¿Cómo escuchar la voz de Dios? Parte 5

Una de las visitas más complicadas que tenemos que hacer, es cuando visitamos a un amigo en el hospital. Se hace todavía mas difícil cuando el panorama es incierto. Subo las escaleras pensando que voy a decir. Aunque oro y busco palabras, me cuesta encontrarlas. Llego a la habitación 311 y hago una pausa antes de tocar la puerta. Miro al sector de los médicos, como pidiendo permiso con la mirada, pero nadie me tiene en cuenta. Oro y toco la puerta.

-Si, adelante! (Escucho una voz bastante mas firme de la que esperaba)

La charlas en el hospital son complicadas. Aunque creo en un Dios poderoso, el panorama asusta. Llevé una mezcla de optimismo con buena onda. Los chistes aflojan el ambiente. Nos reimos un rato juntos.

Hoy viene a mi mente la intercesión de Abrahan por Sodoma y Gomorra. Esa intensa conversación que tuvo con Dios.

«…aquí estoy ahora, atreviéndome a hablar con mi Señor, aunque solo soy polvo y ceniza. Pero tal vez…»

«…espero que mi Señor no se enoje, si sigo hablando, pero tal vez…»

«…aquí estoy ahora, atreviéndome a hablar con mi Señor, tal vez…»

«…espero que mi Señor no se enoje si hablo una vez mas, pero tal vez…»

Genesis 18:28-32 RVC

No quiero (ni quizás tampoco pueda) conectar éste pasaje con una mirada teológica profunda o líneas doctrinales de fondo, como el concepto de la soberanía de Dios, o la voluntad permisiva de Dios y otros temas, prefiero que eso lo conversemos en alguna universidad teológica. Aquí sólo escribo mis devocionales.

La semana pasada un amigo me hizo una pregunta acerca del suicidio. Mi respuesta fue: Si la duda que tenés te lleva a acercarte a Dios, insistí. Pero si la duda que estás teniendo te lleva a dudar de Dios, desistí.

Con éste pasaje, también escucho la voz de Dios. Aunque a simple vista parece que Abrahán está torciendo la mano de Dios, la verdad mas profunda que encuentro en éste pasaje es ésta.

Dios es accesible y nos está esperando.

Aun en la sala de un hospital, Dios está ahí. Su presencia recorre toda la tierra. aunque los médicos tengan un panorama científico de la situación, nosotros tenemos un panorama distinto.

En el dolor, el Espíritu Santo nos ayuda a cambiar lo pasajero por lo eterno. Tenemos que nivelar nuestra mirada hacia arriba. En el hospital, no tenemos ningun apuro. El reloj humano parece detenerse ante la incertidumbre, mientras el reloj divino sigue funcionando perfectamente.

El corazón del hombre que busca a Dios late al ritmo de la eternidad.

No hay miedos en la presencia de Dios. No hay temores cuando oramos y pedimos ver su gloria, aun en la misma habitación del hospital. En el dolor, puede haber reconciliación de lo que sentimos con lo que sabemos. En el hospital, es un excelente lugar para estar a cuenta con Dios.

«…venid luego, dice Jehová, y estemos a cuenta…» Isaías 1:18

Nuestro sentidos y percepciones estan a flor de piel. Nuestra rigidez se desvanece y quedamos como un barco a la deriva. Nuestras fortalezas se derriten de la misma manera que el sol derrite los hielos. Una cantante y amiga mexicana suele decir en su testimonio, que todos tenemos que estar siempre:

Flojitos y cooperando.

Dios nos invita a traer toda nuestra vida a su presencia y ponernos al día. Dios no quiere hacernos sentir culpables, sino libres. En el dolor frecuentemente iniciamos un tiempo de recriminarnos cosas. Parece mas evidente todo lo malo que hicimos que lo bueno. Ya escribí antes sobre que la nostalgia era la enfermedad, pero creo oportuno repetirlo. Yo necesito escucharlo de nuevo.

Alguien ha dicho: «hay sólo una enfermedad, la nostalgia». La principal enfermedad de éstos tiempos lo aceptemos o no, es la nostalgia. Saber que tenemos un pie en la tierra y otro en el cielo. No sentimos comodidad en ningún lugar, mucho menos en el hospital.

En el hospital, podemos escuchar claramente la voz de Dios. Creo que no hay mejor lugar, para saborear la dulce presencia de Dios. Es un lugar donde no tenemos el control de nada. No decidimos sobre lo que comemos, ni sobre lo que hacemos. Pero Dios está en control, un puesto mucho mas arriba aun de los directores médicos.

Cerra tus ojos, yo cierro los mios y pensemos por 60 segundos en su amor eterno.

Necesitamos tener paz y certeza. Dejar de pensar en el cómo o el por qué llegamos al hospital. Pensemos en descubrir qué tiene Dios para enseñarnos y cómo pretende glorificarse en medio de nuestra enfermedad. Los doctores podrán hacernos preguntas sobre el pasado, pero nuestro Médico Celestial está interesado en nuestro presente y sobre todo en nuestro futuro. Ahí necesitamos poner nuestra mayor atención.

Voy a soltarme en sus brazos, como un niño se arroja en los brazos de su papá.

Necesito volver a poner los pies en el camino eterno. No es tiempo de revisar mis pasos, sino de comenzar a caminar, surfeando el dolor de la mano de nuestro Padre Celestial. Yo estuve en el hospital con mi abuelo y con mi papá. Pude ver por la hendija de la eternidad, un poquito de la paz de Dios. Sus habitaciones en el hospital eran como si Dios hubiera dejado la puerta apenas abierta de su presencia. El hospital no es lugar para quedarse, tampoco lo es la tierra.

Yo no me quiero quedar acá, quiero ir para allá.

Yo tambien tuve días en mi vida, cuando me tocaron días nublados, de intensas dudas, de temor axfixiante y de mucha incertidumbre. Hubo momentos en los que llegué a decirle a Dios que quería estar con el. No quería pasar mas el tormento de la duda.

Pero en ese preciso instante, llegó a mi mente una promesa de mi infancia.

«…en paz me acostaré, porque solo tu oh Dios, me haces vivir confiado…» Salmos 4:8

Aunque no me acosté de manera inmediata, su paz desbordó en todo mi ser. Le pedí a Dios que me ayude en mi pelea. En realidad me estaba peleando conmigo mismo y estaba perdiendo por goleada. Solté los guantes. Me tiré al piso del ring de mi vida y justo ahí, llegó su ayuda.

La voz de Dios en el dolor, es como entrar a boxes. Distintos mecánicos nos ayudan simultáneamente. Nos cambian los neumaticos, controlan el agua, nos cargan nafta, verifican el aceite, y todo lo hacen de manera simultánea. La carrera de la vida nos ha dejado huellas y hoy quizás necesitemos entrar a los boxes celestiales.

Habría que preguntarle a Esteban si realmente sintió las piedras. Habría que preguntarle a Jesús que sintió en la cruz. El dolor máximo no es el físico, es el espiritual. El máximo dolor de Jesus fue sentirse lejos de Dios cuando exclamó:

«Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?» Marcos 15:34

Escuchar la voz de Dios nunca nos traerá culpa. La culpa es una herramienta que usa el enemigo para angustiarnos y deprimirnos. Escuchar la voz de Dios es vivir poquito del cielo en la tierra. Es abrir los ojos a una nueva dimensión espiritual. Es cerrar los ojos a la ansiedad y abrir el corazón de par en par, hacia el cielo.

Así como el corazón es el músculo mas importante que tiene nuestro cuerpo, la oración es el músculo mas importante para escuchar la voz de Dios.

Así como el corazón late y late sin parar, nuestras oraciones deben subir y bajar todo el tiempo mientras estamos con dolor. Es Dios quien permite que atravesemos ese valle. Mientras los latidos del corazón determinan el ritmo de nuestras vidas, nuestras oraciones y nuestros silencios, determinan el pulso de nuestra relación con Dios.

El corazón es al cuerpo como la oración es a la vida.

Una canción. Un poema. Una historia. Un versículo. Cualquier recurso es útil para llegar a escuchar su voz. Mantenerse alerta, pues la oscuridad de la noche se hace mas profunda justo antes del amanecer de la victoria. Sigamos confiando.

«…reconoced que Jehová es Dios. El nos hizo y no nosotros a nosotros mismos, pueblo suyo somos y ovejas de su prado. Entrad por sus puertas…» Salmo 100:3–4

Entremos hoy a su presencia con acción de gracias y EL HARÁ.

Una enfermera árabe leyó en cierta oportunidad a un grupo de misioneros que estaban en Palestina, ésta cita bíblica:

“…¡La voz de mi Amado! He aquí el viene, saltando sobre los montes, brincando sobre los collados…” Cantar de los Cantares 2:8

Finalizó su pensamiento agregando que no hay obstáculo alguno que nuestro Salvador no pueda vencer, que para El, las montañas de la dificultad son tan fáciles como un camino asfaltado.