La bandeja

El tiempo que viví en Cuba comí más en bandejas que en platos. La bandeja mostraba el deterioro gradual y sin final de ese sistema.

La bandeja cubana era de aluminio y tenía siete compartimientos. Uno rectangular, abajo a la derecha reservado para el arroz. Uno redondo para potajes y sopa, justo al lado de otro, alargado, para la cuchara, también de aluminio y con los bordes filosos e irregulares. En la parte de arriba dos rectangulares, para la carne y el postre, y uno redondo para la leche o el jugo. En el único sitio que quedaba, uno redondito, pequeño, para la sal.

De niño, en la primaria, la bandeja aún servía para que en ella le sirvieran una comida de cierta calidad. En el semiinternado comí ropa vieja; jamón; carne con papas; pollo o pescado, siempre acompañado de un arroz medianamente bueno, blanco o amarillo, congrís o moro, pero bastante comible. También las sopas y los frijoles negros o colorados, a veces judías, menos chícharos, eran bastante buenos, y siempre había postre, natillas, arroz con leche, flanes y pudines. La leche no faltaba.

A medida que la revolución se iba haciendo grande había menos comida. El pueblo enardecido se enfrentaba al Imperio y la bandeja se depauperaba. Desapareció la carne y el spam se hizo rey, el arroz cada vez tenía más bichos y piedras, los chícharos se impusieron, convirtiéndose con el paso del tiempo en un agua mugrienta de contenido indefinible. La bandeja representó el fracaso y el hambre, el dolor y la escasez.

Le pedí a unas amigas que me trajeran unas bandejas de Cuba. Ninguna me hizo caso.

Una me dijo que ni loca, que aquí, en la aduana, le iban a preguntar si estaba importando aluminio; otra que eso pesaba mucho. Una fue radical, “eso ya no se encuentra” que en Cuba ahora las bandejas eran plásticas. Otra, la más sincera me dijo que no estaba pa esa descarga.

E insistí, se la pedí a amigos, conocidos, puse un anuncio en Facebook, cien mil o un millón, yo pagaré, dije. Pero nadie me hizo caso.

Hasta que llegó Irma.

Soplaban los primero vientos y quise ver el mar. Todo Miami olía a ciclón. Llegando al mar veo a un muchacho, delgado, con el color de los recién llegados, y una camiseta del Barcelona, evidentemente falsa, por el color, por las costuras, por todo. En sus manos llevaba una bandeja.

Enseguida el hijo de puta que llevo dentro pensó en arrebatársela y salir corriendo, el muelero pensó en explicarle todo lo que significa una bandeja para mi y esperar que en su generosidad me la cediera. El comprador compulsivo en ofrecerle, cien, doscientos, trescientos dólares por ese trozo de metal. Y empecé a seguirlo.

En un momento, se dio la vuelta, y mirando hacia todos lados me mira y me pregunta “¿Me haces una foto por favor”? Mi yo depredador le responde “Con la única condición de que después me dejes tomarme una con tu bandeja”

Me cuenta que lleva solo tres días en Miami, y que esa es la bandeja de su madre, de las primeras, porque no tiene el “hoyito” para la sal.

“En esta bandeja mi madre ponía sus plantas. Siempre estuvo en mi casa, con flores, a la entrada del pasillo. Me fui de Cuba porque quiero conocer el mundo, quiero llegar al Camp Nou y ver al Barcelona, ir a Paris, a China, a Egipto, y le prometí a la vieja que en cada uno de los lugares que visite, me haré un foto con su bandeja”

Mi lado buena gente renunció a esa bandeja en ese mismo momento, era de Cabarién, un pueblo que ahora mismo no debe ni existir.

Nos hicimos las fotos y le enseñe mi comedor, aquí en Miami Beach, donde un poster gigantesco con una bandeja es la única decoración.

En mi foto, abrazo la bandeja, más bandera que ese trozo de tela por el que algunos morirían y que de tanto pregonarlo perdió todo sentido, al menos para mi. Abrazo un trozo de aluminio que me acompañó tanto o, a veces, más que mis amigos, que presidió momentos imborrables, que fue el reflejo de cómo un país se iba convirtiendo en mierda.

No sé para qué cojones quería una bandeja. Quizás para llenarla de comida, y sentir por una vez lo que me arrebataron en mi infancia, quizás por postalita, por tener una bandeja cubana en Miami. Realmente ahora que lo pienso, no lo sé.

Pero quería decirle a mis amigos que se olviden, que dejen de buscar. Ya no quiero una bandeja, ahora quiero un tocadiscos Ackord.

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