La oración
Me dijeron que era algo tan simple como hablar con Dios. Me explicaron que sólo tenía que hablar y que El me escucharía.

Mis primeros años de orar fue siempre por la comida en los almuerzos, luego comencé a sentir algunos miedos por las noches. Fue entonces, cuando volví a orar, para que Dios pueda cuidar mis sueños y quitar mis miedos.
Fui creciendo un poco más y la oración fue el timbre que siempre tocaba antes de los exámenes. Aún cuando estaba frente al profesor, miraba por la ventana, como buscando a Dios y le pedía que me ayudara a recordar todo lo que había leído.
Hasta ese entonces, yo hacía de la oración un lugar para que Dios cumpla mi voluntad. Hasta que comencé a orar con otros y entendí que había algo mas en la oración. Fue donde comencé a ver que era Dios quien debía alinear mi vida y no viceversa.
Llegando a mis veinte años, todo se volvió más intenso, porque me había enamorado y estábamos por casarnos. Todo el tiempo me la pasaba mirando al cielo y preguntándole a Dios si mi novia era SU voluntad. (Todavía guardo las cartas de amor y en muchas, aparece la palabra cielo, sol, como un lugar donde los dos debíamos mirar, para conectarnos con Dios, aunque nos separen algunos cientos de kilómetros).
Me casé, llegaron mis hijos y con ellos, mis desafíos laborales. Y la oración era el momento que nos unía como familia. Copiamos el modelo que aprendí de mis viejos. Cada vez que llegábamos con el auto, luego de un viaje de varias horas, cantábamos y orábamos agradeciendo a Dios por habernos cuidado durante el trayecto recorrido.
También viví tiempos donde no había mucha oración en mi vida, pero si mucha charla con otros amigos. Tenía un Nextel y muchos amigos en mi ciudad y también en México, “hablaba gratis” y en cada momento difícil me comunicaba para charlar y si se podía, al final alguno de los dos oraba. Ese tiempo se caracterizó por un monólogo mío, más que un tiempo real de oración.
Más recientemente la oración se convirtió en el momento de dejar las cargas junto con mis hermanos de la iglesia. Algo así como un montón de barcos que llegan super cargados al puerto de Dios, y luego de amarrar las anclas, comienzan a bajar todo su equipaje. La oración comenzó a ser un canal por el cual, aligerábamos las cargas y podíamos seguir el viaje.
Y por fin llegamos al día de hoy, donde veo a la oración como un afinador celestial. De la misma manera que un Director de Orquesta hace sonar un «Mi» en un piano bien afinando, y luego todos los instrumentos hacen vibrar al unísono la misma nota, así veo a la oración de hoy. Pero cuando el piano esta desafinado, no hay orquesta que pueda sonar bien. Lo mismo me está sucediendo en este tiempo. Veo que la oración es silencio para escuchar el tono de Dios y afinar mi vida en la escala de Dios. Ser un buen «afinador» requiere tener un buen oído, más que saber interpretar una canción. Eso es lo que necesita mi vida espiritual hoy, un buen oído. Afinar requiere hacer ajustes en la tensión de la cuerda. De la misma manera, si la oración no hace ajustes en mi vida, no está cumpliendo su verdadero propósito. Para afinar bien se necesita silencio, para orar también, mucho silencio.
Últimamente veo a la oración como un momento donde cierro mis ojos y mi mente, y todo está como una hoja en blanco. No quiero escribir nada, solo quiero escuchar la voz de Dios. Generalmente lo hago después de hacer mi devocional y lectura de la Biblia.
Mientras estoy orando busco tener pensamientos de paz, imagino paisajes calmos en mi mente e intentó detener todas mis ansiedades y necesidades.
Los mismos discípulos de Jesus, le pidieron que El les enseñe a orar. La oración modelo tiene 2 partes principales, la primera es de re-orientación y la segunda de resultado. El problema en la oración surge cuando invertimos este modelo. Si estamos siempre buscando resultados de la oración, habremos equivocado el camino.
Oramos para conectarnos con el dueño de nuestras vidas. Oramos para ver cuáles son los próximos pasos a seguir. Oramos para buscar dirección específica sobre algunos temas puntuales. No oramos para tener resultados, tendremos resultados porque oramos con Fe.
Y la Fe viene de Dios, es por eso que necesitamos re-orientar nuestra oración y recargarla del combustible divino: la Fe. Y para tener fe, tenemos que renunciar en oración a nuestras posibilidades. En la oración nos liberamos de nosotros mismos. Aunque retenemos nuestro sentido de identidad, nunca somos más nosotros mismos que cuando somos más suyos.
Muchos ven a la oración como un cajero automático, donde van con una tarjeta de oración y retiran el monto que quieren. La oración es mucho más que una transacción con Dios, es un camino. Cuando sos pequeño la oración se llena de «te pido por esto y por aquello» pero cuando vas creciendo incorporas más la palabra «gracias» porque es lo primero que surge al llegar a la presencia de Dios.
No oramos para pedir, oramos para ver lo que Dios quiere que veamos. No oramos para entender, oramos para reconocer que fuera de Él no hay valor en nosotros. No oramos para hablar solamente, oramos para escuchar y luego responder.
Padre Nuestro son mucho más que dos palabras juntas. La primera revela nuestra necesidad de tener un padre. Nuestra sociedad está viviendo como huérfanos. Tenemos padres pero nos sentimos lejos de ellos. La oración comienza con una relación de amor que nació en el corazón de Dios.
En cierto sentido la oración es más una respuesta, que una pregunta. Alguno me citara la enorme cantidad de salmos de queja y es verdad. Pero yo me quiero referir a la oración como nuestra respuesta al gran amor de Dios. La oración no sólo responde, sino que llega al cielo por Jesus. La oración rebotaría en nuestros techos sino fuera por el camino que trazó Jesus, con su vida, su muerte y su resurrección.
La oración infantil es caprichosa. La oración que madura piensa en el Reino de Dios. El reino de Dios hace pequeño nuestro mundo, y cuando oramos todo su Reino se ensancha en nuestras finitas mentes.
Me gusta imaginar a la oración como lo que siente un pez al volver al agua, o volver a la tierra si soy una planta. La oración es volver a nuestro origen, es conectarnos a la fuente de la vida.
La oración no crea reinos, los manifiesta. Vamos a continuar comiendo nuestras palabras en oración hasta que no entendamos lo siguiente. Los cielos reinan y que el Reino de Dios no sólo tiene la última palabra, sino que tiene la primera, la segunda, etc.
La oración es un momento de quietud. Alguien dijo que: «me siento capaz de enfrentar mi trabajo con confianza y valor cuando he pasado cada día un momento de quietud con Dios». Si no tenemos una hora quieta por la mañana, posiblemente tendremos que soportar una hora inquieta por la noche.
La oración es receptividad. Es el camino por el cual la presencia de Dios penetra en la intimidad de nuestro ser. Lo desnuda para cubrirlo. Es el abandono de los temores, de nuestras inhibiciones y particularmente de todo sentimiento de egoísmo, porque ante El todo se desvanece, incluyendo nuestro «yo».
La oración no significa la destrucción del «yo». Significa que ofrecemos un «yo» en alerta a seguir su camino. Un «yo» que, sabe ocupar bien su segundo lugar, y que está deseoso de servir al gran Yo Soy.
Un «yo» rendido no es una masa inerte, es una esponja permeable que recibe toda el agua de la fuente inagotable que Dios tiene en su infinito amor.
La oración en términos prácticos es como llevar la ropa al lavarropas. En el camino, la ropa tiene feo olor. De igual manera llegamos a su presencia con la mente cansada y los pies sucios de andar. Cuando metemos toda la ropa en el lavarropas y cerramos la puerta, el olor se va. De la misma manera, purificamos nuestras intenciones en la oración, nos sacamos el olor a mundo y nos llenamos de la fragancia de su presencia.
He escuchado de muchas personas que me dicen que funcionan mejor a la noche para tener un encuentro personal con Dios en oración. Siempre será una mirada hacia atrás, si lo haces por la mañana será una mirada hacia adelante.
Finalmente, resuelve cuánto tiempo le dedicaras en las próximas 24 horas a la oración y organiza el resto del día en torno al período de oración. No permitas que suceda a la inversa y el resto del día decida acerca del período de oración. Antes de ver el clima o la noticias, ora. Deja que la oración te de el clima del día. La oración es la melodía que tus oídos necesitan escuchar para llegar al trabajo.