A manera de prólogo

Abrir un ojo para luego intentar abrir el otro y presentir que probablemente el día sea el mismo de ayer. La cama estrafalaria se empeña en recordarme que anoche no viniste y extrañé lo placentero de nuestro juego; la batalla descarnada de nuestras manos y nuestros muslos, el recoveco de tu lengua hasta encontrar lo que le pertenece y la mía buscó el sabor de tu sabor. En cambio, tuve que jugar con las palabras otra vez (y para ser sincero no sé cual juego me satisface más): perderme en la osada travesura de pretender encontrar el texto dentro del texto, lo que me llevó a buscar el sueño dentro del sueño. Esa quimera que desapareció con el machacante ruido del despertador.

Debo confesar que mi mente, mis manos y mi boca encontraron un asidero diferente y entonces te olvidé. Me perdí de nuevo en el pasado, en las conjugaciones de los tiempos que no son, en el futuro que se desea porque se sabe incierto y en las sensaciones de otros que como yo, se volcaron a sí mismos sobre la ficción pero fueron más afortunados porque lograron manifestar su realidad sobre el papel. Yo en cambio lo intento y me pierdo en la confusión de lo que creo que es y lo que intento ser. Sin embargo, ese olor indescriptible, a tiempo suspendido y el espacio transfigurado por las torres de mis libros favorecen mi percepción de la vida, engrandecen mi predilección por este cuarto, por esta casa de tres habitaciones que se vuelve hogar o más bien motel cuando vienes tú, cuando te vienes tú.

Pero anoche llegaron las palabras otra vez. Primero las vi ahí, desamparadas y bravuconas sobre lo blanco que se convertirá en amarillo balsámico de las hojas y las desee un poco más que a ti en una noche violenta. Después las emprendí con ojos ávidos y el lenguaje que ellas propusieron. Su deletreo inundó este cuerpo perecedero convirtiéndolo en vehículo invaluable por el que se mezclarán con vagos pensamientos para seguramente salir de él con un nuevo disfraz y desafiar o ratificar algún destino. No me di cuenta de la fuerza que adquirió mi voz e imaginé a las palabras; imaginé sus letras salir de mi boca y atiborrar las paredes de la casa mezclándose con los cascajos de pintura secos por un lapso inclemente; hacerse de un lugar en la espacialidad contenida en este inmueble a punto de caer, tan parecido a mí. Continué sobrexcitado, alimentado por el ritmo y la historia de la narración cuando vi llegar el relato más allá, hasta los límites de la pared y traspasarla por medio de la sonoridad de mi voz; desplegarse en el aire de la calle y forjar un crimen mientras yo profesaba este párrafo neo existencial: La realidad nos ha seleccionado para limar las uñas de la furia. El gris en derredor se insinúa tímido pero insidioso a pesar de que la velocidad hacia la muerte invita a vomitarlo todo color ocre. No fue adivinanza, tampoco coincidencia y mucho menos presentimiento, fue una extraña y certera repetición, repetición que ni siquiera nos pertenecía porque el pasado es absurdo y vivimos atormentados por el tiempo, por relojes de mil manecillas y la constante persecución de la realidad, de su circularidad.

Callé por un momento y desganado me levanté de la silla, fui a la cocina por un vaso con agua pero debido al deambular que empleo cuando camino, me topé con la mesa y derrumbé algunos platos sucios junto con algunas palabras que se habían escapado de mi lectura. Todo se rompió con sonoro estruendo y la muerte de esas palabras se diluyó con la muerte de los platos. Levanté cinco de ellas a punto de agonizar y las trasladé al rodillo de la vieja maquina de escribir (esa por la que te parezco raro y obsoleto) donde revivieron como inicio de una historia con más sentido que su contexto.

Supongo que así me encontró la madrugada: absorto en la escritura pues no escuché el regreso de la prostituta que vive al lado, quien siempre lo hace cantando, ni el asesinato y los últimos alaridos del ahora cadáver que encontraron hace rato, o que encontrarán más tarde o nunca para ser exacto.

Si lo pienso ya no sé si esto ha sido un sueño porque me he vuelto tan anacrónico que ni siquiera distingo a veces si soy un niño, un viejo o la mitad de un recuerdo que parece ya no es usado. Pero no, ahí esta la manifestación de la noche de anoche, el escrito que busca ser leído, publicado y hasta desdeñado por un incrédulo editor como testigo de una ausencia, de una presencia y de un agitado deseo por reivindicar cierto momento. Aquí estoy yo como consecuencia, conciencia o intuición de una temporalidad que se recicla. Aquí esta la mañana que pretende ser la misma de ayer o la misma esperanza de la tarde, y esta habitación y este polvo sobre los libros que contienen millares de palabras que se ruborizaban cuando escuchaban nuestro encuentro.

De nuevo abrir un ojo para luego intentar abrir el otro presintiendo que probablemente el día sea el mismo de ayer. Presentir que hoy sí vienes, o que tal vez de nuevo no.

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