Los periodistas, estadísticos y sociólogos que van detrás de la polvareda.

Por una cuestión de seguridad, llevar una pala, corta alambres, tenazas y alambre nuevo. Con mi abuelo recorríamos el campo en sulky. Era toda una ceremonia convencer al al caballo de que se acercara, uncirlo, levantar las varas del sulky y, lo que parece sencillo, pasar las tranqueras. Bajar y subir del carro, para un pibe de 8 años era un esfuerzo.

Lo que más me llamaba la atención era el entusiasmos de los perros. Nuestros perros. Mi perro y los de los vecinos, en seguirnos y ladrar como dementes cada vez que el carruaje se ponía en movimiento.

Cuando íbamos “de compras”, al almacén Las Tablas, nos seguían hasta que el trotecito del alazán, la arena del camino y las ruedas gigantescas del carromato levantaban una polvareda, por lo que ellos, los perros, disminuían la marcha y se ponían más atrás, a prudencial distancia, porque ya no sabían dónde estaba lo que perseguían. Nunca dejó de asombrarme porque varias generaciones caninas después, sus descendientes, siguen haciendo lo mismo.

Permítanme contarles cuáles eran nuestras compras. Mi abuelo compraba dos o tres atados de cigarrillos Oxford, o Jockey Club en su defecto. Una tirita de filtros para las boquillas crisol, un paquete de 2 kilos de yerba mate Flor de Lis, cinco kilos de azúcar, 40 litros de kerosene, 10 kilos de harina, queso “de rayar”, sal fina y gruesa, queso mantecoso y si se las habían traído, sardinas y aceite de oliva.

Para llegar a la chacra con mis padres, debíamos viajar en el ferrocarril provincial desde la estación de 71 y 17 en La Plata, y bajábamos en la estación de campo Gobernador Arias a 3 kilómetros de El Séptimo, después de haber pasado una noche en el camarote del tren de trocha métrica.

Absolutamente todo el resto de lo que no estaba industrializado salía del campo: leche, huevos, verdura, fruta, grasa de cerdo, grasa de pella, manteca, carne. El entretenimiento lo proporcionaba una biblioteca, muy bien seleccionada. En cada cuarto había una “lámpara de aladino” o un rugiente “sol de noche” a kerosene.

Con eso éramos riquísimos. Lo teníamos todo, y entre otras cosas teníamos tiempo en la hora del ángelus en la que mi abuelo me la dedicaba a contarme cómo era el mundo, desde su peculiar visión de hombre cultísimo, emergido de ser un inmigrante gallego de pobreza absoluta, que llegó a Buenos Aires con sus padres huyendo del hambre y las guerras.

Si esto fuera un documental, tendría que hacer una elipsis al presente. Hoy me siento en una camioneta, voy al pueblo, porque el boliche La Tabla, ya no es ni tapera, y recorro los supermercados chinos buscando los precios más bajos de cada uno. Tengo electricidad, gas, agua potable, televisión, internet, telefonía celular y un e-reader Kindle, por lo que, mi biblioteca, viaja conmigo.

No soy pobre, pero no he vuelto a ser tan rico como cuando tenía muchísimo menos. Hago todo más rápido, pero cada vez tengo menos tiempo. Los momentos que encuentro para hablar con mis nietas son cada vez menos.

Mientras tanto, los nostálgicos utópicos, siguen hablando de restituir el Ferrocarril Provincial que tardaba 12 horas para recorrer 360 kilómetros.

La perrada corriendo de atrás cambió. Ahora son los medios de comunicación prestigiosos, los estadísticos, los sociólogos que dan respuestas difíciles para todo, los psicólogos que no se ponen de acuerdo ni entre ellos.

Es muy posible que Trump, que nació en una verdadera cuna de oro, Putin que añora sus aventuras de súper agente de la KGB y Francisco, que tiene añoranzas de una Edad media en que todo dependía de la Iglesia y los Curas, piensen, como yo, que todo tiempo pasado fue mejor.

Que en alguna disyuntiva del camino tomamos el rumbo equivocado. Entonces proponen volver atrás. Yo al sulky y los perros. El Brexit al Imperio Victoriano, Italia a los rampantes 50' de los autos rojos y rápidos, Francia a plantarse frente a Alemania con aspecto desafiante, Turquía volver a ser el imperio del Otoman, España, Austria, Grecia y los demás, no saben dónde ponerse.

La gente común, sin dialéctica marxista, añora pasados mejores donde los sueldos alcanzaban y nos escanadalizábamos de la terrible corrupción de Perón por aceptar una Siambretta estándar de regalo.

Los mismos que criticaron con temor al kirchnerismo, hoy destrozan al macrismo sin temor a ser amenazados, ni que les llegue la AFIP y les haga un punto fijo. Y ladran como en los 90 y los inicios del Siglo XXI, pero la polvareda producida por millones de personas, que literalmente no saben a quién seguir, qué hacer o a quién votar, los enceguece… Entonces ladran a la polvareda, sin darse cuenta que adelante ya no hay un sulky con un caballo sino una pickup.

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