¿Cómo escuchar la voz de Dios? Parte 2

En la desconexión

Ayer mencioné que en la Universidad del Desierto no hay WiFi.

Soy un persona hiperconectada. Recientemente leí un informe de un amigo que mencionaba que pertenezco a una generación que se llama «Generacion Y», son los nacidos entre el 1965 y 1980, solo por un año no soy un «Milllennials», ya que éstos últimos nacieron entre el 1980 y el 2000.

¿Por qué creo que vivir conectado a Facebook, Instagram, Linkedin, Twitter, Whatsapp, entre otras, no es el mejor lugar para que Dios pueda hablarme?

A veces estar pendiente de una respuesta puede ser un gran impedimento. Vivir pendiente si me leyó o no. Los jóvenes utilizan mucho la frase “me clavó el visto” (doble click en azul del Whatsapp). Estar conectado hace que nos detengamos a ver fotos de alguien que se fue de vacaciones que no conocemos. Luego pasamos tiempo leyendo notas que sólo estimulan nuestra curiosidad o nuestra risa. Ahora… ¿todo lo que mencionamos recién está mal? ¡No! Pero creo que no es un lugar propicio para entablar una comunicación con Dios.

La gran diversidad de conexiones provocan ansiedad.

Pedimos un café en Bonafide y nos parece que tuvieron que viajar a Colombia para traer los granos de café por el tiempo que demoran en traerlo. Llegamos al banco y tenemos que hacer la fila mas larga del planeta y nos comenzamos a quejar que hay pocos cajeros atendiendo. Se viene un fin de semana largo y las filad en las estaciones de servicio son interminables. Querés enviar un video por whatsapp y el WiFi no te funciona. Llegas a un restaurante y tus hijos, lo primero que piden, es la clave del WiFi. Andamos buscando enchufes en los bares para cargar el celular. Ya no nos alcanzan los cargadores portátiles. Un amigo que vive en Hong Kong me cuenta que allá los celulares se venden directamente con una batería auxiliar, porque lo usan tanto que en un par de horas tienen que cambiar la batería o enchufarlo. Mi hija desconecta el paquete de datos y le baja el brillo para que su celular le dure mas la batería.

Podría seguir enumerando momentos donde parece que la desconexión es el fin del mundo. ¿Será así o estoy siendo un poco exagerado?

Quizás por otro lado somos personas con un espíritu muy altruista y vamos a las redes sociales como una oportunidad de dar una palabra de aliento, compartir un versículo de la Biblia y andamos buscando en el timeline de Facebook, algún lugar donde dejar nuestro comentario.

Pero necesitamos comprender que «siempre» habrá un comentario que nos está esperando, una persona que necesita ayuda, una idea que necesita ser difundida y solamente cuando me determino a escuchar la voz de Dios, el único que tiene que ser ayudado soy yo.

Dios no sólo debe ser la prioridad UNO, sino debe ser la única prioridad. Él es excluyente. Él todo lo llena, elimina todos los sustitutos. La desconexión es indispensable para escuchar la voz de Dios.

¿Tengo que apagar el celular para seguir leyendo? No.
¿Tengo que mutear las notificaciones? No.

Pero algo me sugiere que difícilmente puedas escuchar la voz de Dios con tanto ruido alrededor. Te doy un ejemplo. ¿No te sentís molesto cuando alguien te interrumpe mientras estas viendo televisión? Aunque hoy existe Netflix donde podes poner pausa a tu serie favorita en cualquier momento, aun así nos sigue molestando que nos interrumpan.

La desconexión es la puerta al silencio.

Es una herramienta que permite hacer un buen uso del silencio, con un rendimiento al cien por ciento. Siento que muchas veces cuando hago mi devocional con el celular cerca, hay algo que me empuja a abrir Facebook, Instagram o ver el último mensaje que recibí en el Whatsapp.

La desconexión es mucho mas que apagar el celular, es apagar tu lista de pendientes.

Tenemos tanto que hacer, que nos cansamos de tan sólo meditar en eso. La casa, los chicos, el estudio, la ropa, la cena, el trabajo, el auto, el vecino, las compras, etc. La desconexión incluye que resetees ésta lista. No basta con pausarla, necesitas resetearla. Por eso te recomiendo que antes de habitar en el silencio, verifiques que todo lo que te rodea esté medianamente en control, para no tener preocupaciones extras durante el tiempo de silencio. Por ejemplo quedarte pensando si encendiste o no el lavarropas.

La desconexión incluye tambien descansar en que Dios tiene el control.
¡Cómo nos cuesta ceder el control de nuestras vidas!
¡Cómo nos cuesta ceder el control de nuestras necesidades!

Mil veces hemos escuchado que la oración es hablar con Dios, pero muchas veces se parece mas a un monólogo que a un diálogo. Esto ya lo hemos hablado antes. Pero quiero hacer énfasis en la palabra «escuchar». Orar es hablar y hacer pausas. Orar es hablar y escuchar.

¿Escuchar qué cosa?

Nuestros pensamientos, nuestras emociones, nuestras historias, nuestras búsquedas. ¿Es suficiente? No, también debemos detener lo que en la publicidad se llama nuestro “top of mind”, que vendría a ser como las ideas que ya están instalada en las mentes de los consumidores que los invita a consumir determinadas marcas sin mucho análisis en él momento de compra.

De la misma manera en mis pensamientos, mis deseos, mis historias, mis búsquedas no siempre están enfocadas en la dirección divina y es por eso que la oración es única llave a una nueva dimensión, donde no sólo necesitamos entrar sino que debemos permanecer.

¿Y si no escucho nada qué hago?

Recientemente una mujer me comentó que sus silencios son «eternos» y pasan los días, meses hasta que Dios habla. Ahora ¿Cómo podemos detectar que es Dios y no nosotros? La clave es permanecer con nuestras mentes sigan en blanco. Es que Dios no tiene apuro. Dios no es un cajero automático, también lo escribí antes en la nota sobre la oración. Si no escucho nada, debo seguir esperando y esperar la paz de Dios. La dirección de Dios nunca nos va a provocar stress, ni nos traerá miedo. Todo lo contrario, el Espíritu Santo será un fiel conductor de éste proceso, para que en vos y en mi, haya paz, serenidad y propósito en la comunicación.

Para vaciar un vaso sucio, necesitas poner mucha agua limpia. Lo mismo sucede con nuestras mentes finitas y confusas. Están llenas y necesitan ser vaciadas. Están saturadas de información y necesitamos formatear el disco rígido todos los días y en todo momento.

Leer la Palabra de Dios es fundamental para escuchar la voz de Dios, pues es la Voz de Dios. Personalmente creo que debemos tener un plan de lectura, un sistema, una rutina de lectura.

No creo que Dios hable al “boleo”.

¡Donde ponga el dedo, eso haré hoy! Alguien leyó lo siguiente… –Y fue y se ahorcó. Judas.

No es gracioso, es peligroso. Dios nos dejó muchos libros, pero un solo tema, la redención. Mas de 40 autores que vivieron en un lapso de 1.500 años y 66 libros que hablan de un sólo Dios que nos está buscando. La lectura es indispensable para cambiar el chip de nuestra comunicación. Necesitamos cambiar nuestra de compañía de celular. Nuestra conversación con otros, o aun nuestras conversaciones con nuestro “yo”. Esas charlas no nos llevará a ningún lugar. Fuimos creados para vivir en armonía y es el pecado nuestra gran barrera para escuchar la voz de Dios.

El pecado ha interrumpido nuestra comunicación.

El pecado ha embarrado la cancha. El partido de nuestra conversación no será posible si continuamos viviendo en nuestro pecado. Nuestro «yoísmo» es muy peligroso. Nuestra seguridad también es peligrosa. Debemos abandonar nuestra comodidad y nuestras raíces pecaminosas y llevar todo a la Cruz de Cristo. Es indispensable sanar nuestras heridas para escuchar la voz de Dios.

Así como una persona con una pierna quebrada, que empieza su recuperación. No puede correr al día siguiente, porque no puede mantenerse en pie sin ayuda. De la misma manera, el pecado nos ha roto las piernas de nuestra comunicación con Dios y nuestra única manera de ingreso, es a través de Jesus. Necesitamos que Jesus nos perdone.

El perdón que más necesitamos es, perdonarnos a nosotros mismos. Aceptar que necesitamos el perdón de Dios, ése el primer paso.

A veces imagino que escuchar la voz de Dios es como estar en la playa. Muchas veces nos entretenemos mojando los pies en la orilla. Jugamos con la arena y nos sentimos cómodos y seguros. Nos gusta tomar sol en la arena, nos gusta caminar con los pies en el agua. Nos encanta romper las olas con un clavado, para volver a ponernos de pie y esperar la próxima ola. Nos encanta poner la reposera en el borde del agua y tomar mates con los pies mojados.

Aunque la bendición de Dios también esté ahí, en cada uno de esos lugares, para conocer a Dios de una manera mas profunda, necesitamos ir a lo profundo. Decidir que no nos vamos a conformar con las bendiciones de Dios, decidir que queremos conocer al Dios de la bendiciones.

Necesitamos ir mas profundo si queremos escuchar la voz de Dios. Claro que Dios puede hablarnos en cualquier lugar y en cualquier momento, pero buscarlo, demanda abandonar nuestra seguridad. Cuando dejamos de hacer pie y las olas comienzan a pegar fuerte, tenemos miedo, nos desesperamos. En ésos momentos no podemos hacer otra opción que depender de que nos vea el guarda vidas.

Para escuchar la voz de Dios y comenzar a depender de Dios, necesitamos abandonar nuestras charlas de siempre. Esos diálogos internos que nos tienen atrapados en un laberinto sin salida. Los años nos han capacitado para preguntar y respondernos, casi de manera automática, eso no ayuda.

Dios no sólo quiero darnos respuestas, quiere enseñarnos a preguntar.

El quiere establecer una nueva agenda. Estamos llenos de compromisos. Necesitamos limpiar nuestras agendas.

Yo soy inquieto. Soy hiperactivo. Soy multitasking y a veces pretendo que Dios me hable mientras hago otras 10 cosas simultáneas. Escuchar la voz de Dios es mucho mas que un ratito en su presencia. Nuestra hiperactividad nos ha transformado en personas impacientes y dinámicas. Al buscar su Voz necesitamos tener tiempo. Permanecer mucho mas que unos simples minutos. Escuchar su voz es mucho mas que una consulta médica. Es entrar al taller de nuestro mecánico desconociendo el problema que tiene nuestro auto.

El problema es que nosotros muchas veces “creemos” que conocemos nuestro problema, y en el camino nos damos cuenta que no es así. En la autopista a su presencia, su voz pone de manifiesto que nuestro problema es mucho mas profundo. No se trata de la cantidad, ni de la calidad del tiempo, se trata de pasar tiempo tiempo.

Como padre observo que mis hijos no hablan cuando yo quiero que hablen. Ellos hablan espontáneamente cuando paso tiempo con ellos. Ellos hablan cuando yo decido abandonar mi celular y mis otros compromisos para estar con ellos y dejar que pasen los minutos y aun las horas. Para escuchar la voz de Dios sucede algo parecido, Dios nos habla cuando El quiere y para eso necesitamos estar en Su presencia.

Hoy te invito a que avises a tu familia cercana que apagarás el celular por 1 hora. Luego de apagarlo deja tu celular fuera de tu alcance. Hazte unos mates y con tu Biblia abierta comienza a orar. No es necesario que cierres los ojos, puedes tenerlos abiertos mirando tu Biblia o algún paisaje que tengas frente tuyo. Lo importante es que si no se te ocurre nada para decir, no digas nada.

Lo importante es que declares con tu boca y con tu corazón que Dios es grande, que Dios es fiel, que Dios es amor, que Dios es tu única esperanza.

«Así que, hermanos, tenemos libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo, por el camino nuevo y vivo que él nos abrió a través del velo, esto es, de su carne. También tenemos un gran sacerdote sobre la casa de Dios. Acerquémonos pues, con un corazón sincero, en plena certidumbre de fe, purificados los corazones de una mala conciencia y lavados los cuerpos con agua pura.»

Hebreos 10:19–22

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