Carta abierta al Sr. Alcalde de Guayaquil, Ab. Jaime Nebot Saadi

Me dirijo a usted, Sr. Alcalde, representando a quienes no me escogieron para hacerlo, pero que sé que comparten mi misma preocupación.

Para las personas como yo, que pasamos más de la mitad del día terminando de darle los últimos toques a nuestra obra, mantenernos al día con las últimas noticias es difícil, pero es un esfuerzo extra que no nos molesta hacer. Pero, no somos máquinas procesadoras de periódicos, y ciertas noticias pasan desapercibidas frente a nuestros ojos.

Solo hace menos de dos días, supe sobre lo acontecido el pasado 3 de septiembre de este mismo año, día en el que policías municipales agredieron verbal y físicamente a Diana Verduga, por tocar su violín en el centro de la ciudad. Los policías, según lo afirmado en una publicación en el diario El Universo, amenazaron a la violinista con quitarle su instrumento, si no se detenía y retiraba.

Por este motivo y en nombre del arte, quisiera preguntarle:

¿Se imagina usted, Sr. Alcalde, una Guayaquil llena de colores, que le dé vida a sus calles grises, y haga que su gente olvide el irritante calor del medio día al quedarse deslumbrada con su belleza? ¿Imagina una Guayaquil que vea nacer a un nuevo Gaudí, un nuevo Neruda, un nuevo van Gogh o un nuevo Beethoven?

¿Se imagina usted, Sr. Alcalde, una Guayaquil llena de música, en la que los acordes de una guitarra calmen los incesantes bocinazos de los autos al son de un pasillo? ¿Imagina una Guayaquil que suene a jazz, a boleros, a guitarra clásica, o a Julio Jaramillo?

¿Se imagina usted, Sr. Alcade, una Guayaquil en la que sus murales iluminen más que el faro, y que marquen en pintura su historia y sus costumbres? ¿Se imagina una Guayaquil en la que su rostro quede retratado, Sr. Alcalde, como muestra de agradecimiento hacia usted?

¿Se imagina usted, Sr. Alcalde, una Guayaquil descrita en poesía, esta misma inspirada en su grandeza, y que nos regale otro Medardo Ángel Silva? ¿Imagina una Guayaquil en la que los libros tengan alas y hagan nidos sobre las cabezas de sus habitantes?

¿Se imagina usted, Sr. Alcalde, una Guayaquil llena de máscaras, en la que nazcan nuevos personajes, y que invadan sus escenarios? ¿Imagina una Guayaquil que sea un teatro, en la que lo insólito fuese habitual, pero deslumbrante y agridulce?

¿Se imagina usted, Sr. Alcalde, una Guayaquil salida de una canción de Aznavour, y en la que los árboles canten y bailen con el viento en todos los meses, y no solo en julio? ¿Se imagina una Guayaquil que sea la envidia de París, el sueño de Florencia y la musa de Latinoamérica?

La prosperidad, Sr. Alcalde, no solo es económica, y la riqueza no solo es monetaria. El arte, la música y la cultura, sostienen a esta ciudad cuando se intenta desprestigiarla y arremeter contra ella. Guayaquil es una bailarina atrapada entre la espada y la pared, que quiere enseñarnos su ballet, pero que seguimos amenazando a muerte.

Cuando alimentamos las calles con arte, alimentamos el alma de la ciudad. Por este motivo, es necesaria su libre exposición y reproducción en todos los rincones de esta. La libertad es dinámica, mas no abúlica; es absoluta, mas no limitada a nuestros hogares, museos y teatros. El miedo que invade a los artistas, al escuchar el retumbar de las botas del cuerpo policial metropolitano acercándose a ellos, ahoga todo incentivo para crear obras; y una ciudad sin arte, Sr. Alcalde, es una ciudad sin vida.

Si deja que la imaginación de los artistas vuele libre, Guayaquil también lo hará. Si así fuese, el espíritu de Olmedo estuviese orgulloso de ellos, y nosotros estuviésemos orgullosos de usted, Sr. Alcalde, por dejarnos disfrutar una Guayaquil más viva que nunca, incluso en tiempos de tiranía gubernamental. Es ahora el momento; los artistas deben tomar las calles, pues mucho sufre nuestra gente, y necesita abstraerse de su tormentosa realidad.

Sr. Alcalde, si usted imagina todo lo que yo imagino, no estamos haciendo más que pensar en el mismo corazón de esta ciudad, que quiere volver a latir.

¿Podemos, entonces, dejar de imaginarlo y hacerlo realidad?

Atentamente,

Jorge Emilio Lince P.

Guayaquil podría lucir así. ¿Por qué no?
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