
El legado político-ideológico de Eduardo Frei Montalva
Jorge Fábrega, 10 de enero del 2015
Texto leído en el III Encuentro Oswaldo Payá
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Estimadas y estimados, es para mí un gran honor recibir la invitación a participar de este encuentro centrado en la obra de uno de los pensadores y políticos socialcristianos más importantes que ha producido esta tierra. Doble honor, considerando que este encuentro se realiza a solo días que mi padre, Manuel Fábrega, falangista, demócrata cristiano y uno de los tantos jóvenes chilenos que escucharon la llamada de la Patria Joven haya partido; no sin antes habernos enseñado mediante su testimonio de vida lo que significa en la práctica ser un humanista cristiano. Pido permiso para hacer mi intervención en su honor.
- El sentido de urgencia
Como las contribuciones político-ideológicas de Eduardo Frei Montalva cubren todo el espectro de la vida en común, las aproximaciones que podemos hacer a su obra son múltiples y la jornada de hoy es un vivo reflejo de ello. Afortunadamente para mí, me integro a esta mesa precedido de una vasta literatura dedicada a entender su pensamiento y su obra. No pretendo ni podría igualarla. Por el contrario, mi objetivo, más allá de lo sugerente del título, es modesto. Simplemente, deseo destacar algunos pilares que entiendo fueron centrales en el pensamiento de Eduardo Frei Montalva y desde ellos reflexionar críticamente sobre algunos aspectos de nuestro presente.
He elegido como eje de mi aproximación a su obra, situarme en los pies del joven veinteañero Eduardo Frei Montalva para revelar la energía vital que lo llevó a hacer de la política su vocación de vida.
La contribución político-ideológica de Eduardo Frei Montalva comienza a gestarse con el inicio de la década de 1930. Aquellos eran años agitados para el mundo occidental. En los países más desarrollados el liberalismo vivía una crisis profunda tras el desplome imprevisto, pero severo, que se produjo en la bolsa de Nueva York en octubre de 1929. Hacia 1932, en pleno apogeo de la Gran Depresión, el 30% de la población económicamente activa de los Estados Unidos estaba cesante y la sensación reinante era que el capitalismo había colapsado. El gobierno norteamericano expulsaba inmigrantes mexicanos y el francés a inmigrantes polacos, italianos y españoles para disminuir la competencia laboral. Para la posteridad queda una foto de un ciudadano londinense con un cartel que decía que sabía tres oficios, hablaba tres idiomas, había combatido en la guerra por tres años, tenía tres hijos y lo único que deseaba era un trabajo. Por contraste, los planes quinquenales de Stalin para industrializar rápidamente a la Unión Soviética y colectivizar la agricultura estaban dando frutos; aunque sólo fuese al precio del hambre de los campesinos obligados a entregar sus cosechas al estado soviético. Y en Italia y Alemania, la pobreza, la desorientación y las heridas aún abiertas de la postguerra llevaban a sus pueblos a abrazar facismos que aún no mostraban toda su capacidad de violencia.
Si bien los coletazos de la Gran Depresión habían azotado a Chile con especial severidad obligando a Ibáñez del Campo a renunciar y al país a suspender por primera vez el pago de su deuda externa, el joven Eduardo Frei Montalva tuvo la oportunidad de viajar a Europa y palpar en primera persona los hechos que se estaban gestando en el viejo continente que enmarcarían lo que a la postre sería el período histórico que le tocó vivir: la Guerra Fría.
Lo que Frei constató en su periplo por Europa a finales de 1933 y hasta marzo de 1934 es que el conflicto económico social estaba dinamitando las ya inestables instituciones políticas democráticas del mundo occidental desarrollado y el modo en que se resolviera ese problema moldearía el orden mundial en las décadas siguientes. En 1935, escribe en el Diario Ilustrado:
“No hay problema más grave ni cuestión que apasione tanto los espíritus como esta que se refiere al problema económico social. Los profundos transtornos que amenazan con la estabilidad de todas las instituciones, la inquietud política reinante, la lucha encarnizada de las clases sociales, el fracaso de los métodos que se refieren a organizar la producción y el consumo, la injusta repartición de la riqueza, constituyen hoy, más que ningún otro aspecto de la vida, la gran interrogante que se plantea a la sociedad y a los Estados. Mientras este problema no sea resuelto y un orden basado en la justicia regule las relaciones humanas, ya sea entre persona y persona o entre pueblo y pueblo, serán vanos los intentos legislativos y los esfuerzos de los políticos y las normas de los estadistas. Todas las revoluciones modernas tienen su origen en este desorden social y todas las inteligencias y todas las pasiones convergen hacia este campo de la actividad humana. Experimentos de transcendentales consecuencias para el destino mismo de la personalidad, se están verificando y tanto Roosevelt como Mussolini, Hitler, Stalin o Laval, tienen como fundamento de su exito o de su fracaso, el encontrar una fórmula de organización económico social que refleje las aspiraciones de los hombes y tenga la posibildad de realización” (Diario Ilustrado, 13 de octubre de 1935)
Es ese contexto el que lo llevará a dotar de un sentido de urgencia y trascendencia a su acción política. Como escribiría años después “El marxismo y el nazismo no son simples tácticas políticas, ni maneras diversas de administrar los negocios públicos: son formas vitales. Tienen un estilo propio, significan una mentalidad” (Política y Espíritu, p.33).
Lo que Frei Montalva veía ante el avance de los totalitarismos era que su época vivía una encrucijada: había que defender la sociedad libre, pero el liberalismo no iba a poder hacerlo.
Por eso era necesario construir una doctrina alternativa. En el mismo texto de aquel 13 de octubre de 1935 continúa Frei Montalva:
“No puede pues un movimiento político de juventud como el nuestro prescindir de esta gran cuestión y dependerá su éxito principalmente de un plan bien definido en que precise su pensamiento frente a este problema eje de todos los grandes hechos políticos y sociales… no basta precisar esa posición doctrinaria en el terreno de lo absoluto. Es necesario confrontarla con la realidad. La inflexibilidad en los principios requiere la ductibilidad en la aplicación. Y a esto no se le llama transacción que eso es muy distinto.
En Chile, pues, jamás debemos olvidar, que nuestro movimiento tiene un carácter nacional, porque en las vaguedades de un libro internacional, bien poco aprenderemos sino sabemos ver lo que tienen de nuestro y extraño, este problema económico social se presenta con caracteres sombríos. El mal universal toma entre nosotros formas propias que lo hacen aún más agudo. Entremos en su análisis.
Una doble fórmula debemos adoptar. Primero debemos precisar nuestra filosofía social y en seguida nuestra realidad social… estudiar este problema desde el punto filosófico y universal; poseer su técnica y buscar la aplicación concreta de estas ideas a Chile. Ver lo universal y lo particular de nuestro fenómeno. Como hombres respondemos a un criterio universal, como chilenos vivimos una realidad limitada en el tiempo y el espacio. Olvidar esto significa caer en la utopía, sinónimo de la estirilidad y olvidar lo otro es estrechar el punto de mira y desconocer el valor trascendente de la persona humana y el gran hecho de la unidad espiritual y económica que es el mundo contemporáneo” (Diario Ilustrado, 13 octubre 1935)
Tenía 24 años y el joven Frei Montalva plantea con claridad el método para organizar la reflexión respecto al problema económico social: primero debe aclararse cuál es la concepción de lo humano (la filosofía social) sobre la que se levantan los principios y, posteriormente, la reflexión debe conducirse hacia cómo desde ellos se abordan las condiciones reales siendo inflexibles respecto de la doctrina, pero ductiles respecto a su implementación.
Estas palabras las escribe en el marco de la Convención Nacional de Jóvenes Conservadores de octubre de 1935. Ocasión en que se establecen los estatutos del movimiento indicando que se podía participar en él sin necesidad de militar en el Partido Conservador. Ese acto fue la primera piedra desde donde se construirá lo que posteriormente sería la Falange Nacional y, luego, el Partido Demócrata Cristiano de Chile.
Ahora bien, alguien podría estar tentado a pensar desde la perspectiva que da el conocer cómo se dieron los hechos y ser testigo del fin del período de la guerra fría (incluso en sus últimos símbolos como ha sido el reciente acercamiento entre Estados Unidos y Cuba) que el sentido de urgencia y de trascendencia ya no es necesario. Mal que mal, los totalitarismos uno a uno cayeron por su propio peso ante el juicio de la historia, mientras el liberalismo, ahora globalizado y profundizado, continúa gobernando nuestras vidas. Pero señalar eso sería un error de perspectiva. No ha sido la capacidad de la sociedad liberal de resolver sus propias contradicciones la que se ha levantado desde las cenizas tras la Gran Depresión, sino el abandono de los otros megarelatos sociales la que ha generado la sensación de éxito. Lo que fue cierto en la década de 1930 no ha dejado de serlo en nuestros días. Retumban en la época de Frei Montalva y en la nuestra con igual fuerza las reflexiones de Pio XI en la Quadragesimo Anno de 1931. Escribe Pio XI:
“Salta a la vista que en nuestros tiempos no se acumulan solamente riquezas, sino también se crean enormes poderes, y un prepotencia económica despótica, en manos de muy pocos…Estos potentados son extraordinariamente poderosos, cuando dueños absolutos del dinero gobiernan el crédito y lo distribuyen a su gusto; diríase que administran la sangre de la cual vive toda la economía, y que de tal modo tienen en su mano, por decirlo así, el alma de la vida económica, que nadie podría respirar contra su voluntad.
Esta acumulación de poder y de recursos, nota casi originaria de la economía modernísima, es el fruto que naturalmente produjo la libertad infinita de los competidores, que sólo dejó supervivientes a los más poderosos, que es a menudo lo mismo que decir los que luchan más violentamente, los que menos cuidan de su conciencia…
Las últimas consecuencias del espíritu individualista en el campo económico, vosotros mismos … las estáis viendo y deplorando: la libre concurrencia se ha destrozado a sí misma; la prepotencia económica ha suplantado al mercado libre; al deseo de lucro ha sucedido la ambición desenfrenada de poder; toda la economía se ha hecho extremadamente dura, cruel, implacable”
Sometidos como estuvieron los espíritus libres del siglo XX a tener que optar entre democracias liberales y totalitarismos de distintos colores, se volcaron sin dudarlo hacia los primeros con entusiasmo, pero con la conciencia clara que los procesos de su deslegitimación han seguido agudizándose con el correr de las décadas. La imagen más elocuente de ese proceso es un cartel que colgaba de un edificio en el contexto del movimiento de los indignados en España: “no somos antisistemas, el sistema es antinosotros”. Pero esa es nuestra realidad, para poder hablar de ella desde el legado de Frei Montalva es menester indagar primero en la filosofía social desde la cual construyó su proyecto político.
2. La filosofía social de Eduardo Frei Montalva
Una buena forma de revelar la filosofía social de Eduardo Frei Montalva es partir señalando que su crítica fundamental al liberalismo es que éste ha vaciado a las sociedades humanas de espíritu trascendente y, por ende, allí donde sólo el liberalismo florece: el humano queda desprovisto de sus relaciones y abandonado a su individualidad.
El Estado desde la perspectiva liberal es concebido como la suma de individuos reunidos en torno a un contrato. Contrato que tiene por fin último que sus derechos fundamentales en cuanto a individuos queden resguardados y protegidos de la opresión externa. Se trata pues de la concepción del hombre como un ser autónomo presocial y a la sociedad (la buena sociedad) como el proyecto para que esa autonomía se exprese.
Pero la ausencia de coacción externa (la libertad negativa del pensamiento liberal) nos habla sólo de un fragmento (importante, por cierto) de la autonomía humana. Su debilidad fundamental es que el espíritu individualista no reconoce “cuadros orgánicos” como los llamaría Frei Montalva. Sólo existen individuos y la sociedad en que estos se agrupan.
Esa incapacidad del liberalismo para comprender el lugar central que tienen los cuadros orgánicos (o intermedios o comunidades) para el pleno desarrollo del ser humano se debe a que no comprende que las sociedades no son sumas de individuos, sino de individuos y sus relaciones. Al respecto, Frei Montalva tenía la intuición correcta al señalar que “el hombre no nace esporádicamente ni su contacto es inmediato con la sociedad, sino que se manifiesta a través de otros órganos y asociaciones… mientras más se robustezcan estos órdenes, mayor defensa tiene la persona frente al Estado, que por ley física trata de absorberla y anularla. Al mismo tiempo tiene una mejor forma de influir en la sociedad, pues en una suma de individualidades aisladas, le queda sólo el voto político, ejercido a través de espacios muy anchos de tiempo, y condicionado por tan gran número de factores que lo desvirtúan, quedando sólo una caricatura de poder individual” (Política y Espíritu, 50).
Cuando nos miramos a nosotros en nuestras relaciones se abren dos niveles de reflexión. El primero es que por una imposibilidad física y biológica, no nos es posible sostener relaciones con la sociedad en su conjunto sino que con subsegmentos de ella. Por ejemplo, si se trata de relaciones con algún grado de amistad, el antropólogo Robin Dunbar ha encontrado recientemente evidencia que los humanos no tenemos capacidad cerebral para sostener simultáneamente relaciones de amistad con más de 250 personas. Eso significa, como lo intuye correctamente Frei Montalva en la cita anterior, que los humanos tenemos capacidad para asociarnos y agruparnos que están limitadas en magnitud y, por ende, nuestras relaciones como individuos no es con la sociedad en su conjunto sino que dicha relación está intermediada por las comunidades y otros cuerpos sociales con los que nos relacionamos y a los que pertenecemos. Por ello, toda reflexión sobre la condición humana debe tener un componente particular o local y otro general o universal. La acción política no puede inspirarse únicamente en conceptos universales abstractamente humanos. De aquí que no se equivocaba el joven Frei Montalva cuando escribía en la cita que mencioné anteriormente de octubre de 1935 que el movimiento que estaban formando debía “ver lo universal y lo particular de nuestro fenómeno” y que “la inflexibilidad en los principios requiere la ductibilidad en la aplicación”. Volveré sobre este punto más adelante.
El segundo nivel que se abre al pensar al ser humano en sus relaciones es que una tercera forma de orden social se pone de manifiesto: la comunidad. Ésta en ocasiones es complementaria y en otras sustituye a los otros dos, léase, Mercado y Estado. Si el Mercado genera condiciones de orden social mediante las señales de precios y el Estado mediante las leyes, las comunidades generan orden social mediante la reputación, las normas sociales y las relaciones de confianza. El bien público que no ve el espíritu individualista (porque sólo ve individuos y no relaciones) es el orden social que emana del encuentro entre seres humanos que se respetan mutuamente aún cuando no haya un precio que lo torne conveniente ni una ley que se lo dicte.
Para el espíritu individualista, la cooperación y la confianza hacia el otro, las virtudes cívicas, la acción colectiva, son todos bienes que en último término descansan en su capacidad de reportar beneficios netos al individuo. Por eso, la gratuidad en el encuentro con otros ha sido una constante paradoja para la reflexión individualista ¿por qué vota la gente en elecciones con ganadores que están seguros si su voto no cambiará la elección? ¿por qué dejan propinas en locales donde nunca volverán? ¿por qué se detienen a ayudar desinteresadamente a otros? Etcétera. Pero cuando pensamos al humano en sus relaciones esas paradojas desaparecen. Los humanos cooperamos porque así fue como nos impusimos sobre la faz de la tierra. Si estamos hoy aquí es porque nuestros ancestros hace 200 mil años cooperaban para poder subsistir. Somos hijos de cooperadores. Somos hijos de comunidades. Somos en nuestras relaciones. Lo humano no es individual sino comunitario de origen. Somos primero personas y sólo después individuos.
Como diría Frei Montalva al finalizar su mandato presidencial:
“Siempre hemos luchado por un auténtico humanismo; por una sociedad abierta; por la rica expresión de un mundo comunitario, por los derechos de la persona humana; por una estructura social sin privilegios de grupo, clase o individuos. Nacimos creyendo no en el odio sino en la solidaridad; y en la firme convicción de que la justicia y la eficiencia son compatibles con la libertad […]. Estamos convencidos de que lo que nace de la solidaridad de hombres libres es permanente” (Discurso de despedida, fin de su mandato, diciembre de 1970)
Es en el contexto de pensar al individuo en sus relaciones que la autonomía humana es un proyecto político posible y deseable. La autonomía no es, como lo piensa el liberalismo (y con especial fuerza el neoliberalismo), una condición presocial. Si en promedio nosotros hemos podido acceder con mayor probabilidad que la generación de nuestros padres a tener control sobre nuestras propias biografías y ser más autónomos es porque nuestra mutua interdependencia es hoy mayor que en ningún momento pasado de la historia humana. No es casualidad que la aparición de la autonomía como proyecto político en la historia de las sociedades humanas haya sucedido en la época moderna donde la interdependencia funcional se expandió gracias a los avances tecnológicos y es menos sorprendente aún que la autonomía se radicalice con la globalización que nos permite a escalas sin precedentes desarrollar nuestros proyectos de vida en cualquier parte.
Pero si el humano no comprende que es esa mutua interdependencia la que posibilita que su autonomía se exprese, entonces pone en riesgo los cimientos sobre los que esa autonomía se ha construido. Es decir, hay un bien público allí que permanece invisible para el espíritu individualista; ese bien público son las relaciones que posibilitan su libertad. Como el espíritu individualista no ve en sus relaciones una propiedad distinta de si mismo, no se siente obligado ni para con los otros ni para cultivar sus relaciones y cual polizonte las disfruta mientras existan.
El sentido de urgencia y trascendencia que Frei Montalva le impuso a su pensamiento político-ideológico se basaba en la convicción que el liberalismo es incapaz de defenderse de sus propios errores y, por ende, es necesaria una filosofía social que vuelva a los fundamentos y construya las acciones sobre la realidad social.
En su época esa realidad social era la emergencia de proyectos de sociedad alternativos fundados en una mentalidad y concepción del hombre diferentes: el facismo y el comunismo. Ante la crisis del liberalismo, se da cuenta Frei Montalva que “luchar contra estos poderes de empuje tan complejo y al mismo tiempo primitivo en su fuerza simple y totalitaria con métodos o partidos políticos de antigua o remozada factura, y que sean sólo la expresión de un programa, dividido en puntos muy bien clasificados, es de una inocencia que raya en lo absurdo” y continúa “Para oponerse a ellos es preciso tener también una fe apasionada que se multiplique en mil actividades del hombre” (p.35)
Y el proyecto socialcristiano era la fórmula que encontró para enfrentar dicha realidad. En sus palabras: “…y en eso consiste precisamente el socialcristianismo: en creer que al comunismo no se le detiene en definitiva, si no se realiza esta reforma, que por sí misma implica un cambio revolucionario y creador”
Pero como indiqué anteriormente, el nuestro es un tiempo que vio caer los proyectos políticos alternativos a la sociedad democrática liberal mientras esta no sólo sigue en pie, sino que se ha difundido por más países y continentes ¿Por qué la filosofía social de Frei Montalva podría seguir vigente? A eso me abocaré en la última parte de este ensayo.
3. Nuestra realidad social.
Ya no existen proyectos totalitarios de tipo facista o comunista con capacidad de ofrecerse como alternativa a la democracia liberal ni pareciera que otros fueran a aparecer en el horizonte. China, que podría ser un candidato natural parece más bien motivada a ejercer su influencia sin transplantar sus instituciones. El siglo XX terminó con el liberalismo viendo desfilar los ataúdes de los proyectos alternativos. ¿Qué importancia podría tener hoy una filosofía social comunitaria?
Acabada la Guerra Fría, las democracias contemporáneas se ven enfrentadas a sus propias incapacidades cuyo principal síntoma es un lento pero progresivo vaciamiento de los espacios y la ética públicos. En esta crisis, tres debilidades han concurrido simultáneamente. Primero, se ha producido un problema de agencia porque los ciudadanos sienten que sus representantes no velan por sus intereses. Segundo, los que se sienten excluidos aumentan en volumen y diversidad, pero como los métodos que conocemos para producir acción colectiva siguen siendo los mismos de antaño (reunirse, conocerse, crear grupos) y el costo de oportunidad del tiempo ha aumentado, los espacios tradicionales de participación política se han ido reduciendo en tamaño y efecto. Y, tercero, se ha hecho patente una crisis de eficacia. Con la globalización, los Estados-Nación (donde se implementan las democracias) han perdido capacidad para satisfacer lo que los representados desean del sistema. Los movimientos sociales han canalizado la frustración ciudadana que se deriva de esta triple coincidencia. De la desafección de antaño -racional a ratos-, se ha pasado a la protesta. “Los elegimos y no nos representan, nos excluyen, y, de hecho, son inútiles”, parecen reclamar los indignados. Todo ello en un contexto en que la ética pública se ha desdibujado y el problema económico social aparece crecientemente privatizado en las deudas bancarias, los seguros de salud y la inversión privada en protegerse y en educar a los hijos.
Todo lo anterior ocurre además en una era postracional y postsecular. Postracional porque la experiencia de los totalitarismos nos dejó como enseñanza que la racionalidad humana (aquella bandera de lucha de la modernidad ilustrada) no sólo es la más noble de nuestras capacidades, sino también la más peligrosa y la ciencia nos ha mostrado que en gran medida somos más emocionales que racionales en nuestras decisiones. Postsecular porque la concepción que asumía que la modernidad implicaba el desencantamiento del mundo ha fracasado rotundamente ante la multiculturalidad de la urbe moderna.
Vivimos una época en la que el Estado sigue siendo una pieza fundamental del orden social, pero que ya no puede ser concebida como la única ni siempre la más importante. Una época donde todas las organizaciones que nos hemos dado para hacer que tal Estado funcione sufren un desprestigio creciente. En ese contexto el malestar se ha instalado nuevamente en las ciudades. La sensación de estar siendo permanentemente abusados por el sistema y la evidencia de los efectos sobre la distribución del poder que muestran los niveles exorbitantes de desigualdad han quitado la sonrisa hasta de los más optimistas. Hoy las democracias liberales de todos los niveles de desarrollo experimentan similares complejidades que las que tocó vivir al joven Frei Montalva. Y hoy como ayer, el liberalismo no tiene las armas para reconstruirse. Sólo cabe esperar una agudización de la crisis de legitimidad de los partidos, los gobiernos y la clase política. En este contexto, si algo deben temer las democracias contemporáneas es a que se haga realidad aquél cuento de José Saramago donde nadie llega a los recintos de votación porque ya no interesa.
Pero de la mano del creciente malestar, como somos seres relacionales, aún cuando la concepción predominante es a entendernos como individuos autónomos, crece la demanda por espacios públicos y la necesidad ciudadana de una base moral sobre la cual construir nuestros vínculos sociales. SIn ser antisistema, pero sintiendo que el sistema es antiellos; las reservas morales de la ciudadanía siguen presentes y se manifiestan como estupor e indignación por igual ante atentados de inspiración fundamentalista religiosa como ante el abuso indolente y manifiesto del poderoso.
Sin embargo, no existe aún un proyecto claro que conduzca toda esa energía. Hoy como ayer la promesa de ciertas versiones del progresismo es a prometer justicia mediante la imposición de un orden igualitario a través del Estado. Y hoy como ayer, la reacción liberal es a ver en ello un atentado contra libertad. Hoy como ayer, los ideales de justicia y libertad siguen confrontados como si avanzar en ambos fuese un proyecto político imposible.
Por eso, para salir de la encrucijada se necesita pensar desde una filosofía social y una concepción del hombre relacionado. Entendiéndonos como una suma de individuos no lo haremos. Por ejemplo, si nos concebimos como una aglomeración de individuos, mi educación es fundamentalmente mi inversión en una forma de capital que llevo conmigo: capital humano. Inversión que me la llevo conmigo a donde vaya. Desde esa concepción de lo humano es justo ponerse en los pies de los que preguntan el porqué se les pretende obligar a renunciar o disminuir sus oportunidades de desarrollo para privilegiar las de otros menos aventajados. Si la educación no es más que capital humano, nada justifica que tomemos acciones de política pública que puedan generar responsabilidades de unos para con otros. Pero es allí donde debemos detenernos y preguntar ¿es la educación sólo o principalmente capital humano? Las discusiones sobre lo concentrado de las oportunidades, la segregación escolar, la discriminación en función del establecimiento escolar donde se estudió, la alta desconfianza existente hacia el otro, por mencionar algunos temas que emergen en el debate sobre la desigualdad educacional apuntan sin excepción a carencias en materia de integración social. Y la integración social, sea como sea que se operacionalice es un bien público, no privado. la educación desde el capital humano justifica la acción pública en función de generar beneficios ex-post en forma de personas mejor preparadas y productivas. No obstante, el análisis es diferente si el sistema educativo es entendido como un espacio de formación de un ethos social que pone el acento en la integración. Allí no importa sólo el resultado, sino también el proceso. Bajo este prisma, una persona que reciba beneficios de un sistema educativo concebido para generar mayor cohesión social no se lleva consigo todo lo que el sistema genera en él porque aquello que se produce es un bien público que seguirá disponible para otros a su egreso del sistema escolar. Cuando egrese, atrás quedarán intactas la formación en la diversidad, el encuentro de los distintos, la formación cívica y otras características públicas que el proceso educativo pueda poseer y cuyo financiamiento motivó la política social.
Algo similar sucede con la mirada sobre los sistemas de salud. Hoy en día la salud es vista como un recurso individual. Mi enfermedad es mi problema. Sus costos son mi problema. Mi riesgo es íntegramente mi riesgo. Pero el enfermo no es sólo un enfermo, es miembro de una comunidad. Entendido como individuo, condenamos al enfermo a su marginación. No nos extrañemos entonces que estemos construyendo sociedades donde la enfermedad y la muerte se oculta porque molestan. Una concepción relacional del ser humano cambia el foco de atención desde el individuo a sus relaciones con otros. Construir salud bajo ese prisma es nuevamente un proyecto colectivo; esta vez, para dignificar la vida humana.
Pero estos esfuerzos que se deben reflexionar desde la concepción relacional del ser humano sólo pueden rendir sus frutos teniendo la osadía de confiar en la gente. Ello requiere la construcción de un tejido social que nunca ha estado del todo construido para lo cual dosis de poder verdadero deben ser entregadas a las comunidades locales garantizando que en ellas la diversidad y la integración estén protegidas. Aquello no puede ser construido desde la planificación centralizada, ni en completa dependencia del Estado, ni en completa ausencia de la participación ciudadana, ni menos desde la minimización del aparato estatal. Requiere distribuir poder a las regiones y las vecindades y es menester, por ende, exige repensar nuestra relación con el Estado y sus potencialidades para la época que se avecina.
Tal es el legado político-ideológico que quisiera traer a vuestra atención que se desprende para nuestros tiempos a partir de la filosofía social de Frei Montalva. Es la misma doctrina, la cual se sigue inflexible, como exigiera Frei Montalva, pero con la mente abierta para explorar nuevas implementaciones.
Este es el imperativo para los espíritus inquietos, que hoy como ayer, sienten el llamado y tienen el coraje de servir los demás desde la gran Política, la que Frei hizo suya. Para ellos, los de hoy y siempre, recordemos las palabras de Frei Montalva:
“… cuando un grupo de hombres trae un mensaje en las entrañas del ser, las tentativas por desconocerlos y aplastarlos fracasan: la idea sigue su marcha, brota, reaparece, se defiende y se multiplica, con la fuerza misteriosa de la vida” (Frei Montalva, mensaje a los falangistas, 12/10/1941)