Cuando me enfrento a una hoja en blanco, siento la misma sensación que cuando estoy a punto de abordar el avión.

Al dibujarse las primeras palabras en el papel, comienzo a caminar por el túnel.

Algo de mí, comienza a despedirse de la hoja en blanco, mientras busco mi asiento, al sonar de las turbinas.

La valija de los recuerdos fue despachada y junto con ella, se fueron todos mis papeles, y los temores que tenía por resolver.

Mientras los párrafos se acumulan sin pedirme permiso, el capitán acelera las turbinas, porque ya no depende de mi, sino de El.

Ya no puedo regresar por esa hoja en blanco, porque ya estamos a punto de despegar y una aventura está por comenzar.

Me queda un pedacito de blanco todavía, mientras el avión comienza a carretear.

Hay algo sublime que me sucede al escribir, como cuando mi pulso se acelera al despegar, porque no sé dónde, mis palabras puedan llegar.

Así como escribir es mucho más que llenar los renglones en blanco, volar es mucho más que solo viajar.

Volar es viajar con destino a la esperanza, es toda una aventura por conquistar. Así como desaparece el papel en blanco, los párrafos generan mi esperanza en su firme andar.

El avión ya está en el aire y es tiempo de dejar el papel en sus manos, porque ahora todo, todo depende de El.

Mi firme trazo deja su rastro cansado en cada palabra, mientras se apagan las luces, como si alguien estuviera esperando que yo me duerma y descanse.

Ya no veo tierra en el horizonte, solo me envuelvo en las nubes del sueño que busco al escribir.

Mi esperanza ahora está, en que mis palabras vayan mucho más allá, de lo yo pueda imaginar.