pude observar que ellos vivían en una casa bastante humilde, casi parecía en obras. Una pared de hormigón sin pintar la protegía. Pero en los siguientes días me di cuenta que, de hecho, era de las únicas casas del barrio que tuviera una valla que la delimitara.

Me llevaron hacía mi habitación, que era mejor de lo que me esperaba. Una cama, obviamente cubierta con una enorme mosquitera, un armario con libros y otras cosas y una palangana con ropa me esperaban allí. No paré mucha atención, la verdad. Me tomé la pastilla contra la malaria y me fui a dormir, cansado como estaba.

Al siguiente día me levanté nervioso por todo lo que me esperaba. Salí de la habitación y allí, sentados en el suelo del patio, estaban todos. Nathan, Lornah, sus tres preciosos hijos de quiénes ya me habían hablado la noche anterior: Jamimah, Promise y Junior, de 5, 3 y 1 año. También estaban María, una voluntaria rusa, que ya hacía tiempo que colaboraba con la ONG y una mujer que ayudaba con las tareas domésticas.

Promise y Jamimah jugando en el patio.

Me presenté, y una de las hijas me ofreció el desayuno: una taza de te negro y una rebanada de pan de molde. No era mucho, pero ya me imaginaba que no seria el desayuno del hotel Ritz.

El primer día no hice mucho. Nathan me llevó en coche al centro de Mbale, a buscar algunas cosas que me hacían falta, y me presentó a otros voluntarios que vivían en una casa de acogida en la ciudad. El proyecto al que yo me dedicaría, estaba en una zona rural a 50 km de la ciudad, y seria allí donde yo me quedaría, en casa del hermano de Nathan.

Convinimos que a la mañana siguiente iríamos a Cheptui, el pueblo dónde estaba la escuela dónde yo iba a dar clases, y que ya me quedaría allí durante la semana. Pasé esa primera tarde jugando con los pequeños de la casa, que no paraban quietos, pero me sorprendió que las chicas, aún teniendo sólo 3 y 5 años, colaboraban ya en muchas de las tareas domésticas, como lavar la ropa y preparar la comida.

Al día siguiente nos llegaron malas noticias. Un amigo próximo a la família, que llevaba en el hospital unos días, había fallecido. Un virus que los médicos no pudieron curar a tiempo. Esto hizo que Lornah tuviese que irse y que Nathan se quedara a cuidar de los pequeños. Así que retrasamos el viaje un día. Lo que más me preocupo, pero, fue la naturalidad con la que los africanos se refieren a la muerte. Para ellos es una cosa del día a día, nada extraordinario.

Así que pasé el día con María, que hacía de voluntaria en una escuela de Mbale. Ella ya llevaba tiempo en Uganda, y podías ver que se sentía como en casa. A mí aún me costaba salir a la calle y acostumbrarme a que nadie nos sacaba un ojo de encima. Nos observaban y llamaban. A María parecía no venirle de nuevo. — Y, María, aquí cómo lo haces para desplazarte a la ciudad? — le pregunté, ya que vivíamos en suburbio bastante apartado del centro. — Cojo el boda-boda! — Boda?Boda? — Pregunté extrañado. — Sí! Son estas motos que te llevan a la ciudad por cincuenta céntimos. A veces hasta las puedes compartir! — Afirmó animada. — Compartirlas? 3 personas en una moto? — Incluso cuatro! Hay que ir con cuidado, además van sin casco… — Y no hay accidentes? — Si, la verdad es que muchos. Sino siempre puedes coger el taxi. Lo malo es que tardan mucho rato en salir porque también son compartidos y no salen hasta que se llenan. — En ese momento decidí que intentaría reducir al mínimo mis desplazamientos a la ciudad, y que el taxi no era tan mala opción.

Los medios de transporte más comunes en Uganda eran taxis compartidos (25 personas en un 7 plazas) o motos dónde se subían cuatro.

Esa noche, hablando con Nathan sobre el proyecto, lo acabamos de rematar. Él me explicaba cuál era el motivo por el cual muchos niños de los que asistían a la escuela Bulumera no tuvieran família. Hace unos años, grupos armados del norte de Uganda, unas tribus con unas creencias muy radicales, sometían a otras comunidades y asesinaban a todo aquel que no siguiera sus directrices. Estas tribus están totalmente en contra de la tecnología, de todo lo que provenga del mundo occidental, y también creían que ellos eran los únicos que podían tener rebaños. — Si Jordi, ellos vinieron y vieron que mis familiares tenían vacas. Mataron a mi padre. — Me dijo Nathan ese día. Él también había sido un niño huérfano.

Nathan me contó, con una naturalidad preocupante, como grupos armados del norte de Uganda habían asesinado a su padre.

Fuera de la tristeza que eso me produjo, evidentemente también me hizo pensar en el riesgo que yo corría si nunca me encontraba con uno de esos bárbaros. — Estos grupos están desarmados en la actualidad, Jordi. El gobierno los desarmó. — Me intentó tranquilizar Nathan. — Siempre que te mantengas lejos de las zonas dónde ellos viven, no corres peligro. Y ellos ya nunca bajan hasta aquí. Viven a más de 200 km.

Así pues, el martes por la mañana partimos finalmente hacia Cheptui. Los paisajes que vimos durante el viaje eran increíbles. Llanos verdes entre montañas prominentes, palmeras y árboles centenarios a los lados de la carretera que, como ya era habitual, dejaban mucho que desear.

Llegamos al pueblo de Cheptui, que no tenía nada que ver con Mbale. Si bien la ciudad parecía medio en ruinas, con las aceras inconexas y levantadas, y muchas de las casas que casi se caían, en el pueblo las viviendas eran todavía más rudimentarias si cabe. Construcciones hechas con palos y fango, coronadas con una chapa de acero o metacrilato les servían de cobijo a las familias de esa zona tan alejada del mundo que yo conocía.

Parte posterior de la casa de Steve.

Nos presentamos en casa de Steve, el hermano de Nathan, y allí recibí un nuevo jarro de agua fría. Cuando llegamos, Steve miró con un posado grave a Nathan y le dejó ir un discurso nervioso en la lengua local. No pintaba bien la cosa. Nos invitó a pasar a dentro y nos sentamos alrededor de una mesa. Nathan me tradujo lo que había dicho Steve: Mira Jordi, esta semana son las elecciones municipales aquí en Uganda. Uno de los miembros de nuestra comunidad se presenta como candidato aquí en Cheptui, y aquí las cosas se viven de una manera bastante visceral. Partidarios de la opción rival, vinieron ayer a casa de Steve a amenazarlos y les tiraron piedras en el tejado. Creo que es mejor que hoy no duermas aquí. Los resultados de las elecciones se sabrán esta noche y después de esto las cosas se calmaran. Volvimos a Mbale para dormir una noche más en casa de Nathan.

Justo la semana que llegué a Uganda, había elecciones municipales y las cosas estaban bastante revueltas. Era peligroso quedarme a dormir en Cheptui.

Dormir me costó mucho esa noche. Creo que en mi edad adulta nunca he estado tan asustado y en mi cabeza, mientras yacía en esa cama sólo se reproducían en mi cabeza las mil y una maneras en las cuales era posible morir en Uganda. Virus incurables, motoristas temerarios, tribus asesinas, forofos de partidos políticos,…

Conseguí dormir al final, contemplando la opción de coger un vuelo a Barcelona lo antes posible. Por suerte no lo hice, ya que mi idea sobre Uganda y sobre los ugandeses cambiaría al 100% en los días que vendrían. Pero eso ya lo dejo para el siguiente post. Continuará.

La carretera de Mbale a Cheptui.